El ajenjo y el árbol de doble tronco: posible entrada a la poesía de Thomas Kinsella

por Agustín Montenegro[1]

09prog5bHay un momento bisagra en Nightwalker and other poems, volumen publicado en 1968. Está marcado por el inicio de su segunda parte, titulada Wormwood, que se abre a un extraño conjunto poético. Sería interesante ver su primera edición o incluso sus manuscritos ya que, por lo menos en la edición de sus Collected Poems de Wake Forest University Press, todo ese cuerpo poético ejerce una enigmática atracción. Como si se tratara de un vado en un bosque oscuro y denso, la voz poética enuncia un epígrafe (una cita del libro del Apocalipsis), una carta-poema, dividida a su vez en prosa y verso, y un poema, titulado (como la sección) “Wormwood” (“Ajenjo”). Entre ellos no solo se condensan las propuestas formales y las imágenes simbólicas más características del poeta, sino que se concentran a su vez el centro de su poética y su dolorosa y constitutiva reincidencia. Articulados como un núcleo reconociendo de forma perpetua su identidad, los materiales que abren la sección Wormwood pueden verse como un portón de ingreso, de negro y pesado acero, al conjunto de la poética de Thomas Kinsella, nacido en Inchicore (Dublin), en 1928.

El epígrafe, una cita del capítulo ocho del libro del Apocalipsis, versículos 10 y 11. La traducción, de la Biblia Reina-Valera:

 … y cayó del cielo una gran estrella, ardiendo como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos, y sobre las fuentes de las aguas. Y el nombre de la estrella es Ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo; y muchos hombres murieron a causa de esas aguas, porque se hicieron amargas.

 La figura de la condena del hombre a beber el agua amarga del ajenjo es el símbolo que articulará Kinsella en la carta-poema que le sigue a continuación, dirigida a su Amada[2]. Allí, la imagen tomará la forma de la prueba u ordalía (ordeal, palabra de connotaciones medievales que incluye, dentro de sus posibles significados, la tortura y el sufrimiento para comprobar la inocencia) [3].

“Una pequeña parte de lo que hemos encontrado

Es una certeza que la madurez y la paz deben buscarse ordalía tras ordalía, y parece que la búsqueda continúa hasta que fracasamos. Extendemos nuestra mano después de cada nuevo comienzo, penetrando en nuestro contexto para conocernos a nosotros mismos, y nuestro conocimiento se incrementa hasta que reconocemos de nuevo (más profundamente cada vez) nuestro dolor, abyección y trivialidad. Se nos ofrece esta amarga copa, rebosante de maldiciones, y debemos beber o morir. Y, aun bebiéndola, también podemos morir, si cada gota de amargura (que pudre la carne) no es transmutada. (Ciertamente, la encrucijada individual es terrible, cada uno torturando al otro. Sin embargo, somos culpables, al ver esto, de creer que nuestra encrucijada común es solamente terrible. Al creerlo así, hacemos que así sea: cerdos en un matadero, que giran y se despedazan unos a otros en común desesperación y desorden). La muerte, de cualquier manera, es culpa y fracaso. Pero si bebemos la amargura y podemos transmutarla y continuar, comenzamos nuevamente con candor y duda el único regocijo individual – la restaurada necesidad de aprender. Al percibir un espectro más amplio, una armonía más penetrante, comenzamos de nuevo, en una inocencia mayor, a crecer hacia la próxima ordalía.

El amor también, parece, continuará hasta que fracasemos: en la percepción del espectro más amplio, en el crecimiento hacia ella, al tragar y absorber la amargura, en la inocencia retomada.”[4]

Esta pequeña esquela de prosa poética cierra filas sobre la poética de Kinsella. El hombre tiene un destino de permanentes pruebas, suplicios que entrañan dolor y fracaso. Casi como si el escenario bíblico fuera un mapa circular y no una línea teleológica, el hombre debe beber el ajenjo que la propia vida pone frente a él como única alternativa. El momento de alegría en la vida de los hombres es ese pequeño espacio de aprendizaje (y uno puede visualizarlo corto, repentino y epifánico), en el cual se vuelve a la inocencia de una amplitud sensible, como forma de sabiduría, para enfrentar la próxima prueba, que nos someterá al mismo sabor amargo y posiblemente mortal. El amor también ingresa en la dolorosa ecuación, siendo él mismo parte del ordeal.

La carta finaliza con un pequeño poema[5]:

Abre esto y verás
un residuo, un árbol casi desnudo,
que no descansará hasta que esté expuesto
pero tiembla, tiembla, en el aire
que raspa sus hojas amarillas.
El invierno, cuando se levanta la tempestad
irrumpe en las celestiales
convulsiones de castigo propio.
 

¿Qué es lo que no puede descansar hasta estar desnudo
aunque sus ramas se quiebren y sus fibras se desgarren? [6]

 

El poema instaura otra de las categorías claves de Kinsella, el residuo o desecho, the waste, que es tanto el resto residual fruto o protagonista de la prueba, como lo baldío, quizás a través de T. S. Eliot, un símbolo de lo yermo, de la desnudez, el árbol a cuyos pies ve su corteza destrozada. Y este pequeño cierre a la carta se propone, a su vez, como el inicio de una visión completa de lo que vendrá.

No hablé en vano de la imagen del vado para este cuerpo poético. Símbolo que en la mitología celta encarna el lugar de combates singulares, el límite y el punto de encuentro (según Jean Chevalier y su Diccionario de Símbolos), si los tres elementos que conforman la apertura de la segunda parte de Nightwalker fueran efectivamente ese vado entre los árboles del bosque, al poema “Wormwood” le correspondería la figura del arroyo que rompe el silencio con un murmullo y que simboliza a su vez el cambio, el renacimiento. Por el flujo del agua, el reflejo devuelve una imagen ensoñada, recurrente, una pesadilla terrible. El poema es este, en traducción de Gerardo Gambolini para la Antología de poesía irlandesa contemporánea, publicada en Buenos Aires por Libros de Tierra Firme:

He vuelto a soñarlo: inmóvil de pronto
en la espesura, entre árboles húmedos, aturdido,
temblando por momentos, escuchando alejarse un eco apagado.
 

Un piso musgoso, casi incoloro, desaparece
bajo la recia lluvia entre las siluetas de los árboles.
Me esfuerzo, apreciando el eco un instante más.
Si pudiera conservarlo… familiar si pudiera conservarlo…
un árbol negro de doble tronco –dos árboles
que forman uno- eleva sus ramas confusas.
En su infinitesimal danza de crecimiento, los dos troncos
se han entrelazado por completo, su unión
una cicatriz lentamente retorcida, que reconozco…
 

Un rápido arco destella cruzando el aire,
una pesada espada en vuelo. Un golpe sordo:
el hierro se hunde en el corazón jadeante.

                                                                   Volveré a soñarlo. (AA.VV, 1999: 163)[7]

 

Bien podría tratarse de una ominosa sesión psicoanalítica, en la que el individuo narra su terrible sueño recurrente. Atenazado en una quietud de pesadilla, rodeado por un bosque húmedo y hostil, un eco misterioso se desvanece para dejarlo en pleno silencio. I am straining, dice, casi luchando contra esa atmósfera que se cierra sobre él, saboreando de alguna forma ese eco lejano. (En la poesía de Kinsella los hechos, las pruebas y hasta los ecos son figuras que pueden saborearse, acción a su vez emparentada con la transmutación, la digestión, y un placer más sensorial. El ajenjo, sin ir más lejos, es tanto la amargura que corroe como la única posibilidad de calmar la sed).

En esa inmovilidad, el sujeto se enfrenta con la imagen que simboliza la ordalía una y otra vez. Es la recurrencia del sueño articulando la recurrencia de su propio símbolo.

Los dos árboles entrelazados condensan la poética del amor de Kinsella. Este es una cicatriz en la que el sujeto puede reconocerse. Y tan repentino como siempre, el hierro quiebra el núcleo, el árbol se rompe una y otra vez.

Quedará, para otro momento, un análisis más profundo de los símbolos poéticos, de la forma anglosajona que poco a poco, a fuerza de la experimentación de Nightwalker, deja paso a la identidad irlandesa y, por qué no, una lectura de “Wormwood” a través de La interpretación de los sueños y de los distintos discursos que pueblan las palabras de lo que sucede cuando dormimos, entre otras futuras lecturas. Por ahora, una posible entrada a ese nudo complejo, acaso cínico o pesimista, pero no exento de un atisbo de esperanza, que es la poesía de Thomas Kinsella, se da en esa bisagra que se articula frente al árbol negro de doble tronco y con la caída de la estrella terrible, amarga y necesaria del Ajenjo.

 

Bibliografía:

AA.VV, Antología de poesía irlandesa contemporánea, traducción y compilación por Gerardo Gambolini y Jorge Fondebrider, Buenos Aires: Libros de Tierra Firme, 1999.

JOHN, Brian, Reading the Ground: the Poetry of Thomas Kinsella, Washington D.C: Catholic University of America Press, 1996

KINSELLA, Thomas. Collected Poems, North Carolina: Wake Forest University Press, 2006

NOTAS

[1] Agustín Montenegro ha finalizado la carrera de Letras (con título en trámite) de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. Colaboró como adscripto en la cátedra de Teoría Literaria II. Es adscripto de la cátedra de Literatura Inglesa con un proyecto sobre la poesía de Thomas Kinsella, y forma parte de un PRI sobre el cine de la guerra de Malvinas. Ha colaborado en la edición de varios proyectos editoriales, destacándose la Exposición de la narrativa rioplatense, a cargo de El 8vo Loco, Milena Caserola y Alto Pogo, donde publicó un volumen de cuentos. Conduce el ciclo radial literario “Las lecturas” por la Radio Gráfica (parte de la Cooperativa Gráfica Patricios).

[2] Cabe aclarar que, en el inglés, “beloved” no evidencia género, mientras que el español no permitiría esta ambigüedad. Sin embargo, según anota Brian John, la figura de la mujer del poeta no solo funciona como fuente de inspiración y amor, sino también de sabiduría. Y, en este caso, posee un equivalente en la tradición irlandesa: la de la mujer-musa aérea de la visión o aisling. (John,1996: 89)

[3] Las traducciones, a menos que se indique lo contrario, son propias e inéditas.

 

[4]

Beloved,
A little of what we have found.

It is certain that maturity and peace are to be sought through ordeal after ordeal, and it seems that the search continues until we fail. We reach out after each new beginning, penetrating our context to know ourselves, and our knowledge increases until we recognise again (more profoundly each time) our pain, indignity and triviality. This bitter cup is offered, heaped with curses, and we must drink or die. And even though we drink we may also die, if every drop of bitterness – that rots the flesh- – is not transmuted. (Certainly the individual plight is hideous, each torturing each, but we are guilty, seeing this, to believe that our common plight is only hideous. Believing so, we make it so: pigs in a slaughteryard that turn and savage each other in a common desperation and disorder.) Death, either way, is guilt and failure. But if we drink the bitterness and can transmute it and continue, we resume in candour and doubt the only individual joy – the restored necessity to learn. Sensing a wider scope, a more penetrating harmony, we begin again in a higher innocence to grow toward the next ordeal.

Love also, it seems, will continue until we fail: in the sensing of the wider scope, in the growth toward it, in the swallowing and absorption of bitterness, in the resumed innocence.

(Kinsella, 2006:.62)

[5] El poema posee una rima que no se reproduce en la traducción. A su vez, John destaca que originalmente se titulaba “On a Gift in the Shape of a Heart”, corazón al cual se referiría el primer verso.

[6]
Open this and you will see
A waste, a nearly naked tree
That will not rest till it is bare,
But shivers, shivers in the air
Scraping at its yellow leaves
Winter, when the tempest heaves,
It riots in the heaven-sent
Convulsions of self-punishment.
What cannot rest till it is bare,
Though branches crack and fibres tear?
(ibíd.: 63)

[7] I have dreamt it again: standing suddenly still
In a thicket, among wet trees, stunned, minutely
Shuddering, hearing a wooden echo escape.
A mossy floor, almost colourless, disappears
In depths of rain among the tree shapes.
I am straining, tasting that echo a second longer.
If I can hold it… familiar if I can hold it.
A black tree with a double trunk –two trees
Grown into one –throws up its blurred branches.
The two trunks in their infinitesimal dance of growth
Have turned completely about one another, their join
A slowly twisted scar, that I recognise…
A quick arc flashes sidewise in the air,
A heavy blade in flight. A wooden stroke:
Iron sinks in the gasping core.
I will dream it again. (íd.)

Autor: literatura inglesa

Cátedra de Literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. Publicación de artículos, notas y trabajos monográficos de profesores y alumnos y de información de interés inherente a la materia.

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