El ensueño: despliegue de un espacio infinito

por Ayelén Arostegui[1]

 

Mais au-dedans, plus de frontières!

(Jean Tardieu, Les témoins invisibles, p. 34)

Introducción

“Si las puertas de la percepción se depurasen, todo aparecería ante el hombre tal cual es, infinito” (Blake, El matrimonio del cielo y el infierno)

blake.perception¿Cómo es posible configurar un escenario cuyo tiempo es la eternidad y su protagonista es, cuanto menos, la humanidad?

En la narración de  Olaf Stapledon, Hacedor de estrellas (1937) y en la balada de William Blake, “El Viajero Mental” (1803) dicho escenario se configura.    Propongo que éste puede montarse, y no desmoronarse de inmediato, en tanto está sostenido por las garantías que le otorga el ser la proyección de un viaje a través de las vastas profundidades de la mente; el despliegue de la inmensidad íntima, tal como lo denomina Bachelard. Es decir, esa capacidad del sujeto imaginante de partir en un viaje que abre un espacio con el valor de infinito: el espacio de la inmensidad que se nutre de la contemplación de la grandeza pero que está en el sujeto siempre, aunque sea reprimida por la razón y los cinco sentidos, y que se desenvuelve en el devenir sin anclaje del ensueño.

El ensueño

En los ensueños que se apoderan del hombre que medita, los detalles se borran, lo pintoresco se decolora, la hora no suena ya y el espacio se extiende sin límites. Bien puede darse a tales ensueños el nombre de ensueños de infinito. (Bachelard, 2010: 226)

Para William Blake, fantasía e imaginación conviven como sinónimos. Aún más, la imaginación es facultad de visión y “este mundo es una incesante visión de fantasía o imaginación”. De modo que lo que Bachelard llama ensueño de infinito, para Blake parecería ser facultad de visión:

Sé que el mundo es un mundo de imaginación y visión […] a los ojos del hombre de imaginación la naturaleza es imaginación misma: tal como el hombre es, así ve: tal como están formados sus ojos, así son sus poderes. Estáis equivocado ciertamente al decir que las visiones de fantasía no se encuentran en este mundo; para mí este mundo es esa incesante visión de fantasía o imaginación[2]. (Blake citado por Cernuda, 1986: 28)

Esa posibilidad de abrir un espacio sin límite es, en Blake, producto de la creación de una interioridad mental o espiritual, que permite ir más allá de los sentidos, de los límites que estos imponen.

Para Blake, la imaginación va a ser el poder supremo del hombre, aquello que le posibilita acceder a esas visiones de carácter místico, representaciones de lo que existe de manera eterna. El mundo de la imaginación es el mundo de la eternidad.

Para poder abrir las puertas de la percepción, habría que crear una interioridad que permita abrirse hacia un no afuera justamente. Una visión que se puede conformar desde lo mental o desde lo espiritual, que, como sea, queda dentro de la individualidad interna del sujeto.

“El Viajero Mental” es una visión de “realidad total en menos de un centenar de versos” (Bloom, 1999: 129), Blake está construyendo una realidad mental que se desprende de la experiencia de visión, una visión de los ciclos (continua transformación que implica el intercambio del papel de los complementarios), un largo y cada vez más inquietante devenir hacia el Apocalipsis. Para ver esto, basta comparar las estrofas 3 y 25:  “Y si el recién nacido es un varón/ es entregado a una mujer anciana/ que lo clava tendido en una roca/ y en copas de oro coge sus lamentos” – “Y nadie puede tocar esa forma colérico/ a menos que lo haga una mujer anciana/ Ella al niño tendido clava sobre la Tierra/ y todo pasa como ya lo he dicho”.

La visión está fuera de la historia, no tiene una causa y una consecuencia que puedan hilarse de una manera histórica, los deícticos no tienen posibilidad de ser, no hay a dónde aferrarse. Y una de las representaciones de esa a-historicidad, es justamente la noción de ciclo, de un punto fuera del tiempo, que construye el poema de Blake.

El ensueño es la sustancia que se desprende de la actividad fantaseadora y consiste en montar una representación fantástica en la intimidad onírica: en las profundidades del pensamiento. En Hacedor de estrellas, el deseo de aprehender la inmensidad del espacio estelar detona el devenir del ensueño y lo empuja al infinito, donde “la hora no suena ya y el espacio se extiende sin límites” (Bachelard, 2010: 226).

 starmakerEl pasaje

El ensueño es un movimiento mental que permite arrancarse de las ataduras que impone la geometría del espacio y del tiempo:

Arrastrado por un raro vértigo, busqué apoyo en el débil resplandor de las ventanas de mi casa. Estaban todavía allí y también el suburbio y las colinas. Pero la luz de las estrellas lo atravesaba todo. Era como si las cosas terrestres fueran de cristal, o de algún material vítreo, más límpido, y más etéreo. El reloj de la iglesia empezó a anunciar la medianoche. La primera campanada, muy débil, se perdió a lo lejos (Stapledon, 1965: 18)

Hacedor de estrellas comienza con un torbellino de reflexiones que surge en simultáneo a la contemplación de un espectáculo sublime: el cielo estrellado: “irracionalmente, sentí en mí una rara reverencia, no hacia el astro, un simple fuego que la distancia santifica falsamente, sino hacia otra cosa algo que mi corazón descubría en aquel terrible contraste entre la estrella y nosotros” (Stapledon, 1965: 15). No obstante, no podría sostenerse que dicho torbellino se desprende de la magnificencia del espectáculo externo sino  del mismísimo interior del personaje descorazonado. El espectáculo exterior sólo ayuda a desplegar la grandeza íntima (Bachelard). La conciencia imaginante se aleja entonces en una proyección hacia el infinito; huye de un objeto próximo (la casa, el suburbio, la colina) y enseguida, está lejos. En la soledad de la contemplación, se desatan las cuerdas impuestas por la razón y aún, por los cinco sentidos para elevarse hacia un espacio otro:  “Miserablemente traté de ocultarme de aquellas inmensidades cerrando los ojos. Pero yo no tenía ojos ni párpados. Era un punto de vista incorpóreo y ambulante”. (Stapledon, 1965: 32) El sentido de la vista, esto es, la capacidad de interpretar el entorno a partir de los rayos de luz que alcanzan el ojo, queda vetado.  No sólo se rebasan los límites del espacio conocido sino que el nuevo espacio no podrá ser aprehendido con la facultad de la vista, sólo así, pueden difuminarse los límites y eyectarse el sujeto hacia otro espacio, hacia otra lógica.

La poética de Blake se sostiene sobre la afirmación de que sólo la visión espiritual –que se alcanza por la oración y la práctica del arte-  es el medio para alcanzar lo infinito, el mundo eterno, las realidades permanentes. Los ojos son mortales y perecederos, por ello, sólo podrán devolver una imagen finita, perecedera. La visión doble (la que ve la naturaleza en sus minucias) se opone a la visión simple (la que ve la naturaleza como abstracción, como fórmula algebraica, sin color, sin sonido ni perfume). Y la visión doble se alcanza forzando la visión hacia dentro, sólo así, el místico alcanza la eternidad. La visión interior anima la exterior. Como sostiene Bachelard, la inmensidad está en nosotros, sólo la vida reprime, por ello en la soledad de la contemplación podemos permitir que la inmensidad que nos habita se adueñe de nuestras mentes.

Interesa destacar que el narrador de Hacedor de estrellas se describe como un punto de vista ambulante y que el título de la balada de Blake “parece referirse a un eterno vagabundo” (Bloom, 1965: 128). Es que los viajeros del ensueño son sujetos errantes. Errar es ir de un lado a otro sin destino fijo, y sólo sin un destino fijo, sin ninguna fijación, los narradores pueden hundirse en esos otros mundos (o galaxias). Ninguno más que el errante puede recorrer un espacio infinitamente prolongado como son los ciclos de la eternidad.

Si los usos del espacio en la literatura inglesa funcionan como marca del pasaje de diferentes géneros o subgéneros literarios entonces es válido también indagar sobre el modo en el que se accede al nuevo espacio. En ambas narraciones, como se ha venido mostrando, el viaje es mental, tiene el valor de lo onírico. No se despliegan aquí maquinarias excéntricas, ni ningún artefacto cuyas posibilidades de ser sean compatibles con la lógica de la ciencia (Link, s/f: 10). El mecanismo de elevación es la fuerza de lo imaginario que descuartiza los límites y permite acceder al espacio de la inmensidad. Si bien, Hacedor de estrellas presenta universos que pueden inscribirse dentro de los paradigmas de la ciencia ficción, el modo de acceder a estos universos no responde a la posibilidad del avance científico sino al desborde de la inmensidad íntima. Lo cual muestra cómo puede establecerse un puente entre narrativas separadas por un siglo atravesado por el romanticismo, el gótico, el fantasy y la ciencia ficción si se parte, no de la configuración del espacio alterno, sino del modo en que a él se accede.

El narrador testigoblake.perception3

El narrador es quien teje la diégesis narrativa. La elección de un tipo de narrador en detrimento de otro no es gratuita; y aquí, es sustancial observar el por qué de la elección de narradores testigos.

Ambas narraciones son el producto de una visión particular, íntima. Sin embargo, no es el punto de vista de quien participa de los hechos el que se despliega, tampoco el de quien es dueño y señor de ese espacio –aunque sea mi intimidad, mi ensueño-. Es que en el ensueño, el espacio se elabora desde la explosión del sentido, de la síntesis violenta de los contrarios, del rompimiento de la lógica del aquí y el allá, el arriba y el abajo, el antes y el después.

Blake

tidos se enrollan en sí mismos, con miedo/ y la Tierra plana se convierte en pelota”16: “Los sen

17: “Las estrellas, el Sol, la luna, todo huye/ un vasto desierto sin límites”

14: “a menudo ciego por la edad, desesperado/ hasta que puede ganar una doncella” // 21: “hasta

que él se convierte en un díscolo niño/ y ella en una llorosa mujer envejecida”

Stapledon

Este símbolo concebido por mi mente cósmica, sometido a la tensión de una experiencia inconcebible, se quebró y se transformó inmediatamente, tan inadecuada era la realidad de la experiencia […] yo había desplegado inmediatamente las pobres alas de mi espíritu para subir hacia él, y que en ese mismo momento yo había sido cegado, quemado y golpeado. (Stapledon, 1965: 241)

La experiencia del ensueño es inconcebible porque, en tanto se han perdido las coordenadas espacio temporales, se produce un hundimiento laberíntico que no permite el anclaje, que no permite agarrarse, lo cual, consecuentemente, impide la elección de un narrador omnisciente. El mismo valor de inmensidad estaría limitando la majestad del yo y eso conduce a la elección de un narrador que da bien cuenta de la limitación de aprehender el infinito: el narrador no puede ser sino testigo, penetra en ese espacio, se hunde en él pero no parece haber comprensión, queda en los márgenes: “y he oído y visto cosas tan horrendas”, pero –podríamos agregar-: no las he vivenciado. El poema de Blake comienza con este “yo”, un viajero que se ubica fuera del tiempo; esa distancia es la que le va a permitir contemplar desde afuera el ciclo que va a presentar el texto poético.

En Hacedor de estrellas el tiempo del narrar se suma como una limitación que expulsa al narrador hacia los márgenes de la experiencia y lo deja en la condición de espectador, porque es el tiempo de quien ha vuelto del ensueño, de quien ha perdido el infinito con la claridad del día, con el reconocimiento de los límites que impone la geometría de la casa, del suburbio, de la colina:

Apenas guardo un borroso recuerdo, reducido al estado de mero individuo humano. Soy como aquel que en los últimos extremos de la fatiga mental, intenta resucitar las más sagaces intuiciones de su perdida lucidez. Sólo recupera débiles ecos, y un vago encanto. (Stapledon, 1965: 147)

La capacidad limitada del que es testigo se manifiesta en el artificio retórico del que el narrador se va a valer para contar sus aventuras: la metáfora. La metáfora es una figura del pensamiento que permite relacionar elementos cuyo sentido, en principio, los aleja; es el recurso del que disponemos para intentar aprehender aquello que se nos escapa. La posibilidad de establecer esa relación está dada por el modo de percibir el entorno, algo que está perfectamente reflejado en la metáfora que utilizan los “Otros Hombres” para definir al Hacedor de Estrellas: “¿Pero si no hay Hacedor de Estrellas qué puede ser esto que alabo? No lo sé. Lo llamaría el gusto, el sabor de la existencia. Pero esto no significa mucho” (Stapledon, 1965: 65) Esta cita encierra entonces dos inquietudes. Por un lado, el hecho de que la metáfora es evidentemente el resultado de nuestros modos de percibir, en el mundo en el que el gusto es el sentido rey, las metáforas se regirán por él (a diferencia de “la luz de la existencia” en un mundo donde prima el sentido de la vista). Por otro lado, el hecho de que por más metáfora que se ensaye, el sentido se escapa: “esta metáfora extravagante no alcanza a expresar la sutileza y complejidad” (Stapledon, 1965: 268), la metáfora es síntesis y toda síntesis deja fuera elementos, distorsiona, desarma, y su resultado es diferente respecto de lo que en realidad es:

Hablar así del espíritu creador universal es casi infantilmente antropomórfico. Pues la vida de un espíritu semejante, si en este caso puede hablarse de vida, tiene que ser completamente inconcebible para el hombre. No obstante, y ya que este simbolismo infantil se me impone de algún modo, lo registro aquí pensando a la vez que contiene algún reflejo de verdad, aún distorsionado. (Stapledon, 1965: 262)

El hacedor de estrellas como metáfora de la creación narrativa de espacios infinitos

En un cosmos inconcebiblemente complejo, cada vez que una criatura se encontraba ante varios posibles cursos de acción, los tomaba todos, creando así muchas dimensiones temporales distintas y muchas historias del cosmos. Como en cada una de las secuencias evolutivas del cosmos había numerosas criaturas, y cada una de ellas se enfrentaba constantemente con muchos cursos posibles, y las combinaciones de estos cursos eran innumerables, de todos los momentos de todas las secuencias temporales de este cosmos nacía una infinitud de universos distintos (Stapledon, 1965: 266)

El poeta excede en su visión lo que puede producir la naturaleza mortal y perecedera (Cernuda, 1986). La poética del espacio infinito da como resultado una narración, que como el cosmos del Hacedor de estrellas, es increíblemente compleja. Se repiten los ciclos de degradación, caída y ascenso. Se multiplican las criaturas. Se rompen los esquemas y sin embargo, como en el mito de la cosmogenia de Stapledon, todas los círculos espaciales conviven en una unidad cósmica o bien, en una unidad poética.

Bibliografía

BACHELARD, Gaston. La poética del espacio. México: Fdo. de Cultura Económica, 2010.

BLOOM, Harold, La Compañía Visionaria. William Blake, Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 1999.

CERNUDA, Luis. Pensamiento poético en la lírica inglesa. México, Imprenta universitaria, 1958.

LINK, D. (comp.). Escalera al cielo. Utopía y ciencia ficción. Buenos Aires: La marca, s/f.


[1] Ayelén Arostegui está cursando en el último tramo de la Carrera de Letras (UBA), con 17 materias aprobadas. Este trabajo desarrolla la hipótesis presentada en el final de Literatura inglesa, con el programa del año 2013.

[2]  En todas las citas del trabajo, las itálicas son mías.

Autor: literatura inglesa

Cátedra de Literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. Publicación de artículos, notas y trabajos monográficos de profesores y alumnos y de información de interés inherente a la materia.

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