Constelación Oroonoko: la reproducción del colonialismo en la construcción de género

La reproducción del colonialismo en la construcción femenina y europea de lo masculino: el caso de Oroonoko, de Aphra Behn

por Florencia Carrió, Paola Sambucetti, María Eugenia Umaran y Carla Vega*

Introducción: contradicciones y propósito en Oroonoko, o el príncipe esclavo

 

La construcción del yo como categoría identitaria que se atribuye la condición de generar y organizar sentidos se materializa siempre en el contacto con un otro: ambas partes se construyen dialécticamente, y se transforman en su desarrollo. En este sentido, la ficción no escapa a la realidad: en el espacio liminal de entre esas dos categorías, Oroonoko, o el príncipe esclavo es producto de un encuentro de esa índole. Las figuras de narradora, escritora europea y viajante convergen en Aphra Behn, una mujer inglesa que abandona su Europa natal y se dirige a las plantaciones americanas, donde es testigo de la trata de esclavos del colonialismo mercantilista del siglo XVII y relata la historia de un príncipe africano, Oroonoko. Esta convergencia resulta en una contradicción: por un lado, hace posible la construcción de una figura heroica en el personaje de Oroonoko, el cual de otra manera sería objetivado exclusivamente como mano de obra y mercancía a los ojos de un Occidente identificado con políticas capitalistas; por otro, reproduce principios elementales del colonialismo a lo largo de su narración.

Es así como en ciertos pasajes es el origen geocultural el criterio que regula los vínculos y, en otros, el género. De esta manera, las relaciones de jerarquía entre quien narra y quien es narrado sufren modificaciones en diferentes momentos del relato en las zonas de contacto culturales y gracias a ellas. Pratt define “zonas de contacto” como “espacios sociales donde culturas dispares se encuentran, chocan y se enfrentan, a menudo dentro de relaciones altamente asimétricas de dominación y subordinación, tales como el colonialismo, la esclavitud, o sus consecuencias cómo se viven en el mundo de hoy” (1992: 31). Desde esta perspectiva, el presente trabajo intenta explorar las contradicciones de las zonas de contacto en Oroonoko y evaluar un posible doble propósito en la narración de Behn: elevar a un nativo africano a la altura de príncipe europeo, para luego derribarlo cuando falla el intento colonialista de subyugar su identidad. Así, mientras que la narradora se construye como escritora, su objeto de narración -el personaje masculino central- se torna también objeto de proyección de estereotipos étnicos y genéricos europeos, de forma tal que la escritura femenina logra denunciar y reproducir a la vez la empresa colonial como reguladora de la circulación de bienes e identidades.

 

La escritura del yo y del otro

En la carta hacia Richard Maitland que acompaña el relato, se torna la escritura como objeto de su reflexión estética. Al respecto, se señala: “El poeta, a su manera, es como el pintor: retrata la vida pero de otra forma” (2008: 114). Se reconoce de esta manera la capacidad de quien trabaja con las palabras de intervenir artísticamente su material. Esta intervención no escapa de las condiciones en que esta pintura/escritura se desarrolla. El registro estético del príncipe esclavo se confecciona a través de la observación de la narradora, permeada de características consideradas propias del europeo. Tal es así que el gran atractivo del esclavo africano se visualiza en esos términos: su nariz, por ejemplo, refiere a la concepción de belleza europea, pues es “romana” (124). Su conducta también reviste un tinte occidental. Oroonoko es instruido por un tutor francés y la narradora admira su uso del lenguaje:

su conversación era admirable sobre cualquiera tema. Cualquiera que lo oía hablar se convencía de su error al pensar que todo el buen juicio está reservado sólo para los hombres blancos (…), y habría tenido que confesar que Oroonoko era capaz de reinar bien y de gobernar sabiamente (…) como cualquier príncipe educado en las más refinadas escuelas de humanismo y erudición , o en las cortes más ilustres (125).

La narradora le adscribe a Oroonoko rasgos de la realeza, que lo sitúan a la altura de cualquier líder europeo y que lo colocan en una situación diferencial con respecto a congéneres. Pratt enuncia que “los encuentros coloniales, el espacio en que personas separadas geográfica e históricamente entran en contacto entre sí y entablan relaciones duraderas, (…) por lo general implican condiciones de coerción, radical inequidad e intolerable conflicto” (1992: 33). Es en la fricción cultural donde la asimetría toma lugar, siempre en detrimento del no europeo. La propia escritura de Oroonoko se entiende en esos términos: el sujeto escritor se erige al adscribir singularidades europeas al esclavo y, al hacerlo, lo eleva a la condición de príncipe. En virtud de esta creación, por la que la narradora se realiza como sujeto escribiente, se pinta el sistema de dominación colonial.

En lo que respecta a la construcción de Oroonoko, quien narra se encarga de estabilizar su condición oximorónica de príncipe esclavo. Vuelca sobre él peculiaridades que se consideran propias de la cultura europea blanca como el hecho de haberse alfabetizado: la narradora afirma expresamente que debido a su predisposición en tanto príncipe, muestra facilidad para la comprensión de cuestiones como la moral, el lenguaje y las ciencias, por lo que enseñarle no ha sido una tarea difícil (123). De esta manera, logra elevarlo por sobre su categoría de esclavo negro. El proceso de europeización del personaje africano continúa cuando desde África es trasplantado a la colonia en la colonia, ya que Oroonoko comienza a ser llamado César (157), nombre con el que se puede fácilmente identificar la cultura romana así como una forma política: el imperio. La descripción que se lleva a cabo del príncipe esclavo no es caprichosa en tanto alimenta a su construcción europea:

Su rostro no era de ese color oscuro, marrón oxidado, como el que tienen la mayoría de los de su raza, sino que era de ébano fino o de azabache pulido. Sus ojos eran los más tremendos que podrían verse, y muy penetrantes; el blanco de ellos era como la nieve, como sus dientes. Su nariz era respingona y romana en lugar de africana y chata. Su boca, la mejor formada que pueda existir, nada tenía que ver con la de los que tienen esos grandes labios vueltos, que son tan normales en los demás negros (124).

A cada rasgo enumerado no solo se le adjudica una cualidad positivamente valorada por Europa, sino que se remueve todo vestigio de origen africano. Se niega que el color de su cara sea un “marrón oxidado”, y se la pinta de “ébano fino”. Además, al recuperar e insistir sobre el blanco de sus ojos y de sus dientes en el relato, se refuerza su aproximación a la cultura occidental. Esta configuración de Oroonoko es subsidiaria de otro procedimiento literario al que se lo sujeta: a lo largo de la narración, se puede observar cómo se fabrica al príncipe esclavo en su condición de héroe. De esta manera, para la narradora, Oroonoko traspasa la categoría de esclavo: él no es un simple africano de piel negra, rasgos que, según la mirada europea, bastarían para subyugarlo. En esta línea, Andrade se refiere a la ‘otredad domesticada para consumo europeo’ de Oroonoko (1994: 195). Este énfasis puesto en la domesticación hace que en el mismo momento en que el protagonista supere, por la intervención de la narradora, su estatuto de ‘salvaje’, pues él es considerado un ‘salvaje diferente’, se lo reconozca como tal. El relato reproduce así sistema colonial puesto que la occidentalización del protagonista es un procedimiento subsidiario de la consagración de la escritora.

 

¿Héroe esclavo o esclavo héroe?

La narradora inicia su escritura con una intención clara. Ella afirma: “No pretendo, al contaros esta historia del príncipe esclavo, entretener al lector con las aventuras de un héroe inventado, cuya vida y fantásticas andanzas se pueden manejar según el capricho del poeta ni, al contaros la verdad, planear adornarla con ningún episodio añadido, sino tan sólo con aquellos que verdaderamente le ocurrieron” (117). De esta manera, la narradora establece los parámetros de construcción del verosímil, proponiendo en su prosa una discusión alrededor de los conceptos de realidad, ficción y moral que, según Sidney, estaría ausente en su propia cultura (Dickson, 2007: 574) y que vería su apogeo recién en el siglo XVIII. En línea con esta autora, puede afirmarse que mucho de lo que le acontece a Oroonoko se explica a razón de las intervenciones coloniales del siglo XVII. En este marco, se confiere una dirección clara al desarrollo del personaje: narrativamente, no solo se intenta conquistar la parte física e intelectual del nativo por medio de su construcción eurocentrista (Ferguson, 1992: 340), sino que hay un intento posterior en el relato de Behn de conquistar la moral del nativo. Frente a este intento, el supuesto héroe se resiste, por lo que hacia el final de la narración pierde su condición como tal y se lo reviste de la imagen de salvaje que también se corresponde con los paradigmas occidentales de la época. La construcción de Oroonoko como héroe no es sino otro procedimiento para dominarlo.

A lo largo del texto, el personaje principal se presenta en un espacio liminal entre nativo y europeo, príncipe y esclavo, héroe y salvaje. Este proceso puede entenderse a la luz de la realidad socio-política entonces vigente: “Lorraine Daston y Katherine Park sugieren que lo maravilloso, especialmente del nuevo mundo, desestabilizaba el orden y el entendimiento social, creando espacios marginales para la concepción de nuevas ideas acerca de la realidad” (en Dickson, 2007: 590; nuestra traducción). Es así que la narradora juega con lo nuevo, pero en base a un proceso de inscripción en lo viejo. En este sentido, ella construye a su héroe europeo asegurando al lector: “puedo asegurar a mi lector que las cortes más ilustradas no podrían haber producido un hombre más valiente, tanto por la grandeza de su valor como de su inteligencia, con un criterio sólido, un ingenio rápido y una conversación afable y amena” (124). He aquí las condiciones de un héroe, al que Behn se refiere como príncipe, materializadas en la valentía, el coraje, la conexión con la corte, el buen juicio, la inteligencia y la capacidad de un diálogo ilustrado, rasgos que, desde la mirada europea, se corresponden con la propia realeza y resultan ajenos a la naturaleza de los nativos africanos. Sin embargo, luego de elevar a Oroonoko a la altura de príncipe, se inicia una serie de percances que genera creciente fricción entre la moral interna del personaje principal como nativo africano, y la moral externa que se le imprime como resultado de su construcción europea. Ese derrotero devela el efecto negativo que la constitución heroica conlleva para el protagonista.

El primer recorrido liminar del asumido príncipe Oroonoko es posible dado su origen africano y se construye a través de un engaño, ya que es capturado cuando se encuentra a bordo de un barco que transporta un grupo de cautivos hacia plantaciones en América del Sur (150).  Es responsable el Capitán de un barco inglés con quien el héroe ha comercializado esclavos anteriormente y a quien se describe con características similares al mismo Oroonoko: “El capitán era un hombre finos modales, de magnífica conversación y de mejor educación y afabilidad que la mayoría de los hombres de su clase (…) Por lo tanto, el capitán era siempre recibido en la corte mejor que la mayoría de los comerciantes que arribaban a estos países, especialmente Oroonoko, que estaba más civilizado que ningún otro de acuerdo con el estilo europeo” (149). La narradora establece una relación cordial entre pares comerciantes, dejando de lado al nativo para considerar al héroe al mismo nivel que el mercader europeo. Desde este lugar privilegiado en el que aparece Oroonoko, se lo dirige a un supuesto agasajo en el barco del Capitán, donde subsecuentemente él se verá encadenado, en vistas a ser vendido como esclavo. Esta transición pone de manifiesto el carácter liminal del personaje, ya que es su etnia lo que hace posible el pasaje de príncipe a esclavo. Según Rosenthal, los ingleses conciben a los africanos como mercancías potenciales (1992: 28; nuestra traducción), lo cual explica, luego de la colonización de su imagen, una segunda etapa en el proceso de colonización del príncipe Oroonoko. Sin embargo, su reacción es combativa: “Una se puede imaginar fácilmente cómo afrontó el príncipe esta actuación indigna. Parecía un león atrapado en la red: rugió y luchó por su libertad, pero todo fue en vano (…). De modo que, al no haberle dejado otro medio, decidió morir de inanición” (2008: 151). Es así que Oroonoko se resiste a la dirección geográfica y simbólica en la que se lo conduce y condena el acto inmoral del mercader como una gran traición a manos de quien antes fuera un supuesto par. La cadena de engaños continúa hasta que se lo entrega como esclavo en una plantación. Pero este hecho no basta para que el nativo pierda enteramente su condición de príncipe, que, reforzada en su cambio de nombre, re-imprime un rasgo imperial en el héroe (Ortiz, 2002: 127-128). De este modo, se reafirma la tensión de lo liminal ya establecida en la construcción del personaje.

A pesar de las sucesivas conquistas europeizantes que se impulsan desde la trama, la narradora insiste en recuperar lo maravilloso (en términos de Dickson) que yace en Oroonoko, proponiéndolo por momentos como ejemplo de lo moralmente correcto (Dickson, 2007: 574). Tal es así que en su rol de esclavo en la plantación, y luego del reencuentro con su prometida Imoinda, también convertida en esclava, insta a la reflexión y a un levantamiento:

-¿Por qué -preguntó-, mis queridos amigos y compañeros de sufrimiento, debemos ser nosotros esclavos de gente desconocida? ¿Nos han vencido en una lucha noble? ¿Nos han ganado en una honorable batalla? ¿Acaso hemos llegado a ser sus esclavos como fruto de una guerra? Si así fuera, esto no irritaría al corazón noble, ni estimularía el espíritu de un soldado. Pero no, somos comprados y vendidos como abejas o monos, para ser diversión de las mujeres, de los tontos, de los cobardes (179).

En este pasaje, la narradora da voz a los valores propios de la tribu de origen de Oroonoko -actualmente, en Ghana (Ferguson, 1992: 342)-, donde el honor se organiza en términos de quién resulta victorioso en batalla, y es esto lo que confiere la autoridad para esclavizar; a diferencia de la moral colonialista mercantiliza a las personas. Sin embargo, la rebelión propuesta no prospera y Oroonoko es nuevamente capturado junto con uno de sus camaradas: “los azotaron de la forma más deplorable e inhumana, hasta desgarrarle la carne de los huesos, especialmente a César, a quien no se vio quejarse ni alterar su rostro nada más que para dirigir la mirada con fiereza e indignación al desleal gobernador” (2008: 185). A través de esta nueva captura, la narradora describe un César que desafía el orden imperial inclusive a través de su reacción a la tortura, ya que no solamente no demuestra inmutarse ante la violencia física, sino que acusa a los culpables con la barbarie que ellos mismos pretenden liquidar. Es así como la narradora marca una nueva colonización del personaje, por medio de la cual el príncipe esclavo cae a un status de “un vulgar esclavo” (186) según el castigo que recibe. De esta manera, una vez más, el personaje de Oroonoko parece construirse para elevarse sobre la moral occidental, para luego ser nuevamente conquistado por los amos europeos. Es este último tramo de su caída que Oroonoko finalmente muere: frente al último intento fallido de la dominación de su moral, y precisamente por resistirse a ser el héroe de una escritora en los términos europeos que ella propone, su muerte se consolida simbólicamente como el castigo definitivo a la resistencia de este nativo a inscribir su moral en el paradigma colonial.

 

La construcción del personaje masculino como objeto de narración

La masculinidad de Oroonoko es de naturaleza oximorónica y se constituye en uno de los aspectos en los que se materializa la escritura a manos de una narradora mujer. Por un lado, su atractivo físico resulta exótico dada su procedencia. Por otro, esta se torna aceptable solo gracias a su conducta europeizada: no hay rastros de barbarie en él debido a su educación europea que remueve todo vestigio de su origen africano. Por consiguiente, emerge una masculinidad de doble naturaleza: Oroonoko es un esclavo cargado de exotismo y atracción en la medida en que se diferencia, por cómo se desenvuelve socialmente, de cualquier otro esclavo que haya sido trasladado desde Coramantien hasta Surinam.

Esta paradoja en la construcción de su masculinidad no es sino un efecto de escritura que permite a la narradora erigirse como escritora. Por medio de este acto lingüístico es que la escritora logra tomar el control de la creación del personaje principal de la novela. Como lo describe Andrade: “la atracción hacia los pueblos oprimidos es completamente consistente con la ideología de la dominación europea, y esta mezcla entre identificación y negación alimenta la relación” (1994: 193; nuestra traducción). En este sentido, la pluma que pareciera darle voz a Oroonoko en tanto sujeto alterno no es sino el medio para canalizar la voz del sujeto escritor: “se aficiona[b]a más a la compañía de nosotras, las mujeres, que a la de los hombres, porque él no bebía (…). Así que una vez que se consiguió que nos apreciara mucho, hablábamos con él con entera libertad, particularmente yo, a quien llamaba “maestra”, “su gran maestra”, y ciertamente mis palabras le influían mucho (2008: 164). Aquí se puede apreciar cómo un Oroonoko galante y caballero disfruta la compañía de mujeres, especialmente de la narradora. Mediante este procedimiento se revela el poder narrativo inscripto en este personaje. La voz de quien narra ocupa un lugar activo ya que es su palabra quien llega al esclavo y no ella quien escucha su voz.

Asimismo, se recupera un tópico recurrente en la literatura: la escritura como sublimación sexual. Oroonoko es tanto objeto de relato como objeto de deseo sexual por parte de la narradora, quien es también una gran “amante” -otra de las acepciones de “mistress”, tal como el príncipe esclavo se refiere a ella-. La apuesta se redobla cuando Oroonoko enuncia lo que aparenta ser otro momento de heroico flirteo: “¿Qué trofeos y guirnaldas me daréis .preguntó un día en la mesa- si os traigo a casa el corazón de esta fiera voraz que se como todos vuestros cerdos y corderos?” (169). Dado que la narradora, por la diferencia cultural que a sus ojos la separa de Oroonoko, no puede hacerse depositaria de la galantería del príncipe esclavo, hace uso de otro personaje, Imoinda, para consumar su deseo sexual mientras que ella lo proyecta en el plano de la escritura. La única forma viable en la que el erotismo se materialice para la narradora es a través de la escritura.

La pluma femenina

Aphra Behn como escritora es sensible respecto de la potencialidad de su rol como escritora. En su epístola a Maitland, ella asume: “Son breves crónicas de vidas que posiblemente serán olvidadas por otros historiadores o permanecerán ignoradas en algún sitio aunque merezcan fama inmortal, pues los hombres de cualidades sobresalientes son tan ejemplares como incluso los mismos reyes” (114). Aphra Behn, como escritora, se constituirá a partir de la ocupación de ese espacio escriturario ignorado por el discurso histórico. La “fama inmortal”, entonces, no es tanto aquella con la que pretende dotar a su objeto de narración, sino aquella con la que desea revestir su marginal espacio de escritura. Es esta fama la que condena, precisamente, al príncipe esclavo sobre el que decide relatar.  

Para mediar entre esa escritora y Oroonoko, emerge la figura de la narradora, que también es de profesión escritora. Es la narradora quien confirma que la fama pretendida para el príncipe esclavo está dirigida, en realidad, a enaltecer la pluma femenina, que no duda en despojarse de su objeto de escritura: “Así murió este gran hombre, merecedor de un destino mejor y con una inteligencia más sublime que la mía para narrar sus alabanzas. Sin embargo, espero que la reputación de mi pluma se suficiente para conseguir que su glorioso nombre sobreviva a todas las épocas” (197). Aquello sobre lo que la escritora ha decidido escribir y sobre la que la narradora ha relatado no ha sido la excusa para labrar la reputación de una profesional de la escritura. Quien narra emerge entonces como mediadora. Al respecto, Dickson señala: “Es importante resaltar que la narradora frecuentemente modela para nosotros como deberíamos leer el texto. Brownley la describe como una mujer común en una posición extraordinaria. Por consiguiente, como es el personaje más empático e íntimamente relacionado con la audiencia, ella actúa como una guía y jueza de la moral de los eventos” (2007: 176-7). El carácter mediador que se le asigna a la figura de la narradora, a la luz de lo discutido no solo indica al lector cómo leer, sino que señala quién lo ha escrito, de forma tal de ensalzar la pluma femenina. En este proyecto, Oroonoko príncipe ha resultado beneficiado al ser electo motivo de narración, pero Oroonoko esclavo no deja de ser un objeto subsidiario de un fin mayor, el de catapultar a la fama a quien lo narra, tan subsidiario como lo es de la empresa colonial.

Reflexiones finales: Oroonoko consumado en objeto

A través de la escritura de Oroonoko, Aphra Behn, en su despliegue tripartito de escritora, narradora y viajante, logra transmitir el relato de este nativo vuelto esclavo, aunque no sin comprometer su identidad africana en el proceso. Tanto Behn como la narradora, ambas de profesión escritoras, se constituyen en sujeto de su escritura en tanto pueden construirse a partir de representaciones propias. Es una escritura que responde a una visión particular y transgresora pero termina reproduciendo la ideología colonial dominante.

Así, Oroonoko, o el príncipe esclavo ha objetivado a su protagonista, convirtiéndolo en un ente clave del sistema colonial mercantilista que le da origen. La narradora, permeada de una percepción de belleza europea, armoniza los rasgos del esclavo africano, transformándolo en un héroe europeo y anula así la tensión oximorónica del título. El binarismo africano-europeo hace esto posible en el contacto que se lleva a cabo en el Nuevo Mundo. Es en estas coordenadas geográficas donde no sólo el acercamiento es viable y la construcción del yo se materializa en la oposición al otro, sino donde Aphra Behn entrelaza el tejido del relato dando vida al príncipe real y, a su vez, constituye a su narradora y a sí misma como escritora. Este doble movimiento da cuenta de las contradicciones que tienen lugar en la narración.

Luego de occidentalizar el físico de Oroonoko a través de la construcción de sus rasgos según estándares occidentales de belleza, se eleva al personaje central a la posición de héroe: se le adscriben rasgos de la realeza y se lo inscribe en el plano de lo maravilloso por medio del relato de sus grandes hazañas. Frente a su resistencia a la europeización, la narración sistemáticamente derriba al príncipe: hacia la esclavitud, hacia el confinamiento, y eventualmente, hacia su muerte. Es así que la construcción de Oroonoko deja ver otro doble movimiento, esta vez sobre su naturaleza liminal, el príncipe esclavo, cuya resolución marca una impronta colonialista que se articula en la obra: castigar mediante la escritura la resistencia a la conquista.

 

Bibliografía

Behn, A. (2008). Oroonoko, o el príncipe esclavo. Traduccción de Jesús L. Serrano Reyes. Madrid: Siruela.

Andrade, S. Z. “White Skin, Black Masks: Colonialism and the Sexual Politics of Oroonoko”. En Cultural Critique, No. 27 (Primavera/University of Minnesota Press, 1994), pp. 189-214. Disponible en: http://www.jstor.org/stable/1354482. Último acceso:: 28/12/2014 16:23

Ferguson, M. “Oroonoko: Birth of a Paradigm”. En New Literary History, Vol. 23, No. 2 (Primavera/The Johns Hopkins University Press, 1992), pp. 339-359. Disponible en: http://www.jstor.org/stable/469240. Último acceso: 28/12/2014 16:28

Dickson, V. G. “Truth, Wonder, and Exemplarity in Aphra Behn’s ‘Oroonoko’”. En Studies in English Literature, 1500-1900, Vol. 47, No. 3 (Verano/Rice University, 2007), pp. 573-594. Disponible en: http://www.jstor.org/stable/4625127. Último acceso: 28/12/2014 16:24

Ortiz, J. M. “Arms and the woman: narrative, imperialism, and virgilian ‘memoria’ in Aphra Behn’s ‘Oroonoko’”. En Studies in the Novel. Vol 34, No. 2 (Primavera/The John Hopkins University Press, 2002), pp. 119-140. Disponible en: http://www.jstor.org/stable/29533499. Último acceso: 28/12/2014 16:27

Pratt, M. L (2011). Ojos imperiales: Literatura de viajes y transculturación. Argentina: Fondo de la Cultura Económica.

Rosenthal, L. J. “Owning Oroonoko: Behn, Southerne, and the Contingencies of Property”. En Renaissance Drama. New Series, Vol. 23, Renaissance Drama in an Age of Colonization (The University of Chicago Press for Northwestern University, 1992), pp 25-58. Disponible en: http://www.jstor.org/stable/41917283. Último acceso: 28/12/2014 16:25

 

* * Las estudiantes, que cursan el tercer año del Profesorado en Inglés “Dr. Joaquín V. González”, asisten a la materia Literatura Inglesa II, segunda instancia del área literaria de su formación.

 

Autor: literatura inglesa

Cátedra de Literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. Publicación de artículos, notas y trabajos monográficos de profesores y alumnos y de información de interés inherente a la materia.

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