Algunas notas sobre Chamber Music, de James Joyce

Algunas notas sobre Chamber Music, de James Joyce
por Agustín Vallejo[1]

     Entre las características distintivas que cabe atribuir al escritor irlandés James Joyce (Dublín, 1882 – Zurich 1941), la crítica generalmente ha reparado no solo en la impresionante y por momentos abrumadora capacidad de experimentación lingüística del autor –a la que asistimos en su mayor esplendor en Finnegan’s Wake (1939)– sino también en la musicalidad de la misma a lo largo de toda su producción. Esta orientación puede notarse muy patentemente en los versos de Chamber Music (1907), primer volumen poético del autor cuyo nombre remite tanto al género musical a cuyo auge asistimos a lo largo del siglo XIX como al sonido de la orina cayendo en un recipiente de metal (“chamber pot”).

Es en el cruce entre la educación estrictamente musical del autor –eximio pianista y portador de un destacado registro vocal de tenor– y lo que podríamos llamar su hincapié en los detalles de la sonoridad de su vida cotidiana donde se cristaliza la identidad poética que asoma en el ya mencionado debut. Basta con recordar el comienzo del primer capítulo de Portrait of the artist as a young man (1916) para darnos una idea acerca de la constante presencia de la música durante la infancia del autor[2].

joyce
James Joyce tocando la guitarra en Trieste, 1915.

Asimismo, el imperativo “shut your eyes and see” que leemos en el Ulysses (1922) cobra toda otra importancia si se examina a la luz de los mecanismos descriptivos de construcción del realismo decimonónico que encontramos, por mencionar, en el Flaubert de Madame Bovary, y de cuyo peso Joyce era consciente al momento de escribir. A lo largo del volumen, asistimos a una interpelación directa por parte de Joyce a hacer de la lectura una experiencia fundamentalmente destinada al oído, mediante el uso de verbos que podríamos llamar de sonido y la construcción de poemas que conforman imágenes esencialmente auditivas, destacables por su corta longitud y su consistencia sonora. Tal es el caso del poema número XXXV de la serie:

All day I hear the noise of waters
Making moan,
Sad as the sea-bird is when, going
Forth alone,
He hears the winds cry to the water’s
Monotone.
The grey winds, the cold winds are blowing
Where I go.
I hear the noise of many waters
Far below.
All day, all night, I hear them flowing
To and fro.

(poema recitado por James Joyce)

Es el caso también del poema número IX –Welladay:

Winds of May, that dance on the sea,
Dancing a ring-around in glee
From furrow to furrow, while overhead
The foam flies up to be garlanded,
In silvery arches spanning the air,
Saw you my true love anywhere?
Welladay! Welladay!
For the winds of May!
Love is unhappy when love is away!

En él,  las repeticiones de sonoridades configuran una pieza de suma riqueza lírica sin por eso negarle un aire de perenne jovialidad, pese a la temática de lamentación. Apunta Enrique Luis Revol en su libro Literatura inglesa del siglo XX que:

semejantes jugarretas verbales hacen pensar inmediatamente en chicos que durante el recreo caricaturizan la solemnidad de las enseñanzas colegiales. Más todavía, hacen pensar en el inexhaustible don popular, sobre todo del pueblo irlandés, para cambiar el idioma, lo cual en parte sólo es deseo de un contacto más familiar, más íntimo, con las palabras

En esta doble vertiente de acercamiento al lenguaje, en este deseo de goce y de contacto podemos, en mi opinión, enmarcar el proyecto “Chamber Music: James Joyce (1907) 1 – 36”, salido a la luz en 2008. El mismo consistió en un trabajo con el material poético para el cual un conjunto de músicos de importancia y procedencia tan dispares como Lee Ranaldo (Sonic Youth), Peter Buck (R.E.M.) y Dave Pearce y Bill Kellum (Flying Saucer Attack) por nombrar algunos, confeccionaron piezas musicales para acompañar los 36 poemas del volumen.

Dicen las páginas del Bardo de Avon que: “the man that hath no music in himself, nor is not moved with concord of sweet sounds, is fit for treasons, stratagems, and spoils; the motions of his spirit are dull as night, and his affections dark as Erebus; let no such man be trusted”.  Entremos, entonces, con confianza en la sinfonía joyceana.

Notas

[1] Agustín Vallejo es alumno avanzado de la Carrera de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y Adscripto a la Cátedra de Literatura Inglesa.

[2] Resulta interesante prestar atención a la similitud, en este aspecto, entre la infancia de Joyce y la de Syd Barrett, célebre músico inglés conocido por haber formado parte de Pink Floyd en sus inicios y por su carrera solista, en la que versionaría el poema número V de Chamber music para su primer disco The madcap laughs (1970) bajo el título “Golden Hair”.

Autor: literatura inglesa

Cátedra de Literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. Publicación de artículos, notas y trabajos monográficos de profesores y alumnos y de información de interés inherente a la materia.

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