Constelación Oroonoko: la inscripción de la mujer escritora

ooronokoLiminalidad entre ficción y realidad en Oroonoko, de Aphra Behn: la inscripción de la mujer escritora

por Victoria Catrambone, Candela Fuertes, Daniela Meoqui y Gabriela Rodríguez*

 

  1. Palabras preliminares

Oroonoko, o el príncipe esclavo (1688), de Aphra Behn, es la primera obra en la cual se habla de la relación entre amos y esclavos en el contexto de la expansión colonial. La novela transcurre principalmente en la costa atlántica norteña de Sudamérica, en Surinam, durante el año 1640. En ese entonces, las tierras están bajo la comanda de la corona inglesa. Oroonoko es una historia sobre la vida de un príncipe africano homónimo y su esposa Imoinda. Ellos son capturados por los ingleses en Coramantien y convertidos en esclavos. El relato es narrada por una mujer europea que es testigo de las experiencias vividas desde su captura hasta su muerte.

Según sugiere Rogers, Oroonoko es “el logro artístico de Behn: la creación imaginativa que se construye sobre la base de hechos reales” (1988: 1). Surge entonces una de las inquietudes del presente trabajo: la producción de ficción a partir de material fáctico, relación que no resulta mecánica y carente de problemas. A nuestro entender, la liminalidad entre ficción y realidad en Oroonoko es el espacio privilegiado para la construcción del objeto de narración y, al mismo tiempo, de la narradora como mujer que escribe. Para estudiar esta hipótesis, analizaremos en primer lugar, la cadencia de la voz femenina que escribe: se trata de un testigo que no cuestiona la esclavitud pero sí sus horrores. En segundo lugar, exploraremos cómo se edifica y posiciona en una sociedad donde el trabajo literario (sobre la mujer) ha quedado relegado al hombre. Por último, pensaremos cómo se inscribe una mujer en su propia narración.

  1. La cadencia de la voz escritora

En Oroonoko, Aphra Behn explora la construcción de la relación de desigualdad entre los europeos y los nativos en el modelo colonialista del siglo XVII impuesto por la expansión británica y el modelo esclavista imperante. El sistema de comercio triangular establece la trata de esclavos que conecta África, las nuevas colonias americanas y Europa. La autora construye en su relato una mujer narradora y son las características particulares de su condición de mujer y su relación con el lenguaje las que le permiten posicionarse alternativamente entre la realidad y la ficción.

Ya desde el comienzo del texto se advierte al lector acerca de la veracidad de los eventos que se han de narrar. Así lo demuestra el pasaje inicial: “No pretendo, al contaros esta historia del príncipe esclavo, entretener al lector con las aventuras de un héroe inventado, cuya vida y fantásticas andanzas se pueden manejar según el capricho del poeta ni, al contaros la verdad, planear adornarla con ningún episodio añadido, sino tan sólo con aquellos que verdaderamente le ocurrieron” (Behn, 2008: 117). El énfasis sobre el carácter veraz de lo narrado tiene como correlato una subjetividad narrativa particular. Según reconoce la propia narradora: “Yo misma fui testigo de una gran parte de lo que encontraréis aquí expuesto; y aquello de lo que no pude ser testigo, lo escuché de boca del protagonista de esta historia, el propio héroe” (117).  La presencia de quien narra como “testigo ocular”  o la información recibida de los propios protagonistas son las claves que utiliza la narradora como fuentes de validez. No obstante, su propio léxico traiciona su empresa: ella se refiere a Oroonoko como su “protagonista” y luego como su “héroe”, términos impregnados de ficcionalidad. Es así como la narradora comienza a inscribirse, incipientemente, en el espacio liminal entre ficción y realidad.

Es claro para el lector que no tiene entre sus manos un documento que pretenda ser un recuento histórico de lo sucedido, sino más bien un texto en el que el juego entre verdad y ficción se establece como un continuum en el que tanto narradora como lector transitan (Chibka, 1988: 512).  La intención última no es la de denunciar la realidad ni la de actuar sobre ella, sino la creación de un texto que permita complacer tanto a la autora como al lector.

De este modo, es posible para Behn crear una narradora femenina y europea en la que sea posible expresar las contradicciones inherentes a la desnaturalización y denuncia de la opresión Europea sobre nativos y esclavos al mismo tiempo que no se la condena explícitamente. Si bien es cierto que en Oroonoko la realidad de los esclavos es uno de los ejes centrales sobre el que gira la trama, es también importante mencionar que la descripción no pretende ser etnográfica, sino que oscila entre una fiel representación y una mirada ingenua sobre los hechos. Este movimiento oscilatorio refuerza el carácter liminal de la narrativa.

Es precisamente el rol de mujer de la narradora atravesada por las relaciones de desigualdad que le son propias a su condición social y género en la sociedad Europea lo que le facilita desarrollar un texto en el que la ficción y la realidad no estén separadas de manera tajante. De este modo es posible para ella dar cuenta de las terribles condiciones de explotación de las que son sujetos los esclavos sin necesidad de explicitar su carácter de denuncia. Asimismo, en las instancias en las que el héroe es engañado o torturado, la narradora no está presente, sino que reconstruye lo sucedido a través del relato que recibe posteriormente. De esta manera, ella puede referirse a los sufrimientos tolerados por Oroonoko sin perder autoridad moral ni credibilidad frente al lector ya que las acciones más salvajes ocurren en su ausencia (Chibka, 1988: 523). La liminalidad entre ficción y realidad, entonces, no está disociada de cuestiones de género y emerge como su marca evidente.

La narradora construida por Behn desarrolla su relato entre la ficción y la no-ficción, sin poner en juego la veracidad de lo que escribe. Solo una mujer escritora consciente de su condición como tal puede dar cuenta de lo sucedido: “espero que la reputación de mi pluma sea suficiente para conseguir que su glorioso nombre sobreviva a todas las épocas” (Behn, 2008: 197). Para Behn, una “pluma femenina”, que está doblemente atravesada por las relaciones de desigualdad entre su lugar como mujer en el contexto de su misma sociedad y su condición dominante en la relación esclavo-europeo, es la característica determinante que la habilita a registrar  la voz de “otro” en una relación especular entre sujetos dominantes y dominados. El relato no resulta ajeno a estas paradojas por lo que a nivel formal se constituye como la escritura de lo liminal, explorando y explotando el potencial contestatario de la escritura pero sin abandonar su sedimento en tanto reproductor de ideologías.

III. La edificación de la mujer escritora en el ámbito del trabajo literario

Oroonoko es, ante todo, una escritura sobre las condiciones de escritura de ficción por parte de la mujer. ¿Sobre qué discurre la escritura femenina? ¿Cómo se escribe este tipo de trabajo con el lenguaje? ¿Bajo qué circunstancias? La escritora Aphra Behn y la narradora del relato -de profesión también escritora- se hacen cargo de estos interrogantes a la luz de lo que Gilbert y Gubar denominan “ansiedad de autoría” (1979: 49). En su estudio sobre escritoras del siglo XIX, las críticas identifican que comienzan a experimentar un “miedo radical sobre su capacidad de escribir” (1979: 49) ya que no cuentan con una vasta tradición de escritoras femeninas que les sirvieran como modelos o precursoras a la luz de quienes posicionarse. Los únicos precursores en los que las mujeres deben basarse para su creación ficcional son los provistos por los hombres ya que solo ellos representan la autoridad en la escritura. Aphra Behn, ya en el siglo XVII, muestra signos de lo que significa dejar de convertirse en objeto de escritura para asumir el estatuto de sujeto que escribe.

Uno de los espacios donde se visibiliza la ansiedad de  autoría en Oroonoko es en la carta que acompaña la narración, ya que allí se pone en juego el objeto y el rol de la escritura femenina. En la epístola dirigida a Richard Maitland, puede leerse: “Son breves crónicas de vidas que posiblemente serán olvidadas por otros historiadores o permanecerán ignoradas en algún sitio aunque merezcan fama inmortal, pues los hombres de cualidades sobresalientes son tan ejemplares como incluso los mismos reyes” (Behn, 2008: 114). A través de esta epístola, es posible reconocer a la narradora femenina como un ser capaz también de recuperar y dar vida, a través de su escritura, a todas aquellas historias de vida menores, ignoradas por los historiadores. Es ese espacio de la realidad que Behn decide ficcionalizar. Según Aphra, Oroonoko merece una fama inmortal, pero como reconoce la narradora al finalizar su relato, lo que ella busca con su creación literaria es la de ser reconocida y recordada como una de las primeras escritoras femeninas que interviene lo real de manera literaria.

Otro espacio donde se observa la liminalidad entre ficción y realidad como condición de escritura femenina es en la propia narración. De hecho, las palabras inaugurales del texto así lo documentan: “Y [esta verdad] así viene al mundo, sencillamente, apoyada en sus méritos propios y en sus intrigas reales, pues hay bastante realidad para sustentarla y hacerla entretenida sin añadir intervenciones” (117). La narradora comienza su relato asegurando que la misma estará basada en material fáctico. En otras palabras, su narración no contendrá elementos de ficción. Sin embargo, los modos en los que propone hacerlo son propios del trabajo ficcional: ella efectivamente construye a un héroe a lo largo de su narración, construida por “escenas” en las que se desempeña un “actor”. La narradora expresa:

omitiré, en favor de la brevedad, miles de pequeñas anécdotas de su vida  que, aunque nos agraden allí donde la historia es pobre y no hay muchas aventuras, sin embargo podrían resultar pesadas y tediosas para el lector en un mundo donde puede encontrar diversiones nuevas y curiosas a cada minutos. Pero nosotros, que quedamos totalmente encantados con la personalidad de este gran hombre, tuvimos la curiosidad de recopilar cada una de las circunstancias de su vida.

El escenario donde transcurre la última parte de sus aventuras se encuentra en una colonia de América llamada Surinam, en las Indias Occidentales (117-117).

El campo semántico habilitado por términos vinculados con la ficción permite dudar del trabajo de la narradora como “History” (Historia, con mayúsculas en tanto disciplina) -acompañada por la tarea de “recopilar”- y pensarlo en clave de “story” (relato), elemento ficcional habilitado por el campo semántico establecido por “escenario”, “aventuras”, “character” -que ha sido traducido como personalidad, pero que guarda el eco de otra de sus acepciones, “personaje”-. Una vez que la narradora ha establecido las condiciones liminales de su relato, ella misma debe subjetivarse y pretende hacerlo de manera objetiva, al presentarse como testigo ocular. Según Anderson: “Oroonoko es un cuento de espectáculo, lo nuevo y lo extraño permanecen no creíbles hasta que son testigos, y las descripciones verbales deben ser apoyadas con evidencia física” (Anderson, 2007:5). Estas oscilaciones en la construcción del relato dan cuenta de la liminalidad entre ficción y realidad a la hora de construirlo.

La construcción de la narradora como escritora vuelve a tornarse vehículo de ansiedad de autoría no solo por su condición de testigo, sino por los modos en que ella concibe su propio relato. Así lo demuestra el siguiente fragmento: “Pero su mala suerte fue nacer en un mundo oscuro, donde sólo una pluma femenina podía permitirse ensalzar su fama” (Behn, 2008: 157). La narradora utiliza la expresión “pluma femenina” -en el original, “female pen”- para hacer referencia a su propia voz como mujer que tiene la autoridad y el poder de escribir y narrar una historia. En la imaginación literaria, tal instrumento remite a una forma fálica, lo que significa que las mujeres, aun cuando escriben, lo hacen en relación a la escritura masculina ya que son los hombres sus precursores. Tanto el órgano sexual masculino como la lapicera eran considerados instrumentos de poder generativo, por lo que solo es el género masculino el que parece estar capacitado para crear textos. En esta línea, Finch afirma:

La mujer que intenta la lapicera es una criatura intrusa y presuntuosa. Ella es absolutamente irredimible: ninguna virtud puede superar la culpa de su presunción porque ella ha cruzado grotescamente los límites dictados por la naturaleza: ellos nos dicen que nosotras confundimos nuestro sexo y forma; buena crianza, vestimenta, bailar y jugar son los logros que deberíamos desear alcanzar; escribir, leer, pensar o interrogar nublaría nuestra belleza y agotaría nuestro tiempo (…) Por definición estas son actividades masculinas, escribir , leer y pensar no son solo ajenas pero también perjudiciales a las características femeninas (1979: 8; nuestra traducción).

El gesto de Behn y el de su narradora, ambas en su estatuto de escritoras, son indudablemente contestatarios. Pero el material de producción de ficción -el lenguaje- está ligado a estructuras culturales patriarcales, que constituyen la realidad que la narradora no puede evitar reproducir.

 

  1. La inscripción de la mujer en su propia narración

Oroonoko inscribe a las mujeres de su relato en situaciones paradojales, como lo demuestra la relación entre la narradora y el personaje de Imoinda, la enamorada del príncipe esclavo. Esta última es la mujer africana de quien Oroonoko se enamora pero que, sin embargo, se ve obligada a casarse con el rey de Coramantien, quien es, nada más y nada menos que, el mismísimo abuelo de Oroonoko, por lo que debe pasar el resto de su vida viviendo en un serrallo o harén  (Behn, 2008: 129). A pesar de ello, los enamorados logran pasar una noche juntos pero son descubiertos (141). Como castigo y a espaldas de su nieto, el rey ordena enviar a Imoinda como esclava a América (143). Este suceso de eventos no solo resulta funcional a la trama en sí sino también a la construcción de la narradora, quien se erige en la posición de denunciar el sometimiento de una mujer a la voluntad del hombre. De esta manera, se manifiesta contra “el matrimonio forzado, la violación, la esclavitud, la negación de las mujeres como un otro, y su reducción a seres biológicos” (Ferguson, 1992: 348-349). En otras palabras, la narradora se atreve a mostrar el sufrimiento de la mujer en una sociedad patriarcal y machista, donde la mujer no es más que un objeto dominado por el hombre. La ficción emerge como el espacio que puede hacerse cargo de problemas de la realidad, lo cual confirma el rasgo liminal de la narración.

De la misma manera, la narradora muestra cómo, una vez en la colonia, Imoinda queda sometida a la voluntad del mercantilismo colonial, lo cual se materializa en el cambio que sufre su nombre: éste hecho saca a la luz la irrelevancia de la identidad de las mujeres en tanto esclavas y objeto de propiedad de los colonos (Ferguson, 1992: 351). De este modo, se revelan nuevamente las contradicciones en la narradora: por un lado, acepta el sometimiento de Imoinda al sistema colonial y, por otro, la necesita en su narración para canalizar la atracción que un personaje como Oroonoko le genera, imposible de consumar en el marco del colonialismo mercantil, según el cual la etnia de la narradora es superior a la etnia del príncipe esclavo. La narración, entonces, en el umbral entre ficción y no ficción, logra liberar a Imoinda de un sistema patriarcal para transplantarla en otro en el que es subsidiaria de un sistema económico y narrativo.

Esta particular construcción de Imoinda por parte de la narradora demuestra que esta última no sólo está regulada por el marco colonial, sino por los mandatos de género que rigen en la sociedad patriarcal europea desplazados hacia sus colonias. Por ejemplo, durante la rebelión algunos esclavos deciden rendirse y entregarse mientras que Oroonoko e Imoinda intentan seguir escapando, a lo cual la narradora expresa:

se apoderó de nosotros un miedo tan atroz de que se refugiaran hasta la noche y que luego bajaran y nos degollaran a todos que ninguna idea pudo disipar. esta aprensión nos hizo a todas las mujeres ir al río para refugiarnos. Mientras estuvimos fuera, fue cuando cometieron esa crueldad porque creo yo, si hubiera sospechado de una cosa así, tenía la autoridad y el interés suficiente para haberla evitado  (Behn, 2008: 186).

A pesar de reconocerse como una persona con autoridad para influir en los actos de otros, por el contrario, la narradora parece carecer de dicha autoridad según los hechos que relata. El poder que le confiere la pluma encuentra su límite en el escaso poder de hecho que le asigna su realidad. Es así como la narrativa confirma su inscripción en un espacio liminal.

 

Bibliografía

Anderson, E. H. (2007). “Novelty in Novels: A Look at What’s New in Aphra Behn’s” Oroonoko“. Studies in the Novel, 1-16.

Behn, A. (2008) Oroonoko, o el príncipe esclavo. Traduccción de Jesús L. Serrano Reyes. Madrid: Siruela.

Chibka, R. L. (1988). “”Oh! Do Not Fear a Woman’s Invention”: Truth, Falsehood, and Fiction in Aphra Behn’s Oroonoko”. Texas studies in literature and language, 510-537.

Ferguson, M. (1992). “Oroonoko: birth of a paradigm”. New Literary History, 339-359.

Gubar, S., & Gilbert, S. (1979). The Madwoman in the Attic. New Haven: Yale UP.

Johnson, E. D. (1925). “Aphra Behn’s” Oroonoko””. Journal of Negro History, 334-342.

Rogers, K. M. (1988). “Fact and Fiction in Aphra Behn’s” Oroonoko””. Studies in the Novel, 1-15.

 

* Las estudiantes, que cursan el tercer año del Profesorado en Inglés “Dr. Joaquín V. González”, asisten a la materia Literatura Inglesa II, segunda instancia del área literaria de su formación.

 

Autor: literatura inglesa

Cátedra de Literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. Publicación de artículos, notas y trabajos monográficos de profesores y alumnos y de información de interés inherente a la materia.

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