El cuerpo, el espíritu y las tripas

por Elina Montes

En su extensa obra The Anatomy of Melancholy (1621), Robert Burton desarrolla las múltiples alternativa del padecer melancólico, un mal que estima que es inherente a la condición humana puesto que se vive a partir de la plena conciencia de haber perdido la felicidad original luego de la Caída, es “una enfermedad congénita en todos nosotros”, dice. “¿Quién no sufre esta enfermedad?” –se pregunta– “pronto te darás cuenta de que todo el mundo está loco, melancólico y que delira” [59]. Y algo más adelante añade, “tomes la melancolía en el sentido que quieras, propia o impropiamente, como disposición o hábito, para placer o dolor, desvarío, descontento, temor, tristeza, locura, parcial o totalmente, verdadera o metafóricamente, es todo lo mismo” [60][1]. Burton, siguiendo una tradición de larga data, define la melancolía como “una enfermedad mixta” que afecta tanto al cuerpo como al alma; como el teólogo que era, infiere entonces que está en condiciones de abordar un tema tan complejo que afecta también al espíritu, como podría hacerlo un médico que desarrollaría mayormente los aspectos somáticos.

Robert_Burton

La carrera de Burton estuvo marcada por los ritmos académicos, estudió teología en Oxford y, al recibirse, fue nombrado bibliotecario del insigne Christ Church College de esa universidad. Es probable que Burton se haya aferrado con tenacidad a un puesto que le permitía expandir una cultura libresca de la que su obra hace alarde y que comparte con el lector de manera inteligente y amena. A su muerte fue enterrado no muy lejos de donde había transcurrido la mayor parte una vida que, como él mismo comenta, fue “silenciosa, sedentaria, solitaria, íntima”.

No cabe duda de que para Burton, hombre de profunda religiosidad e indudable hijo de su época, alma y cuerpo conforman una unidad y los padecimientos de una parte afectan a la otra indefectiblemente. Además, adhiere aún a una cosmovisión que vincula el cuerpo somático con el cosmos, micro y macrocosmos se espejan en una sucesión dinámica e infinita, lo que implica también que el desorden en una esfera necesariamente repercuta en la otra. Aludiendo a una humanidad melancólica, advierte al lector: “encontrarás que los reinos y provincias son melancólicos, las ciudades y familias, todas las criaturas, vegetales, sensibles y racionales, que todos los tipos, sectas, edades, condiciones están desacompasados” [59]. Refiriéndose a la doctrina humoral que regía en su tiempo, Burton persigue la analogía por la cual así como en los cuerpos humanos hay alteraciones que proceden de los humores, “hay muchas enfermedades en una república” y, ahí donde pueden verse “ciudades decaídas, villas humildes y pobres, pueblos abandonados, la gente escuálida, fea, incivil; ese reino, ese país es necesariamente infeliz y melancólico, tiene un cuerpo enfermo y necesita ser reformado” [92].

El panorama de catástrofe, corrupción, violencia e injusticia que releva en el mundo en que le toca vivir incluye a hombres de la iglesia, entre los cuales hay “monjes de profesión, los que deberían renunciar al mundo y a sus vanidades” y que no son sino “una chusma maquiavélica interesada en todos los asuntos de estado: hombres santos, pacificadores y sin embargo llenos de envidia, lujuria, ambición, odio y malicia”, “una compañía epicúrea, al acecho como los buitres”. La gente común, mientras tanto, sigue “como ovejas, a unos por ardor, a otros por temor”; como telón de fondo suceden “tantas batallas sangrientas, tantos miles de muertos a la vez, tales ríos de sangre” a la vez que “los hombres de estado, entre tanto, están seguros en casa, regalados con todos deleites y placeres” [76]. En un medio donde los litigios se multiplican, “los tribunales son un manicomio” y todos difaman, “mienten, deshonran, murmuran, injurian, levantan falso testimonio, juran, abjuran, luchan y riñen, gastan sus bienes, vidas, fortunas, amigos” [79]. Como puede notarse, la prosa de Burton es siempre dinámica y desbordante y apela con asiduidad al recurso enumerativo que, en un delirio casi manierista, nos hace percibir que el listado puede volverse infinito y es, por ende, provisorio e incompleto.

Burton hace que su lector se confronte con un mundo donde las cosas suceden al revés de lo esperable, las injusticias sociales están a la orden del día y, tal como ya lo había denunciado Thomas More en el primer libro de su Utopía, se cuelga a “un pobre ladrón de ovejas por robar provisiones, apremiado quizá por necesidad” mientras que el “gran hombre en el poder, seguramente puede robar provincias completas” [77]. Como paliativo posible, Burton se vuelve momentáneamente utopista e imagina una sociedad del pleno empleo como un intento por poner coto a excesos, desmesuras e inequidades. Lector de la propuesta de Bacon su próspero país ideal enviará “algunos barcos cada año en busca de nuevos descubrimientos” para que “hombres discretos (…) observen las invenciones técnicas y las buenas leyes de otros países” [111]. Deudor de la utopía moriana, distribuye entre todos los habitantes los trabajos a realizar, pues “no veo motivos (como dice Moro) para que un epicúreo o un holgazán ocioso, un rico glotón o un usurero vivan descansadamente, sin hacer nada, vivan con honor, con todo tipo de placeres y opriman a los demás” [113].

Convencido –sin embargo– de que el proyecto es poco viable, abandona el camino de la utopía y se vuelve al estudio de las diferentes facetas del mal, por lo que se ofrece al lector un análisis de las diversas causas que provocan la melancolía: las hay vinculadas con un inmoderado manejo de las pasiones (de la ira a la concupiscencia, de la avaricia a la vanagloria); también evalúa la conmoción provocada por duelos, enfermedades, hipocondría, pesadillas, alucinaciones, así como las diversas conductas alienadas que se adjudican al mal. Sugiere –por otra parte– que existen comportamientos extravagantes relacionados con la influencia  de las estrellas misteriosas, como los hay también derivados de las menos prodigiosas flatulencias. Su extenso listado incluye, por supuesto, las penas de amor que se analizan largamente, considerando así tanto los diferentes afectos y pasiones como los abatimientos, sacrificios, raptos violentos, decepciones y cegueras que de éstos se deriven.

Burton abreva en muchos de los tratados de su época y en la literatura griega y latina para sugerir, en cada caso, paliativos y curas para socorrer a los pacientes, y que son tanto del orden de lo medicinal como de lo afectivo. Entre los diversos focos de atención de la obra burtoniana, aparece la comida: una mala dieta puede ser causante del mal melancólico así como la justa elección de los alimentos lleva a la cura de la enfermedad. “El venado es melancólico y produce mala sangre” –advierte- y entre las aves “están prohibidos los pavos, los pichones y todas las aves pantanosas”. Por otra parte, las raíces son flatulentas y malas y hay que evitar las legumbres, pues “engendran sangre negra y espesa”, tampoco son buenos los vinos densos y fuertes o el pan “muy cocido, crujiente” y aún menos la “leche y todo lo que procede de ella” [218-225]. Queda, en verdad, muy poco entre lo que elegir: carnes magras, lechugas e hierbas, pan blanco, frutas dulces, vino blanco y seco, y mucha moderación.

George_Cheyne

La dieta también fue uno de los ejes principales en la cura del mal cien años después, cuando la reflexión sobre la melancolía es puesta en el centro del debate de la Inglaterra dieciochesca, esta vez de la mano de un médico, Georges Cheyne. Era de origen escocés y se había instalado en Londres en 1701. Se hizo célebre, entre otras cosas, por escribir otra obra de la tradición de los estudios sobre la melancolía, The English Malady (1733). Cheyne era un hombre prominente en más de un sentido, de acuerdo con Richard Mead, colega y amigo del doctor, era:

un escocés con una espalda inmensa y amplia, que aspiraba tabaco sin cesar de una caja de oro macizo, costumbre que a menudo ponía a la vista de todos sus gruesos nudillos. Era un perfecto Falstaff, pues no sólo era un buen hombre gordo y corpulento, sino que era casi tan ingenioso como aquel caballero, y su humor se intensificaba por el acento del norte, era sumamente alegre. De hecho, él era el más excelente ingenio de su tiempo, una cualidad que a menudo utilizó para repeler las burlas que generaba su extraordinaria apariencia personal[2].

Cheyne consiguió de inmediato la membresía de la Royal Society y participó, desde los inicios de su estadía londinense y en forma muy activa, en los debates científicos del momento; apoyó con entusiasmos los estudios de Newton que llevarían, entre otras cosas, a una nueva conceptualización del cuerpo humano, en lo referente a los movimientos y a la circulación de los fluidos corporales.

La práctica de Cheyne fue ejemplar de la relación entre médicos y pacientes a principios del siglo XVIII, que se establecía también a través de un intercambio profuso de consultas epistolares, las que han dejado un registro preciso de cómo se instrumentaban los tratamientos en la época. La obra de Wayne Wild, Medicine-by-post: The Changing Voice of Illness in Eighteenth-century British Consultation Letters and Literature (Rodopi, 2006) brinda, al respecto, un panorama completo y esclarecedor. El autor dedica todo un capítulo al médico escocés, “George Cheyne: a Very Public Private Doctor”, que desde el título alude precisamente al ejercicio privado de la medicina y de su relación con la posibilidad por parte del médico de darse a conocer en el medio social; en el capítulo se hace un análisis de la buena recepción de la producción científica de Cheyne, por la que adquiere una celebridad que hace que su clientela se multiplique en muy corto plazo, hecho que también incide en el incremento de la correspondencia mantenida con los pacientes. Fue médico y amigo de Samuel Richardson, Alexander Pope, Samuel Johnson, David Hume y de muchos personajes públicos encumbrados. Wild comenta que el éxito que Cheyne tenía en la práctica privada no estaba disociado del hecho de que era “un virtuoso en el uso de los canales informales de las cartas, las comunicaciones personales y el boca a boca que promovían su autoridad y otorgaban confianza en que sus conocimientos –y experiencia personal como médico y como inválido- estaban enteramente dedicados al bienestar de los pacientes” (114). A diferencia de lo que sucedía con Robert Burton, la prosa de Cheyne –si bien evidencia siempre un interés por las dimensiones afectivas de la vida en sociedad– posee la contención y precisión que responden ya a esos requisitos dieciochescos que vinculaban verdad con claridad explicativa.

El comentario hecho por Mead y citado más arriba acerca de la silueta de Cheyne nos habla de lo voluminoso que era: durante su estancia en Londres llegó a pesar unos 204 kilos, y este fue en parte del precio que tuvo que pagar por ser popular y amante del placer derivado de las reuniones y la conversación que lo hacía un asiduo visitante de los café, los salones y las tabernas. Los tratamientos a los que se sometió para combatir su obesidad y otras enfermedades derivadas del sobrepeso –la depresión severa, entre ellas– tienen un peso relevante en los consejos para combatir la hipocondría, que es el nombre que adquiere la melancolía en el siglo XVIII, también por la vinculación entre salud y desmesura, en una visión puritana de los excesos y la enfermedad.

La ilustración muestra un café londinense, en 1668.
La ilustración muestra un café londinense, en 1668.

Como Robert Burton, Cheyne era un hombre profundamente religioso, por lo que la dimensión espiritual nunca está disociada de sus valoraciones en torno a la salud del cuerpo y, si bien sigue la concepción del cuerpo newtoniano, en cuanto a la relación mecánica entre las partes, nunca abandona la jerarquía platónica entre espíritu y materia. En Philosophical Principles of Religion, Natural and Revealed (1705 y1715) analiza los controvertidos vínculos entre Dios, mente, espíritu y materia que son inseparables de su concepción de la medicina; en la obra elabora un complejo modelo de ser racional con tres niveles de conciencia (sentidos, alma racional, espíritu supremo), que logra la perfección en la imitatio Christi y Su voluntad de reunión con Dios. Por supuesto, el desvío acarrea siempre corrupción y depravación. Una de las causas del desarreglo melancólico que sugiere Cheyne se vincula con las causas materiales de la propensión a dejarse tentar por la abundancia. En ese sentido, vemos cómo la visión generalizada de Burton en la que la opulencia causa desigualdad y deterioro, se focaliza en Cheyne en una noción moderna en la que la ciudad de Londres, en tanto metrópolis y centro del comercio es la nueva babilonia en la que los habitantes pierden la cordura y la mesura: “a partir de que se han incrementado nuestras riquezas y de que nuestra navegación se ha extendido, hemos saqueado al mundo entero y así reunimos todos los materiales existentes para el desenfreno, el lujo y dar rienda suelta a los excesos” (49)[3].

En 1718 Cheyne se muda a la ciudad de Bath que para ese entonces se había transformado en un atractivo centro de esparcimiento para la alta burguesía: no estaba muy lejos de Londres y ofrecía un entorno a la moda donde transcurrir los días de ocio y establecer relaciones entre pares. En su Description of Bath (1749), John Wood describe así la rutina diaria en la ciudad “a las diversiones de los baños le sigue una ida a la Pump House para beber las aguas, y ahí los intervalos entre las ingestas se hacen amenos tanto por las armonía que provienen de una pequeña banda de música que por la conversación entre gente alegre y saludable”. Bath es un ejemplo del nuevo interés de la sociedad acomodada por los cuidados del cuerpo: los londinense iban al complejo termal para beneficiarse de las aguas y los baños y para consultar con médicos reconocidos, así que “tanto pacientes como médicos siguieron las nuevas estaciones sociales: el verano en el campo o en los balnearios, el invierno en Londres” (Guerrini: 94).

En este contexto, Cheyne pudo establecerse en la ciudad también gracias a los contactos que había logrado en la capital. Escribe Essay of Health and Long Life  (1724) y Essay Concerning the Nature of Aliments (1731), mientras persevera en su lucha contra la obesidad. Percibe a su cuerpo como una monstruosidad que representaba la oscuridad de su alma. Finalmente, se restringe únicamente a leche y vegetales y logra una pérdida de peso sustancial que asocia a la vez un estado de purificación y salud. Le escribe a Richardson: “deshacerse de la vieja masa dañada, representa el arrepentimiento, la abnegación; evitar las ocasiones para la sensualidad y el pecado, es arrojar al hombre que era con todas sus obras de oscuridad”.

The English Malady (1733) recoge su experiencia personal y clínica, Cheyne incluye en la obra gran cantidad de casos que analiza y clasifica y le permiten distinguir tres categorías: “El desorden menos serio está alojado principalmente en el tubo digestivo y puede curarse a través de una dieta apropiada y evacuaciones. El segundo tipo de la enfermedad es más seria, se extiende aa los ‘jugos’ y órganos, y requiere una dieta estricta y medicamentos enérgicos. La tercera categoría es ‘casi incurable’ porque el cuerpo está dañado de manera casi irreparable y sólo pueden ayudar una estricta medicación y una dieta rigurosa de vegetales y leche” (Guerrini: 150). En el primer grupo encontramos mayormente a mujeres, espíritus débiles y conductas histéricas. Entre los segundos abundan los varones, aquejados de abatimiento, nerviosismo, hipocondría, convulsiones y paroxismo. Finalmente, en el tercer grupo tantas mujeres como hombres, que pueden padecer dolores causados por tumores en el pecho o artritis: la abstinencia y la purificación del cuerpo tanto en esta última categoría como en las demás irá pareja de una evolución espiritual liberadora que aleja melancolía, temores y terrores que crucifican al paciente a través del sufrimiento.

Anita Guerrini comenta que la popularidad de Cheyne no estaba desligada del componente espiritual de la cura y sugiere que “las clases gobernantes probablemente no confiaban demasiado ni en la secularización ni en un anglicanismo suavizado (…) se sentían culpables, y Cheyne, teólogo y médico, los absolvía”.

Samuel_Richardson_by_Mason_ChamberlinCARTAS DEL DR. CHEYNE A SAMUEL RICHARDSON

Bath, 12 de enero 1740

Estimado señor:

Su presente queja, que usted describe con tanta precisión, se debe enteramente a nervios causados por las flatulencias… esto no acarrea ninguna consecuencia  peligrosa. Si le llegara a producir terror o confusión o falta de atención a los negocios, el único alivio lo conseguirá tomando una o dos cucharada de té de tintura de asafétida en agua peonía, bébala en cualquier momento como infusión en frío en un vaso de agua con menta piperita. Esto hará que usted libere los gases en abundancia y se sienta aliviado. Me preguntaba si no se habría conseguido usted un chamber horse[4], elemento universalmente conocido y utilizado ahora en Londres en las casas de los profesionales. Es, sin lugar a dudas, admirable y posee todos los buenos y beneficiosos efectos del trote a caballo, excepto el aire fresco (…) se puede comprar por un par de libras y es más necesario que una cama o una cuna para los niños o las personas mayores. Sobre él, usted podrá hacer dictados, administrar sus asuntos o leer; incluso cabalgar de a dos es más ameno que hacerlo solo. Yo he encontrado en él un gran beneficio. Deseo que usted comience los baños fríos de inmediato, limpian tanto como astringen. Su dieta es bastante buena, de las moderadamente saludables y, aunque puede traerle algún trastorno, no derivará en desajustes mortales.

Su sincero, afectuoso y agradecido servidor, George Cheney

Asegúrese de tomar un whisky o píldoras de goma arábiga una o dos veces por semana.

chamber horse
chamber horse

[1] BURTON, Robert. [1621(2003)]. Anatomía de la melancolía. Madrid: Asociación española de Neuropsiquiatría; todas las citas de la obra pertenecen a esta edición.

[2] The London Medical Gazette: 1827/1828[2], Vol. 1, p. 537, en http://books.google.com.ar/books?id=YX2gAoauSfkC&dq , consultado el 14-03-2014.

[3] Cheyne, G. (1733) The English Malady. London: Strahan and Leake. (La relación entre la ciudad y el relajamiento de las costumbres –con la consiguiente caída en el vicio y en el pecado– es de larga data, particularmente la visión puritana del comercio portuario londinenses como origen de la perdición había sido sugerida ya por William Harrison en su Descripción de la Inglaterra isabelina de 1587.

[4] Era una  silla con fuelles, precursora de las máquinas para hacer ejercicio. Cheyne solía ser un entusiasta de los resultados que podían conseguirse con ella y la recomendaba asiduamente a los pacientes hipocondríacos.

Autor: literatura inglesa

Cátedra de Literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. Publicación de artículos, notas y trabajos monográficos de profesores y alumnos y de información de interés inherente a la materia.

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