Cómo sanear el desvío de los cuerpos

por Elina Montes

Una de las más evidentes preocupaciones de William Harrison (1534-1593), cuando elabora los diferentes cuadros de su Descripción de la Inglaterra isabelina[1] es comprobar el relajamiento de las costumbres que se ha vuelto alarmante, principalmente en la ciudad de Londres, de la mano de de dos factores íntimamente relacionados.

dinner

El primero de ellos es la diversificación del consumo como efecto de una mayor acumulación de capitales y un más fácil acceso a productos provenientes del exterior. Así, se produce, según Harrison un gusto por el exceso que trastroca los hábitos, hace retroceder u olvidar valores tradicionales,  mayormente vinculados –según él- con la contención, el recato y una adecuación a las necesidades de la salud del cuerpo de los ingleses.

Los banquetes prolongados, son una exhibición de manjares preparados según la moda francesa, que multiplica innecesariamente el número de platos, introduce ingredientes exóticos al que los organismo de la isla están desacostumbrados y promueve -de este modo- una suntuosidad que “produce una rápida destrucción de la salud natural”. Alejados de prácticas más austeras, “la nobleza, los caballeros y los mercaderes” londinenses, a través de los prolongados festines, dilapidan no sólo la vida útil de sus cuerpos, sino que -a la vez- provocan “un gran gasto de tiempo” productivo, que acarrea un daño en el cuerpo social.

El segundo motivo de alarma para Harrison proviene del ámbito de la moda que alienta la mutabilidad:

renaissance clothing

 

hoy no hay nada como la manera española, mañana, los juegos franceses y aún, más allá de este vestido, está el de la alta moda alemana, y aún así la manera turca es la que más me gusta en general o si no la vestimenta morisca, las pieles bárbaras y el mandillón usado para Colley-Wester, y los calzones cortos franceses hacen la vestimenta tan cómica que, excepto que haya un perro con jubón, no veréis a nadie tan disfrazado como lo están mis compatriotas en Inglaterra” (104)

roaring girl

Los juicios sobre la moda, en Harrison, están fuertemente influenciados por la escena teatral en la que los actores travestidos para actuar los papeles femeninos  inducen a un desvío de otra naturaleza, el que naturaliza una confusión de géneros que se reproduce en la escena urbana:

Tanto es así ahora que ha llegado a suceder que las mujeres se conviertan en hombres, y los hombres se transformen en monstruos; y esos buenos presentes que el Dios Todopoderosos nos ha dado para satisfacer nuestras necesidades por completo (como una nación que ha trastrocado del todo la gracia de Dios en la lascivia porque “Luxuriant animi rebus plerumque fecundis”[2] no de otro modo los derrochamos con esos excesos, como si no tuviésemos ninguna otra forma de gastarlos y consumirlos. (105)

puritanos

La mirada puritana de William Harrison se horroriza ante la porosidad de las fronteras que separan los sexos, y que la figura del travestido estimula en el imaginario popular. La mujer travestida de hombre resulta inquietante para él, pero el hombre travestido deja aflorar -sin embargo- lo monstruoso.

Las descripciones de Harrison le hablan al lector contemporáneo del gran dinamismo urbano y de los profundos y acelerados cambios que se estaban gestando en la Inglaterra de fines del siglo XVI.

Junto con eso, se vuelve manifiesto que también comienza a resquebrajarse una concepción del cuerpo individual que se pensaba íntimamente religado al cuerpo social, a través incluso de la iconografía de la Cadena del ser. Por eso, los excesos de la ingesta o la profusión de telas y colores transgreden mucho más que los límites del decoro y la saludable continencia, producen la disipación de una estructura en la que, el orden de las cosas asegura la inobjetable pertenencia a una tradición y a una identidad social en la que, incluso, se hace descansar el ideal de una equidad distributiva.

La advertencia sobre la que se ciernen los diferentes cuadro de la sociedad isabelina es contra un excedente que se relaciona particularmente con la actividad comercial: toda una miscelánea de productos que desembarcan de las bodegas y del puerto se derraman por el espacio urbano. En diferentes planos de la vida cotidiana, lo foráneo adquiere el perfil de aquello que debilita el cuerpo (desvirtúa el paladar, agota las fuerzas, confunde la mirada, etc.), es en este sentido también que cobra vigor la alerta sobre todo lo que se infiltra y que hace peligrar el organismo. En Lo limpio y lo sucio, Georges Vigarello advierte sobre los temores del siglo XVI a los contagios que denuncian “la porosidad de la piel, como si fuera posible la aparición de innumerables troneras, puesto que las superficies desaparecen y las fronteras se vuelven dudosas”. La metáfora médica –que apunta a los cuidados de la higiene (alertar contra lo que engendra peligrosas fisuras por las que puede filtrarse la peste) –está sugerida en los textos de Harrison en los que se alienta a una práctica de contención y un retorno a costumbres austeras, menos ostentosas y afectadas, que eviten la filtración ponzoñosa de hábitos foráneos que afectan la salud del cuerpo social.


[1] La obra fue traducida al español por un equipo de docentes de la UBA y publicada en una preciosa colección que, lamentablemente, se discontinuó, la Colección de libros raros, olvidados y curiosos, publicada por OPFyL, la oficina de prensa de la Facultad de Filosofía y Letras.

[2] Ovidio, “en la prosperidad, se da rienda suelta a las pasiones”.

Sitios sugeridos:

http://elizabethan.org/sumptuary/

http://www.bbc.co.uk/programmes/p00q6l4t

Autor: literatura inglesa

Cátedra de Literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. Publicación de artículos, notas y trabajos monográficos de profesores y alumnos y de información de interés inherente a la materia.

2 comentarios en “Cómo sanear el desvío de los cuerpos”

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