Los refugios y su significado trágico o no en textos de Defoe, Swift, Orwell y Barnes

por Nicolás Amor Diz

 En Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe, Los Viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift, 1984 (1949) de George Orwell y “La superviviente”[1] (1997) de Julian Barnes, la problemática de la utopía emerge según varias manifestaciones, ya sea como distopía (utopía negativa) de la sociedad  o de la naturaleza humana, como utopía irónica o como utopía trágica. Quizás la búsqueda de la felicidad y su relación con determinados espacios sean conceptos demasiado amplios que abarquen gran parte de la literatura universal. Sin embargo, estos textos en particular coinciden en que se presenta la construcción de un refugio como respuesta a situaciones similares que experimentan sus protagonistas. Para analizarlos, podría presentarse la siguiente estructura argumental, enfocada en la temática antedicha: en primer lugar un estado de crisis (peligro, angustia, infelicidad, crisis personal, espiritual, etc.), en segundo lugar una acción (viaje, movimiento, desplazamiento del protagonista) orientada a la búsqueda de la felicidad (o escapar a la infelicidad o a una situación insoportable) y al mismo tiempo, a la búsqueda de un espacio distinto, “otro”. Y tercero, la construcción de un refugio (sea ese espacio “otro” que se ha conocido, alcanzado, o uno nuevo que debe ser construido). Concretamente, estos refugios mencionados son, entre otros: la tienda de Robinson (en Robinson Crusoe), el establo de Gulliver (en Los viajes de Gulliver), la habitación del señor Carrington (en 1984) y la isla de Kath Ferris, por llamarla de una manera, a toda la fantasía que ella tejió en su imaginación (en “La superviviente”).

Otra similitud entre estos textos consiste en que todos estos refugios son artificiales. Y en tres de los casos, son construidos por los mismos protagonistas. También, son personales (o personalizados). Cada uno de estos espacios funciona y se corresponde con aquel que los ocupa, y no funcionaría con cualquier otro personaje. Es que la felicidad es subjetiva. Y por ello, estas maquetas de utopías se encuentran hechas a medida.

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Dado que cada persona experimenta su felicidad o la falta de ella de manera particular, los refugios son respuestas determinadas para situaciones determinadas (situaciones de crisis) y cada uno de sus componentes se encuentra cargado de significados únicos y raramente transferibles (por no decir intransferibles[2]). Por eso, uno de los postulados de este trabajo sostiene que un refugio se construye con fronteras. O mejor dicho, que consiste en la construcción de las frontera; un refugio es la frontera misma. Uno de los rasgos característicos de las utopías (y por ende, de los refugios) es su autarquía, su independencia, su aislamiento. Particularmente, el aislamiento y la impenetrabilidad (ideal, pretendida) de los refugios se basa en la esperanza de que garanticen la separación de un mundo exterior hostil, que en un caso es encarnado por la naturaleza (Robinson Crusoe), en otro por la sociedad totalitaria (1984) o la sociedad machista y violenta (“La superviviente”), o por la naturaleza humana (Los viajes de Gulliver). Los componentes de este “afuera” que perjudiquen, angustien o aflijan al protagonista serán de suma importancia para la construcción de estos otros espacios. Distintos, a tal grado que quizás hasta su razón de ser se base en su distinción.

La vinculación de la felicidad con el espacio y no con otras cuestiones, como podrían ser ideológicas, mentales, anímicas, corporales, sentimentales, da lugar a la posibilidad de modificarlo, moldearlo. De ahí la relevancia de que los refugios sean artificiales, es decir, construidos manualmente. La prerrogativa de actuar sobre el espacio cual objeto y transformarlo permite manipular y modificar la manera en que éste influye sobre uno y produce estados de felicidad.

La construcción de refugios (como ocurre en estos textos) es una respuesta trágica (o quizás no tanto) a la problemática de las utopías, o más generalmente, a la búsqueda de la felicidad y de una vida mejor de los protagonistas, ya que supone el aislamiento, la desconexión y el abandono. El protagonista construye su refugio él mismo y para sí mismo, lo cual denota su soledad, ya sea que no los tenga o rechace los vínculos para con otras personas o seres. También se denota el abandono por el hecho de que ninguno de los personajes debe esperar una mejora en su vida si no es por su propio obrar y proceder; no hay respuestas mágicas ni ayudas externas. Finalmente, el refugio constituye una negación del mundo, un aislamiento del exterior, y en uno de los casos, de la realidad.

(para acceder al ensayo completo, consulte la carpeta “Seminario utopía, distopía y viajes” de esta misma página) 


[1] En el texto Una historia del mundo en diez capítulos y medio.

[2] Ver comentarios sobre Julia en el apartado “La habitación del señor Carrington”.

Autor: literatura inglesa

Cátedra de Literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. Publicación de artículos, notas y trabajos monográficos de profesores y alumnos y de información de interés inherente a la materia.

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