El conflicto permanente de Beowulf: espacios de civilización y marginalidad.

por Rita Gonzalez Hesaynes

beowulf-wiglaf-wyrm-moralia-job-129rheorotdkPocas obras han dividido aguas tanto como ese hermoso poema heroico-elegíaco en lengua anglosajona que conocemos como Beowulf, tras sobrevivir largos siglos en un manuscrito único del Códice Nowell. Hablar de Beowulf implica necesariamente entrar en un área de conflicto. ¿Datamos la composición del poema a fines del siglo VIII, en los inicios del Renacimiento Carolingio europeo, o en el siglo X, bajo el imperio de Cnut el Grande? ¿Se trata de un cántico pagano, oportunamente higienizado mediante las incrustaciones de un transcriptor cristiano, o era el autor mismo un exponente cabal del sincretismo religioso de la Inglaterra prenormanda? ¿Qué constituye el eje de la obra: los monstruos o los hombres?

Entremos de lleno en el conflicto. Hablemos de monstruos y de hombres, de sus hábitats, de la contienda inagotable que provoca esta diferenciación de espacios: la civilización, el reino de los hombres, y lo que esta deja afuera, las tierras incógnitas, los márgenes.

La idea de civilización en Beowulf puede definirse, en primer lugar, por contraste, es decir, por aquello que la violencia de los monstruos y las guerras dinásticas amenazan sin cesar: la existencia de sociedades relativamente complejas, sedentarias, con cierto grado de desarrollo económico, cultural y jurídico. En segundo lugar, por lo único que puede sostenerla: un estado de paz sostenida, garantizado por un monarca fuerte y sabio. Los dos espacios principales donde se concentra, material y simbólicamente, el estado de civilización son Hérot, el palacio del rey Hródgar, y el palacio de los gautas.

El narrador comienza relatándonos los comienzos de la dinastía skyldinga, de orígenes inciertos, que –liderada por soberanos hábiles– logra prosperar hasta el punto en que Hródgar dispone la construcción de un palacio donde pueda morar tanto la familia real como sus súbditos. Hérot se impone como el bastión de la floreciente comunidad danesa, el espacio donde se cumplen los usos y costumbres del pueblo, donde se festejan las victorias y donde se forja la relación de vasallaje basada en la repartija de tesoros. En el interior del palacio proliferan los discursos formulaicos y los rituales, símbolos de un orden que se contrapone al caos exterior.

A pesar de su fuerza incomparable, potencialmente disruptiva, el héroe Beowulf reconoce y protege en todo momento el precario estado de legalidad que sostiene a los reinos, tanto en territorio danés[i] como en su tierra natal, rechazando la propuesta de Hygd, quien le sugiere erigirse monarca de los gautas en perjuicio del heredero genuino Hérdred. El buen guerrero no exhibe forzosamente una naturaleza brutal o rebelde. Dice el narrador de Beowulf: “Alabado vivió: él nunca borracho a un amigo mataba, no era violento; el bravo en la lucha usaba con tacto su fuerza terrible[ii]

El palacio de los wedras[iii] es, en cierto modo, un espejo de Hérot: las descripciones y las costumbres observadas revelan semejanzas importantes, y la flamante amistad entre las naciones lo constata. Esta similitud se registra incluso en su fragilidad: el poeta no deja de recordarnos que Hérot será consumida por el fuego, mientras que el palacio gauta arde bajo las llamas del dragón.

Ni la civilización ni los márgenes se agotan en el espacio físico, inorgánico. Se prolongan, también, en sus criaturas. O, mejor dicho, son estas criaturas las que desatan y sostienen las disputas cuyos indicios buscamos en sus moradas, en sus territorios. Si reconocemos que el narrador distingue diferentes grados de civilización al caracterizar a sus personajes, podría pensarse que, dado que un mismo objeto puede provocar situaciones de conflicto o de amistad,[iv] este grado de civilización se refleja hasta cierto punto en la relación de los personajes con los objetos:

Dentro del contexto de la obra, la criatura físicamente más inhumana, el dragón, sólo es capaz de atesorarlos (“Él busca de siempre tesoros ocultos; luego este viejo, sin cosa que gane, los guarda y vigila.[v]). Los monstruos humanoides como Gréndel y su madre pueden utilizar objetos, además de guardarlos, pero solo torpemente y en un contexto de violencia, como sucede con el guante de Gŕendel y la daga empuñada por su madre. Únicamente los humanos son capaces de dar un uso pacífico a los objetos: producirlos, intercambiarlos, regalarlos. La cultura germánica en la Alta Edad Media daba por sentado que un buen rey debía otorgar dádivas a sus guerreros. Este uso pacífico se evidencia en mayor grado en las escenas palaciegas, de ambiente casi cortesano.

Entre los palacios, bastiones de la civilización, y las tinieblas exteriores, los territorios desconocidos de donde provienen los monstruos, se establecen zonas marginales que conservan características de ambos espacios: si bien se encuentran dentro de las fronteras del reino, son pasibles de ser ocupadas por criaturas hostiles al género humano. Lo mismo sucede con el océano o las ciénagas: quienes no atraviesan las aguas en una embarcación corren peligro de ser atacados por bestias marinas.

En la mente de los personajes, extranjero y enemigo se vuelven en numerosas ocasiones conceptos sinónimos, incluso cuando se refieren a hombres. La invasiones de pueblos belicosos nada tienen que envidiar a las incursiones de los monstruos. Todo aquello que no es familiar, todo aquello que procede de los márgenes, encierra un enfrentamiento en potencia. Del mismo modo, los elementos conflictivos son arrojados a los márgenes, como en el caso de los hijos de Óhter y el del sirviente que roba la copa del dragón.

Los márgenes no solo están determinados espacialmente por la noción de lejanía, sino también temporalmente: la oscuridad de la noche y los lugares adonde la luz solar no llega ofician de prolongaciones de los márgenes geográficos. La actividad de los monstruos tiene lugar en las tinieblas: “No ignoraba que el monstruo de cierto vendría a luchar en la sala tan pronto la luz se ocultase a los hombres, cuando negras tinieblas la noche trajera y en rápido avance las lúgubres sombras cubrieran el mundo,[vi] se dice de Gŕendel, mientras que el narrador se refiere al dragón como “el nocturno enemigo, el reptil fogueante que hurga las tumbas, el torvo dragón que en la noche revuela entre llamas horribles[vii]. Las guaridas de los monstruos son espacios marginales, ocultos, inhóspitos, casi inaccesibles, a los que ni siquiera los animales se atreven a acercarse[viii].

Para estas criaturas, civilización y marginalidad son dos caras de un mismo fenómeno: el exilio. El narrador identifica a los seres monstruosos como pertenecientes a la estirpe de Caín, a quien el Génesis describe como el primer expulsado de la sociedad, condenado a vagar eternamente y señalado con una marca en castigo al fratricidio de Abel. En Beowulf los monstruos parecen compartir la maldición de Caín: “el otro malvado vagaba, proscrito[ix] se afirma de Gréndel.

Por otra parte, si bien Gréndel contempla con rabia –acaso no exenta de envidia– la civilización humana, se advierte de él y su madre un instinto de pertenencia a su guarida en los márgenes, sobre todo en situación de peligro o herida. Es posible observar cierto principio, debilísimo, de civilización en la descripción del refugio de los monstruos, “un torvo aposento en el cual se encontraba a resguardo del agua: impedía su techo que al gauta agobiasen las olas furiosas. Luz a la estancia le daba una hoguera de llamas brillantes[x] Incluso Beowulf relata haber encontrado una espada forjada por gigantes colgando en la pared de la estancia. La existencia de un pálido remedo de hogar en una cueva submarina, con su propia fuente de luz, hace pensar en que Gréndel y su madre se hallan en un punto intermedio entre el hombre y la bestia (representada en la obra por la figura del dragón). La condición marginal reaparece en la representación misma de los personajes.

Esta condición, sin embargo, no es privativa de los monstruos, sino compartida por los exiliados humanos: traidores, criminales, sirvientes caídos en desgracia ante su señor. Wíglaf proscribe del reino gauta a los vasallos que escaparon del combate contra el dragón diciéndoles: “Privados de patria y errantes por siempre tendrán que vagar los de vuestro linaje, así que los reyes de tierras lejanas conozcan la huida, la mala traición”.[xi] La semejanza con la maldición de Caín no es mera coincidencia: allí también se alude a la eterna errancia, a la extensión de la maldición sobre el linaje y a una condición (la de exiliado) que hace las veces de marca reconocible de la falta.

Tanto los espacios marginales y sus habitantes como los condenados al exilio y los guerreros de tierras lejanas, se revelan como las principales fuentes de conflicto.[xii] No obstante, el peligro también acecha dentro la zona segura: las condiciones efímeras de paz hacen que el estado de civilización sea precario, constantemente amenazado, y no solamente por monstruos o guerras, sino también por enfrentamientos entre miembros de una misma familia. El narrador hace numerosas alusiones a casos de fratricidio, cobardía y traición (como en el caso de Hródulf, sobrino de Hródgar), pero –de nuevo– el narrador se ocupa de marginalizarlos otorgándoles una marca invisible, cosa que logra verbalmente señalando una y otra vez los crímenes de un personaje, como sucede con Únferd.

En el plano narrativo, lo que la voz poética nos cuenta en estilo directo sobre la vida de Beowulf es su lucha contra los monstruos: Gréndel, su madre, el dragón. Estos son los episodios principales de la obra. El resto de las luchas contra seres inhumanos (como el relato de Sigmund y las primeras hazañas de Beowulf) y todos los enfrentamientos entre pueblos se narran en forma de relatos enmarcados o digresiones.

Es verdad que la mayoría de las disputas se producen en espacios marginales, pero la batalla de Beowulf y Gréndel dentro de Hérot no se trata de un acontecimiento menor: el monstruo irrumpe en la residencia de los guerreros así como los guerreros irrumpen en la residencia de los monstruos. El conflicto es ineludible y un rey sabio como Beowulf sabe que, si la paz con los pueblos vecinos ya es dificultosa, la paz con los monstruos -desprovistos de lenguaje- es imposible y, por lo tanto, el único remedio es destruirlos o perecer en el intento. El poema parece sugerirnos que un buen monarca será aquel que logre mantener un estado de paz donde la civilización pueda desarrollarse con los menores obstáculos. A pesar de todo, la muerte y la destrucción ejercen una presencia permanente en el poema, dando lugar a anticipaciones que acaso tengan como fin fundamental el que contemplemos a los personajes, familias y edificaciones con la consciencia de que pronto cesarán de existir.

La civilización se manifiesta, finalmente, en el legado. El antiguo dueño del tesoro del dragón nos habla, en un breve poema elegíaco inserto en la obra[xiii], de cómo la guerra precipitó el fin de su linaje acabando con todos sus familiares, lo que lo decide a esconder una herencia material para la que ya no existen sucesores[xiv]. Una dinastía trunca, un tesoro enterrado, anuncian de manera casi inapelable el advenimiento de la oscuridad, es decir, de un espacio pasible de ser reclamado por los monstruos. Del mismo modo, la muerte de Beowulf suscita presagios fúnebres de guerras futuras y aparentemente inevitables. Es allí donde convergen bestias y batallas, los monstruos y los hombres: en el tono sombrío de este poema sobre hazañas extraordinarias en pos de una civilización sumamente frágil, condenada de antemano en la tierra por la fatalidad de la muerte y en el cielo por su imperdonable paganismo.

Bibliografía

ANÓNIMO. Beowulf y otros poemas anglosajones, tr. de L. Lerate y J. Lerate. Madrid: Alianza Editorial, 1986.

GODDEN, M. y LAPIDGE, M. (ed.). The Cambridge companion to Old English literature. Cambridge: Cambridge University Press, 1991.

SHARMA, Manish. “Metalepsis and monstrosity: the boundaries of narrative structure in Beowulf” en Studies in Philology. University of North Carolina Press, Vol. 102, No. 3, Verano 2005.

TOLKIEN, J. R. R. Beowulf: los monstruos y los críticos y otros ensayos. Barcelona: Minotauro, 1


[i]     La figura de la reina Welto se erige como el referente más sólido de esta civilización, preocupándose en todo momento por el cumplimiento de las costumbres –recordemos el orden fijo en que ofrece la copa a los guerreros– y la sucesión legítima del trono.

[ii]    Beowulf, tr. De L. Lerate y J. Lerate, Alianza Editorial, Madrid, 1986, p. 92.

[iii]   En el poema se los identifica indistintamente como wedras o gautas.

[iv]   Son ejemplares los casos de las espadas y también el de la copa sustraida al dragón por el sirviente en desgracia, que es a la vez instrumento de reconciliación (con su señor) y de conflicto (con el dragón).

[v]    Ídem, p. 95.

[vi]   Ídem, pp. 44-45.

[vii]  Ídem, pp. 95.

[viii] Ídem, p. 67.

[ix]   Ídem, p. 67.

[x]    Ídem, p. 71.

[xi]   Ídem, p. 113.

[xii]  Manish Sharma considera que Beowulf es en cierto modo una figura híbrida, marginal, en la que se prolonga el cuerpo monstruoso. Considero, en cambio, al héroe como profundamente humano, representante de la civilización gauta y protector de la legalidad a pesar de sus potencias extraordinarias.

[xiii] Ídem, pp. 94-95.

[xiv] De nuevo, lo que distingue al ser humano del dragón es que el primero asigna valor a los objetos en términos de transferencia y uso, el segundo no hace más que acopiarlos y protegerlos. El narrador ofrece un fuerte contraste haciendo que el tesoro abandonado por el señor sea inmediatamente acaparado por el dragón.

Autor: literatura inglesa

Cátedra de Literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. Publicación de artículos, notas y trabajos monográficos de profesores y alumnos y de información de interés inherente a la materia.

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