Constelación Oroonoko: paradojas en la construcción de personajes femeninos

Paradojas en la construcción de personajes femeninos en Oroonoko, de Aphra Behn

por María Valeria Gatta, Tamara Lista, Noelia Ontiveros y Bianca Sainato*

 

En el siglo XVII en Inglaterra han comenzado a alterarse los posicionamientos centrales y periféricos respecto a la construcción cultural de los sexos. Aquí, la conformación patriarcal de la sociedad es puesta en jaque principalmente debido al abandono paulatino de una economía feudal y la caducidad de la política monárquica. En Oroonoko, escrito por Aphra Behn en 1688, es posible contemplar las alteraciones del posicionamiento del género femenino: si bien una constelación de mujeres intenta sustraerse de su condición marginal, está atravesada por un movimiento paradójico por el cual lo logra sólo parcialmente, dado que se la condena finalmente hacia su estadio inicial. Para explorar esta hipótesis, analizaremos a las personas y personajes más significativos de este texto a la luz del interés de nuestro trabajo: a Aphra Behn en tanto autora, que logra legitimarse como escritora profesional en relación con la autoridad que comporta el género masculino; la narradora, que viaja a América y se alejase de su condición marginal a través de la narración con el propósito de contar una realidad que muchos ignoran: la esclavitud; a Imoinda, la enamorada del personaje principal, a la que se le asignan diferentes roles en función de la construcción del relato; y Onahal, una de las esposas del rey, quien posee sabiduría, en cuanto al sexo masculino refiere, aunque su edad y, principalmente, su género la condenan.

 

Aphra Behn, la escritora

Aphra Behn (1640-1689) ha pasado a la historia por ser una de las primeras mujeres de las letras inglesas en desarrollar su escritura de manera profesional. Entre las provocadoras afirmaciones de Virginia Woolf respecto de la autora de Oroonoko, o el príncipe esclavo, se encuentra esta exhortación: “Todas las mujeres juntas debieran cubrir de flores la tumba de Aphra Behn, que está con escándalo pero muy justicieramente en Westminster Abbey, pues ella fue quien le ganó el derecho de decir lo que piensan” (2003: 74). Un breve recorrido biográfico no deja de confirmar la declaración de Woolf al mismo tiempo que invita a pensar cómo esta escritora, hija de un barbero y perteneciente a la clase media, ha podido desarrollarse como tal. La misma Virginia Woolf explícita una respuesta válida para Behn: para que una mujer pueda escribir ficción es necesario que posea dinero y un cuarto propio (8).

Behn cumple con estos requisitos al trabajar como espía del rey Carlos II de Inglaterra durante la guerra con Holanda entre los años 1665 y 1667. Tuvo la posibilidad de destacarse como escritora de la dramaturgia inglesa cuando el monarca regresa al suelo inglés luego del exilio; de hecho, él mismo se encarga de restaurar los teatros y a las actrices en escena. Asimismo, la compañía para la que ella escribe es representada por la viuda de William Davenant, supuesto hijo de Shakespeare, en 1668.  Tal como puede observarse, la escritora logra escribir diferentes obras pertenecientes a esta compañía por el hecho de formar parte del círculo cercano del soberano; es decir, su escritura se encuentra totalmente ligada a la centralidad a un hombre poderoso en términos políticos.

En segundo lugar, Aphra contrae matrimonio en 1664 con un adinerado comerciante holandés. Si bien él fallece tres años después de las nupcias, ella continúa utilizando su apellido de casada hasta el día de su muerte. Aquí es posible observar cómo Aphra necesita recurrir a una figura masculina, en este caso su marido fallecido y el apoyo del rey de Inglaterra, para construir su cuarto propio.

En tercer lugar, no es menor el hecho de que Aphra Behn haya acompañado la publicación de Oroonoko con una carta dirigida a Richard Maitland, cuarto conde de Lauderdale; también escritor. Maitland es utilizado como un elemento fundamental por Aphra ya que es en la dedicatoria en donde ella logra su legitimación como escritora; es decir, ella debe recurrir a un hombre de alto estatuto social para validarse. Sin embargo, una vez dadas tales condiciones, no duda en afirmarse como profesional de la escritura: “El poeta, a su manera, es como el pintor: retrata la vida pero de otra forma. Nosotros retratamos la parte más noble, el alma y la mente. Los retratos con la pluma sobrevivirán a los del pincel e incluso a la humanidad” (2008: 114). Behn utiliza la primera persona del plural para incluirse en el grupo de los poetas, reconociéndose a ella misma en el estatuto de mujer que produce ficción. Estos movimientos paradójicos de legitimación pueden explicarse a la luz de la propuesta de Gilbert y Gubar, para quienes las escritoras experimentan una “angustia de autoría”, un miedo radical respecto de su capacidad creadora (1979: 49). En el caso de Aphra, ella utiliza el padrinazgo masculino como respaldo para no ser consumida por esta angustia de autoría. Si bien Behn logra sus objetivos como escritora legitimándose como tal, ha sido necesario que recurra a Richard Maitland, un conde de alto poder ejecutivo y escritor. Intenta sustraerse de su condición marginal, pero lo hace a través de una figura masculina, lo cual relativiza la centralidad que puede alcanzar.

La narradora

Behn construye una narradora que se describe a sí misma como un “testigo” ocular (2008: 117) de cada uno de los hechos que narra en Oroonoko, o el príncipe esclavo. Esta novela transcurre principalmente en la Surinam colonial del siglo XVII. Por lo tanto, la narradora se encuentra inmersa en un ambiente donde la esclavitud es una condición predominante. Asimismo, también son marginalizados los nativos de estas tierras, con cuyo grupo numeroso quien narra señala haber establecido una relación “amigable” solo para evitar confrontaciones que ocasionen una derrota para los europeos (121). Es justamente la construcción de América como un espacio marginal respecto de la matriz europea, habitada por sujetos que también se confeccionan como periféricos, el lugar donde la voz marginal de una narradora femenina puede escribir.

En esta atmósfera cargada de miedos, represión y esclavitud para africanos y nativos como sujetos alternos, la narradora, también como portadora de alteridad, encuentra una libertad temporal. Este continente le brinda un lugar donde puede escapar momentáneamente de la situación marginal a la que las tierras europeas la asignan por su condición de mujer. Si la estructura patriarcal del siglo XVII somete a las mujeres a los hombres, el Nuevo Mundo ofrece la promesa de sustraerlas de tal subyugación. Este movimiento se materializa en su escritura: la narradora se desplaza desde su marginalidad y se constituye como tal eligiendo como objeto de narración un sujeto marginal -un príncipe africano que es engañado y finalmente vendido como esclavo-. No obstante, el precio que paga por su libertad es justamente la condena de Oroonoko a un espacio marginal.

En primer lugar, es necesario que la narradora, para constituirse como tal, cree el espacio que la recibe. La descripción que logra construir la narradora acerca del paisaje donde se encuentra detalla la fauna y flora por sus colores, tamaños y sonidos (118). Según Pratt (1992: 51), este estilo de especificación es una invocación al estado inicial de la Tierra, según el libro del Génesis. Por lo tanto, el paisaje parece estar inhabitado, desocupado y hasta sin historia. Precisamente, este estado prístino es el que incita a la intervención, que el europeo desarrolla en términos de dominio de la naturaleza. Para la narradora, ese espacio edénico convoca a la escritura. Este locus marginal, inferior a los ojos del europeo, provee las coordenadas para que la narración femenina tenga lugar.

A consecuencia del relato y entorno marginal que se establece al principio de la novela, la narradora hace uso del poder que le asigna el colonialismo para retribuir estereotipos y construir seres marginados, como es el caso de Oronooko. En su descripción, la narradora  presenta grandezas en batalla, virtudes y una apariencia física atractiva propias de un héroe (2008: 124). Sin embargo, la presencia imponente de Oroonoko no lo salvará de su condición de esclavo: se convertirá no solo en objeto del relato de la narradora, sino también -y a causa de esa objetivación- en el ser marginal que expondrá las miserias de la esclavitud a consecuencia del imperialismo europeo.  Es por esto que la narradora se esforzará por darle voz a este esclavo de la realeza para denunciar el dolor de la esclavitud en Surinam. No obstante, su relato resulta en una contradicción.  Quien narra construye un esclavo bajo los términos y virtudes de un héroe blanco. A consecuencia de esto, la narradora no hace más que reproducir los estereotipos europeos. Puesto que Oroonoko se resiste a cumplir el rol que le adscribe esta narradora, ella le da muerte con su relato. Se convierte en una victimaria ya que repite la marginalidad propia del pensamiento europeo de la época del que pretende escapar mediante su relato.  

 

Imoinda, el personaje de la contienda amorosa

Imoinda, eterna enamorada de Oroonoko, es una mujer que, por diferentes situaciones impuestas sobre ella, termina condenándose a una penosa muerte en manos de nada más y nada menos que su propio amado. Para empezar, Imoinda, hija del más importante general del reino de Coramantien, de donde ella y su amado provienen, es una joven africana que se caracteriza por su indescriptible belleza. Este rasgo le confiere no solamente numerosos privilegios, sino también dificultades porque, en su condición de mujer, no tiene ni voz ni voto sobre ellos. Esto se demuestra concretamente cuando la muchacha, a pesar de haber prometido su amor a Oroonoko, debe unirse al rey del lugar (129), que “tenía el incuestionable derecho a tomar a cualquier mujer que él quisiera, sin importar los deseos de ella o su familia” (Rogers, 2014: 5). Imoinda se halla en una situación dilemática: debe decidir entre perder a quien ama o arriesgarse a enfrentar al soberano. El desarrollo de la trama la conduce a inclinarse por esta última opción, pero lejos de producir un efecto liberador, la condena puesto que el monarca se venga al venderla como esclava. Experimenta una doble marginalidad: la marginalidad de la esclavitud la reduce al estatuto de mercancía y refuerza su marginalidad como mujer. En conclusión, su belleza la lleva a conocer a Oroonoko, pero al carecer de la posibilidad de intervenir sus circunstancias, esta misma belleza no hace más que condenarla.

En Surinam -su destino como esclava-, su marginalidad se despliega aún más. La mayor paradoja que enfrenta allí es que no será subordinada solo por el sistema colonial que se ha legitimado por sobre ella, sino por otro personaje marginal: el propio Oroonoko. El embarazo de la muchacha precipita la trama (2008: 178): frente al panorama de condenar a su propio hijo a la esclavitud y frente al fracaso de la rebelión del príncipe esclavo, acepta morir a sus manos. Nuevamente surge la dicotomía entre la supuesta y deseada libertad de estar con Oroonoko y la marginalidad que le genera su condición de mujer esclava, que no se resuelve sino en subyugarse al propio objeto de afecto y deseo. Otra mujer ha sido la que ha legitimado a Oroonoko en su accionar: la narradora, quien se siente atraída por Oroonoko pero no puede concretar su amor por razones culturales. “La mujer negra [Imoinda] funciona aquí como sinécdoque de la narradora; su matrimonio con Oroonoko sirve parcialmente como un reemplazo para el tácito (e innombrable) romance entre él y la narradora. (…) Como la designada receptora del deseo de Oroonoko, Imoinda permite a la narradora participar, de otra manera, en relaciones sexuales prohibida.” (Andrade, 2014: 203-204).  Imoinda ha servido a la narradora como forma de sublimación que evita la consumación de su aprecio por Oroonoko.

A esta luz, se entiende por qué la narradora no le confiere a Imoinda la posibilidad de comunicarse verbalmente. Imoinda solamente se demuestra como alguien que se expresa a través de su lenguaje físico, sus miradas mayormente. Esto hace que su posición en la historia esté limitada ya que al resto de los personajes en la historia se les da una voz, una voz explícita. En esta línea, Chibka contribuye: “Imoinda ha sido asociada con ‘lenguaje corporal’ desde el principio: desde el ‘poderoso lenguaje’ del contacto visual con Oroonoko, su baile ante el rey y el tropezón que delata su preferencia por Oroonoko hasta su sumisión final al cuchillo que la desmiembra, ella es en gran parte confinada al movimiento y éxtasis físico” (2014: 527). La caracterización de Imoinda es un procedimiento mediante el cual quien narra media su aproximación a Oroonoko: la joven logra el contacto sexual del que se ve impedido la narradora europea, que solo lo hace mediante del lenguaje de la escritura, del que priva a Imoinda. Además, a la esclava siempre se la describe en relación con alguien más: hija, prometida, esposa, concubina, esclava, mártir. “[S]u estatus como una mujer definida en relación a hombres la priva de una voz, o al menos (como en sus exhortaciones del rey) le hace su voz despreciable” (527). La construcción de este personaje revela que la joven puede escapar temporalmente de un estado marginal a través de lo erótico, aunque este movimiento se castiga con la muerte a cargo de la pluma de la narradora.

 

Onahal, la mujer de la experiencia y las invenciones

Entre los personajes femeninos regulados por paradojas se encuentra Onahal, una de las esposas del abuelo de Oroonoko. Aphra Behn construye esta figura que personifica la vejez así como la sabiduría respecto del trato con el sexo opuesto. Onahal es descripta como aquella mujer cuya “belleza se había disipado” (2008: 135) debido a su edad. Esta marginalidad es también su fortaleza: al ser la esposa envejecida del rey, cumple un papel semejante al de una institutriz y no así de cónyuge o amante.

Onahal puede pensarse en relación con Imoinda. La primera simboliza los deseos carnales frustrados por no poseer juventud, ni la belleza asociada a esta. Emerge como la antítesis de Imoinda, quien goza de juventud y belleza, pero no las puede ejercer con quien ella desea, Oroonoko. En ambos casos, existe un deseo sexual frustrado; Onahal se ve forzada a reprimir su sexualidad por edad y su apariencia física; y Imoinda lo hace por cuestiones de género y poder.

En este personaje de Onahal subsumen dos jerarquías sociales paralelas. Por un lado, la pirámide de una sociedad patriarcal en la que los hombres conforman el estrato privilegiado y poseen, literalmente, a las mujeres -el rey la vende junto con Imoinda como esclavas (2008: 111)-. Por otro lado, la jerarquía de una nación que tiene en alta estima a los más longevos de la población. En términos de marginalidad, esta dualidad podría ser considerada una paradoja, ya que Onahal es subyugada por el rey y toda una sociedad sexista aunque, simultáneamente, tiene autoridad ante las demás esposas, que es lo que le permite “educar” a Imoinda. Onahal afirma: “Oh, no te asustes de la imaginación de una mujer cuando el amor la hace pensar” (138).

Asimismo, los acontecimientos que tienen lugar en Coramantien reflejan una segunda paradoja en conexión con el personaje de la anciana. Inicialmente, emerge como una figura exclusivamente funcional al rey; es aquí donde ella aparenta carecer de voluntad o, incluso, deseos propios. Onahal es la más adulta de las esposas del rey y esa característica la posiciona en un lugar de instrucción, lejos de encarnar el papel de amante. Esta figura comienza a entablar una relación con Aboan, fiel amigo de Oroonoko, y juntos colaboran con el furtivo encuentro entre el príncipe y su enamorada. Este giro inesperado en la trama vislumbra, respecto de Onahal, deseos carnales y afectivos, así como un anhelo por actuar contrariamente a la voluntad del rey, quien quiere mantener al príncipe lejos de Imoinda. Son estas situaciones las que le permiten desasirse de su marginalidad debido a que muestra cierta independencia o capacidad de acción.

No obstante, la ficción adquiere un nuevo rumbo que conduce a esta figura hacia su condición inicial. El rey de Coramantien es informado acerca de lo acaecido en el Otán -el encuentro de los enamorados con ayuda de Onahal y Aboan- y decide vender a Imoinda y a su envejecida esposa como esclavas. De esta manera, el poder masculino y soberano posee nuevamente completo control sobre la vida de Onahal. Es aquí donde reside la paradoja en relación a la marginalidad ya que el personaje es devuelto a su condición inicial -tan marginal que hasta desaparece de la trama-.

Esta situación de marginalidad del género femenino, aún con la posibilidad de una breve alteración que le permite a Onahal abandonar esa posición, se entiende en términos del contexto histórico. Así lo expresa Andrade: “Mi interés aquí no desacreditar a Behn al momento en que, gracias a revisiones feministas del canon inglés, es reconocida como legítima precursora en el ámbito literario. En cambio, coincido con Nancy Armstrong quien “insiste que la trama de la novela no puede ser entendida independientemente de la historia de la sexualidad”” (1994: 208; nuestra traducción). Texto y contexto se imbrican para dar cuenta de los movimientos paradójicos del relato en relación con la sexualidad: las mujeres, solo por su condición, son subyugadas y están a merced de la voluntad masculina. Por lo que, aunque por momentos pueden revelarse y salir de su marginalidad, tienen un “destino” ya prescripto, conducido por los hombres, o por una pluma femenina que reproduce estereotipos de género.

 

Consideraciones finales

Aphra Behn, a partir de su novela Oroonoko, o el príncipe esclavo, presenta diferentes personajes femeninos que demuestran que las mujeres del siglo XVII sólo logran escapar parcialmente de los patrones patriarcales característicos de esta época. La condición de mujer les asigna una situación de marginalidad, que las limita para alcanzar un status social deseado que sí se encuentra al alcance de sus pares masculinos. Específicamente, Aphra Behn, logra consagrarse como escritora tras recibir el apoyo de importantes figuras masculinas: Carlos II de Inglaterra, su marido y Richard Maitland. Dicha dependencia la sustrae de su lugar de marginalidad para volver a colocarla en él al momento de legitimarse como escritora. En el caso de la narradora, en América su voz marginal se convierte en relato que pretende denunciar el infortunio de la esclavitud en Surinam. Sin embargo, su lejanía de los estereotipos europeos la convierten en una victimaria; la misma narradora es quien construye con sus palabras un ambiente y personajes marginales, por ejemplo Oroonoko. Con su relato, la narradora expresa su atracción ante su valentía y belleza, pero al mismo tiempo lo condena a un estatuto inferior ante los ojos europeos. Por lo tanto, la narradora no consigue más que usar el poder escriturario que logra en el marco del colonialismo para condenar a los grupos subyugados por tal sistema económico. Por su parte, Imoinda ha sido colocada en situaciones de marginalidad una y otra vez y nunca ha podido correrse de manera radicalizada de esta posición. Ha sido marginada por el simple hecho de haber sido siempre subordinada a alguien más que decide, habla y actúa por ella: Oroonoko y la propia narradora. Finalmente, la figura de Onahal muestra cómo las relaciones de poder de la época están íntimamente ligadas a cuestiones de género y sexualidad de los individuos. Este personaje aparece inicialmente como marginal, logra revertir esa subyugación gracias a su posición periférica de esposa más adulta, pero luego es devuelta a su condición inicial a manos de un hombre que decide su destino. Onahal encarna las concepciones sociales de la época respecto del género femenino, ya que es posesión de un hombre que puede condenarla tanto a una esclavitud en manos de otros, si así lo desea, así como a la esclavitud que caracterizaba las relaciones maritales de ese entonces. Estos desplazamientos que atraviesan la constelación de mujeres de Oroonoko confirma el estatuto paradojal de estos personajes que transitan espacios periféricos, centrales y nuevamente periféricos.

 

Bibliografía

Behn, A., (2008), Oroonoko, o el príncipe esclavo. Traducción de Jesús L. Serrano Reyes, Madrid: Siruela.

Chibka, R.L., (2014), “Oh! Do Not Fear a Woman’s Invention”: Truth, Falsehood, and Fiction in Aphra Behn’s Oroonoko, Texas: University of Texas Press.

Gilbert, S. y Gubar, S., (1979), The Madwoman in the Attic, New Haven, E.E.U.U: Yale University Press.

Woolf, V., (2003), El cuarto propio. Traducción de Jorge Luis Borges, Madrid: Alianza.

Andrade, S.Z., (1994), Colonialism and the Sexual Politics of Oroonoko, Minnesota, E.E.U.U: University of Minnesota Press

Pratt, M. L., (1992), Imperial Eyes, Travel Writing and Transculturation, Londres, Inglaterra: Taylor and Francis Group.

Rogers, K. M., (2014), Fact and Fiction in Aphra Behn’s “Oroonoko”,Texas: University of North Texas.

 

* Las estudiantes, que cursan el tercer año del Profesorado en Inglés “Dr. Joaquín V. González”, asisten a la materia Literatura Inglesa II, segunda instancia del área literaria de su formación.

 

Autor: literatura inglesa

Cátedra de Literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. Publicación de artículos, notas y trabajos monográficos de profesores y alumnos y de información de interés inherente a la materia.

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