Poesía metafísica y la contienda con el tiempo y el espacio históricos: una lectura de “To His Coy Mistress”, de Andrew Marvell

por Cecilia Lasa
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Con el nombre de “poetas metafísicos”, el neoclasicismo inglés, mediante la figura de Samuel Johnson, califica al grupo de poetas que escribe en Inglaterra a fines de siglo XVI y principios de siglo XVII. Como suele suceder con este tipo de designaciones, el nombre carga consigo una connotación peyorativa. Johnson afirma respecto de los versos de poetas como John Donne, George Herbert y Andrew Marvell, entre otros: “las ideas más heterogéneas son aglutinadas de manera violenta” (en Eliot, 1964: 106; mi traducción). La estética neoclásica no puede atribuir carácter artístico a aquellas producciones textuales que no parecen adaptarse a los patrones de simpleza y claridad en el verso. Es justamente esta violencia la que en el siglo XX atrae a T. S. Eliot y la que genera, según se desprende de su ensayo “Los poetas metafísicos”, un esfuerzo intelectual que logra que el poeta modernista se vuelva sobre ellos y los rescate del olvido al que la crítica literaria –neoclásica y ulterior– los ha condenado. Asimismo, participa de esta condena, recuerda Burgess, la propia literatura: para el crítico inglés, el grupo de poetas metafísicos compone la población de un valle al que se deja de prestar atención por la inmensidad de una montaña: la épica de Milton, que se desarrolla en simultáneo (1998: 113).

Uno puede preguntarse por qué el siglo XX constituye el contexto de recepción adecuado para restaurar la validez de la poesía comprendida por el arco que se extiende desde Donne y Herbert hasta Marvell (Beer, 1980). Eliot ofrece en su ensayo una concienzuda respuesta y, al leerlo, quizás se llegue a la conclusión de que el rescate constituye para el escritor modernista la legitimación de su propia poética. Asimismo, uno puede explorar los contextos de producción y recepción inmediatos y esbozar una pequeña hipótesis: la Poesía Metafísica constituye una lírica que hereda la crisis renacentista, aquella que indaga el lugar y función del hombre en el marco de la incipiente Modernidad, signada por el pasaje a una economía crecientemente mercantilista sobre la que se disputan el Protestantismo y el Catolicismo. En estas circunstancias, mientras Europa comienza a abrirse paso en los laberintos del Barroco, Inglaterra debe, además, explicarse cómo pudo haber ascendido y fracasado la República de Cromwell y cómo ese intento parlamentario pudo haber sido sucedido por una expresión gubernamental restauradora de la monarquía de la mano de Charles II.

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Los poetas metafísicos intentan dar respuesta a la serie de interrogantes con que su marco histórico los enfrenta, al que se suma la cuestión por el estatuto de la literatura, su caracterización y función en tal contexto. Así, Donne, puede escribir una serie de versos titulados “The Holy Sonnets”, y, a su vez, explorar los placeres carnales y la tensión en la que estos participan con lo sagrado en poemas como “The Flea”, “The Sun Rising” y “The Good Morrow”. Herbert, por su parte, en “The Collar”, se permite jugar con la homofonía entre este sustantivo y el equivalente inglés para “cólera” y referirse, simultáneamente, al poder coercitivo de la religión y la lucha entre ella y el quehacer literario. Hacia el final de este poema la voz iracunda capitula y, debido a la fuerza abrumadora de la religión, pide –ruega–  en “Jordan (I)”, rebelándose en contra de la poesía renacentista de índole pastoral: “que no se acuse de falta de estilo/ a quien simplemente dice Mi Dios, Mi Rey” (mi traducción). En esta tendencia en la que el objeto de tales poemas parece ser la labor estética, Andrew Marvell da la estocada final: en “To His Coy Mistress”, el último de los poetas metafísicos reflexiona, en la misma línea metaliteraria, sobre lo que puede –y no puede– hacer la literatura de su época, esa amada esquiva que se comporta de modo elusivo porque ni el tiempo ni el lugar resultan propicios para el encuentro con el poeta. A continuación, una breve lectura de ese poema –de cuyos fragmentos se ofrecerá una traducción propia– al que el contexto obliga a reflexionar sobre sí mismo y sus posibilidades.

Ya el título del texto de Marvell nos invita a preguntarnos sobre la identidad de esta “mistress” que es objeto de sus versos. El diccionario ofrece una primera respuesta: el término no solo es el equivalente tanto de “amada” como “amante”, sino de aquella mujer que, ya desde el siglo XVI, ejerce como patrona o mecenas de las artes. Este dato obliga a leer el resto del poema en clave estética, donde el encuentro con la amada es también el encuentro con la posibilidad de desarrollar una poética.

Los primeros versos alimentan la hipótesis metaliteraria. En ellos, el yo lírico plantea una expresión desiderativa e, inmediatamente, imagina lo que él y su amada podrían hacer en el ámbito deseado:

Had we but world enough, and time,
This coyness, lady, were no crime.
We would sit down and think which way
To walk, and pass our long love’s day;

Si tan solo tuviéramos suficiente mundo, y tiempo,
esta reserva, mujer, no sería un delito.
Nos sentaríamos y pensaríamos por cuál camino
andar, y pasar nuestro largo día de amor.

Las coordenadas temporales y espaciales necesarias harían que la esquivez de la amada no se revista de mayor importancia y que, en consecuencia, se disipe la ansiedad que el encuentro provoca en el poeta. En esta cita entre la dama y su amado –entre la literatura y su amado, dada la polisemia de “mistress”– tendría lugar una actividad de naturaleza intelectual: pensar. En un plano literal, estos pensamientos se dirigirían hacia las diferentes actividades que los enamorados podrían llevar a cabo; en un plano metafórico, la propia actividad estética se torna objeto de interpelación: qué escribir, por dónde conducir la escritura, cómo hacerlo. A esta luz, se hace evidente la razón de la ansiedad del poeta: el delito que podría producirse, si la amada se mantiene en su actitud esquiva, es que se dejaría de escribir poesía.

Para evitar la muerte de la labor poética, el yo lírico emplea una serie de estrategias para persuadir a su amada para que se rinda ante él. Entre ellas, esboza promesas hiperbólicas y la hace responsable de los frutos de su quehacer:

My vegetable love should grow
Vaster than empires, and more slow.

Mi amor, cual vegetal, crecería
más que los imperios, y más lento.

En línea con la lectura de los primeros versos, este par acentúa la naturaleza metaliteraria del poema: mediante una metáfora de contenido evidentemente sexual, el encuentro con la amada/literatura garantizaría una amplia producción poética. Junto con esta estrategia de persuasión para asegurar su proliferación artística, el yo lírico apela a tópicos frecuentes en la lírica ya desde el Renacimiento: vanitas, memento mori y  tempus fugit. En este sentido, la voz del poeta no deja de recordarle a su amada que mientras ella mantiene su reticencia, el paso del tiempo no se detiene. Este transcurso incesante llevará su belleza con él, incluso hasta la muerte, e impedirá que los amados consumen su amor y, por lo tanto, que el acto poético se desarrolle:

Thy beauty shall no more be found,
Nor, in thy marble vault, shall sound
My echoing song; then worms shall try
That long preserv’d virginity,
And your quaint honour turn to dust,
And into ashes all my lust.

Tu belleza ya no será hallada,
ni en las bóvedas de mármol resonará
el eco de mi canción; entonces los gusanos degustarán
esa virginidad tan preciada,
y tu honor singular será polvo,
y ceniza, todo mi deseo.

La actitud elusiva de la dama/literatura pone en riesgo la poeisis: el tiempo arrasará con la fertilidad necesaria tanto para el amor como para la creación estética.

En la impronta concupiscente del poema no se siente sino el eco del anhelo inicial que lo desencadena. El deseo por un tiempo y un espacio otro respecto del presente en crisis de la Inglaterra del siglo XVII revela una sensibilidad en cuanto a las limitaciones de las condiciones necesarias para la producción poética. La restauración monárquica y la permanencia del catolicismo, fuerzas que Marvell identifica como restrictivas a tal punto que se han tornado objeto de ponzoñosas críticas, no son favorables para la labor estética. Tenaz e imbatible, el poeta no deja de desafiar estas imposiciones, como lo atestiguan los últimos versos del texto:

Thus, though we cannot make our sun
Stand still, yet we will make him run.

Entonces, aunque no podamos hacer que el sol
permanezca quieto, lo haremos correr.

Si el tiempo no ha de detenerse, es la función del poeta en el encuentro con su dama –en el encuentro con la literatura– acelerar su marcha hasta dar con el momento propicio para el florecimiento literario. No obstante, recuerda el nunca ausente título, la amada/literatura se muestra reticente al contacto con el poeta en su entorno histórico. Es este conjunto de circunstancias lo que observa Eliot, por lo que intenta calmar la ansiedad del yo lírico de Marvell asegurándole en la “Canción de amor de J. Alfred Prufrock”:

There will be time, there will be time
To prepare a face to meet the faces that you meet;
There will be time to murder and create,
(…) Time for you and time for me,
And time yet for a hundred indecisions,
And for a hundred visions and revisions

Habrá tiempo, habrá tiempo
para preparar una cara que vea las caras que tú ves;
habrá tiempo para asesinar y crear,
(…) tiempo para tí y para mí,
y tiempo aun para cientas indecisiones
y para cientas visiones y revisiones

Eliot responde a la inquietud del poeta metafísico prometiéndole un tiempo en el que serán posibles los esfuerzos intelectuales –sobre el que especulan los primeros versos de “To His Coy Mistress”– y la labor estética. El tiempo del siglo XX, el tiempo del Modernismo Anglosajón, revela que la Poesía Metafísica, “es en muchas ocasiones para nada simple, pero esto no es un defecto; es una forma de fidelidad al pensamiento y a las emociones” (Eliot, 1932: 108). Esta fidelidad no resulta evidente para la mentalidad neoclásica, período donde se afianza la Modernidad y condena al ostracismo los versos de Donne, Herbert y Marvell. Es solo en el siglo XX, cuando las promesas de progreso ilimitado sustentado en la razón comienzan a mostrarse endebles, que el poeta podrá rasgar las vestiduras –como supo sintetizar una estudiante– de esa dama esquiva, la literatura, y validar su poesía.

Referencias

BEER, P., An Introduction to the Metaphysical Poets. Hong Kong: Macmillan Press Ltd, 1980.
BURGESS, A., English Literature. London: Longman, 1998.
ELIOT, T. S., “The Metaphysical Poets”. En Selected Essays. New York: Harcourt Brace and Company, 1964.
——————– , “The Love Song of J. Alfred Prufrock”
MARVELL, A. “To His Coy Mistress”

Autor: literatura inglesa

Cátedra de Literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. Publicación de artículos, notas y trabajos monográficos de profesores y alumnos y de información de interés inherente a la materia.

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