Volver al pasado. Los modelos de la Antigüedad clásica en la construcción de los relatos utópicos del siglo XVIII

Volver al pasado. Los modelos de la Antigüedad clásica en la construcción de los relatos utópicos del siglo XVIII: el caso de A Description of New Athens in the Terra Australis incognita.

Mg. Ezequiel Rivas, UBA[1]

            En el presente trabajo analizaremos la apropiación de modelos discursivos provenientes del mundo clásico que sirven como marco para el desarrollo del relato utópico A Description of New Athens in the Terra incognita Australis[2], publicado en 1720. Un estudio mayor debería versar a su vez  en las implicancias y alcances de dicha apropiación en diferentes planos, a saber, literario, político-religioso e histórico, sin embargo estableceremos algunas líneas de investigación sobre dichas implicancias, centrándonos de modo particular en la relación de dichos modelos con algunos aspectos relativos a la educación y su función dentro del programa utópico, siendo ésta una constante fundamental dentro del género. Como bien apunta Comparato, “resulta difícil periodizar el siglo XVIII desde el punto de vista de la utopía si no se tienen en cuenta las variadas herencias del siglo anterior” (2006: 145). En este sentido, trazaremos algunas líneas de relación con Nova Solyma, texto utópico de mediados del siglo XVII, donde ya se reelaboran motivos provenientes del mundo clásico en sintonía con el problema de la educación.

            Se tienen pocos datos acerca del texto en cuestión. Este relato utópico aparece entre los folios 80 a 118 de un volumen titulado Miscellanea Aurea or the Golden Medley, publicado en Londres en 1720 para dos libreros, Bettesworth en la Pater-Noster Row y Pemberton en la Fleet Street, tal como consta en la portada. Dicho volumen contiene diferentes textos, en su mayoría de carácter moralizante o de ficción satírica y meramente destinados al entretenimiento del lector,  como se aprecia ya en el prefacio: “And I flatter myself, that in the great Variety which this Volume contains, there will be something that may prove an Amusement to every Reader” (“Y me adulo a mí mismo, porque en la gran variedad que contiene este volumen, habrá algo que pueda servir de entretenimiento para todo lector”) La presencia asimismo de un texto sobre el Islam (Mahomet no Impostor), en el que el autor discute y confronta la doctrina de Mahoma con los “divinos preceptos del Evangelio” agrega a las temáticas presentes en el volumen aquellas que tratan acerca de la religión, asunto que también se desarrollará en Nueva Atenas.

            En lo que respecta a la autoría, Babcock Gove (1942: 470-471) sostiene que debería atribuirse a Charles Gildon (1665-1724), lo que colocaría la publicación de Nueva Atenas solo cuatro años antes de su muerte, aunque en el impreso no figura su nombre. Enemigo confeso de Daniel Defoe y de Jonathan Swift, Gildon se ubica como un autor polifacético: fue traductor, biógrafo (a él se deben algunas de las ‘vidas’ de varios personajes de la Restauración y de autores importantes como por ejemplo Aphra Behn), ensayista, dramaturgo, poeta, fabulista y autor de sátiras y de cartas ficcionales, actividades todas que tienen en gran medida relación con el contenido general de la Miscellanea Aurea y en especial de la obra que nos ocupa, especialmente en lo que se refiere al tratamiento y al análisis del teatro en los inicios del siglo XVIII. Sin embargo, no encontramos mención del nombre de Gildon en todo el volumen, y menos en Nueva Atenas: el texto aparece firmado por un tal Maurice Williams, nombre sin duda ficticio, del mismo modo que está dirigido a un caballero que vive en el barrio de Holborn en Londres, bajo las iniciales J. H.

 table_of_astronomy_cyclopaedia_volume_1_p_164           Desde el punto de vista formal, Nueva Atenas establece relaciones evidentes con el género utópico anterior, en especial con Utopía de Tomás Moro y Nueva Atlántida de Francis Bacon, ambas narraciones modélicas construidas como relaciones de viajeros. En este sentido, una primera característica reside en el género discursivo elegido, a saber, el epistolar: las cartas confieren verosimilitud al relato que contienen, constituyéndose como el único testimonio concreto de quien ha viajado, ha estado en determinado lugar y experimentado el encuentro con esas regiones alejadas del mundo conocido. Otra característica reside en el título, Nueva Atenas, que si bien presenta variaciones entre la portada y el que efectivamente figura al inicio de la narración, se trata de una clara alusión a la Nueva Atlántida,  que inicia la narración con el motivo del viaje y del posterior naufragio.[3]

            Como bien señala Racault (1991: 186), una gran parte de los textos del siglo XVIII considerados utópicos se construyen como novelas arqueológicas (romans archéologiques), con un decorado histórico y contenido utópico verosímil. Solamente, señala el crítico francés, podrían considerarse verdaderas utopías en la medida en que el marco histórico se constituye en un modelo social y político que reviste valor de crítica del estado de cosas presentes. El término ‘arqueológico’ aplicado a este tipo de narraciones debe entenderse en el uso de ciertos mitos en torno a ciudades, en relación con la Antigüedad clásica. En el caso de Nueva Atenas, ya desde el título el lector puede ubicar el relato del viaje en un marco estrechamente ligado con el pasado, pero no con cualquier pasado: se trata de un modelo enraizado en el pasado prestigioso de las civilizaciones anteriores al cristianismo (Grecia, Roma) o incluso algunas previas a la colonización (el imperio Inca antes de la conquista española). Lo mismo puede observarse en el texto de Samuel Gott, Novae Solymae libri sex, donde el adjetivo ‘nuevo’ (novus, new) reactualiza, por una parte, dicho pasado ilustre, en este caso, el pasado bíblico de la ciudad de Jerusalén, por otra parte, se proyecta hacia un futuro atravesado por el discurso milenarista, donde la ‘Nueva Jerusalén’ del Apocalipsis es imagen de la sociedad perfecta, la Civitas Dei. En este sentido, en Nueva Atenas confluyen ambas facetas y la dimensión temporal del pasado, tanto clásico como bíblico, se torna modelo de la ficción utópica. Como bien señala Racault

“en el marco de una mentalidad que, a pesar de la emergencia de la noción de progreso e incluso a veces en competencia con ella, queda doblemente marcada por el dogma cristiano de la caída y el mito pagano de la edad de oro, la importancia de los grandes modelos históricos de la decadencia conduce a ver en el paso del tiempo un factor de deterioro y en el pasado un recurso contra la degradación del presente. Mito de Esparta, mito del Egipto faraónico, mito de la Roma republicana, mito del imperio de los incas antes de la conquista española, todos los grandes arquetipos en los que se expresa la tradición utópica  pertenecen a un pasado reculado situado en el alba de los tiempos históricos”. (1991: 185)

             La relación entre pasado prestigioso y relato utópico puede observarse en el texto de Nueva Atenas precisamente en el retorno a los orígenes clásicos atenienses, casi como una vuelta al pasado para releer el presente de una Inglaterra signada en el plano político por las rebeliones jacobitas de 1715 y 1719 y en el social y económico por la crisis de la Compañía de los Mares del Sur de 1720; una regreso a la Edad de oro, a un mito de origen. Es así que el texto guarda similitudes con los dos modelos del género utópico del siglo XVII: el origen helénico de los habitantes de Utopía, que dominaban el idioma griego y el latín, y el origen antiguo de los habitantes de Bensalem, la ciudad centro de Nueva Atlántida, que remontan sus orígenes a los egipcios, a los fenicios y al pueblo de los hebreos. Esto se aprecia en la narración de la leyenda fundacional de uno de los personajes:

“No necesitaré, dijo él, hacerle una relación de las desgracias que sufrió la Antigua Atenas hasta su destrucción final, al menos, por lo que puedo contarle, por las invasiones de los pueblos bárbaros. Justo antes del segundo acercamiento de estos pueblos, el pánico y el miedo se apoderaron de los habitantes de Grecia, y los pueblos de Atenas y del Ática tuvieron una gran participación en esto, siendo aterrorizados por las extremas crueldades y devastaciones cometidas por los bárbaros en su primera irrupción. En medio de la consternación, un hombre de gran autoridad y estima en el pueblo, que había sido un gran viajero, se impuso a ellos para que escuchen su consejo. Su nombre era Demófilo […]. Él se proclamó a sí mismo como conductor de ellos hacia un clima más afortunado donde estarían más protegidos de todos aquellos males con los que eran azotados en aquellos días. […] Demófilo concluyó su discurso asegurándoles que el cielo mismo le había encomendado el conducir al pueblo hacia un lugar donde pudieran disfrutar aquellas leyes y libertades sin miedo ni peligro; que de hecho eso costaría algún tiempo y un gran trabajo y fatiga viajar hacia ese clima feliz, pero que ciertamente ni penas ni trabajos podrían ser pensados como muy grandes para adquirir seguridad y felicidad para ellos mismos y para la posteridad.” (fol. 112-113).

claude_lorrain_apollo_musesAlgunos elementos a nivel discursivo revelan el modelo clásico en el que se inscribe la narración utópica. En primer lugar, las menciones de Grecia, la región del Ática y Atenas, haciendo hincapié en una ‘Antigua Atenas’ asolada por la destrucción y el caos, un espacio signado por la guerra. Cabría pensar aquí una alusión a las guerras persas del siglo V a. C., en la referencia a las ‘invasiones de los pueblos bárbaros’. Por otra parte, la elección del nombre del caudillo-guía-estratega que llevará al pueblo al nuevo emplazamiento: Demófilo, ‘amigo del pueblo, se constituye claramente en el texto como un nombre parlante, es decir, que los componentes semánticos de dicho nombre (δῆμος, ‘pueblo’ y φίλος, ‘amigo’) están relacionados de modo directo con su función dentro de la narración. Además, se puede leer el sustrato bíblico que corre a la par del modelo helénico al asociar la figura de Demófilo como guía de un pueblo que debe exiliarse con Moisés, guía y conductor del pueblo de Israel en el desierto hacia la tierra prometida, asociación que subraya el influjo milenarista en la tradición utópica de finales del siglo XVII.  Este procedimiento se extenderá también a otros personajes que aparecen luego de este relato fundacional, ligados también al origen del poder político de este nuevo pueblo: “Fácilmente triunfamos con nuestra hermandad en la elección de Demófilo y de Áristos, jefe de los antiguos habitantes, como reyes conjuntos del pueblo unido, bajo cuyo gobierno todas las cosas parecían prosperar” (fol. 114). Áristos, ‘el mejor’ es otro nombre parlante, construido sobre el superlativo del adjetivo ἀγαθός, ‘bueno en cuanto al grado de nobleza’. El narrador, en este momento, al mencionar a ambas cabezas de los pueblos estaría además resumiendo dos momentos de la historia griega en el paso de la época arcaica al período clásico en el siglo V a. C.: el gobierno de los mejores (ἄριστοι), es decir, la aristocracia, y el gobierno de los δῆμοι, la democracia. Pero la Nueva Atenas verá la luz de la mano de un tercer personaje que será quien se encargue de la fundación:

“Pero la ciudad de Atenas no fue construida sino hasta una época tardía, cuando el país había ya crecido en población y en espacio para moverse libremente. Cuando Teófilo, uno de los sucesores de los dos primeros reyes cuyas familias habían sido unidas  algún tiempo antes, puso su mirada sobre este espacio de tierra como un lugar ideal para construir Nueva Atenas, el istmo y la península parecían ser una barrera apropiada contra las invasiones de los bárbaros del sur, quienes entonces comenzaban a infestar estas costas. Desde el principio esta ciudad llegó a aquella magnificencia que Usted puede encontrar ahora, y en la que –creo– apenas alguna ciudad en el mundo la supera, salvo la gran ciudad de Romana, la capital de esta parte del mundo cristiano.” (fol. 115)

Aparece aquí Teófilo, ‘amigo de Dios’ tercer rey, cuyo nombre descansa sobre los términos θεός, ‘dios’ y φίλος, ‘amigo’. Este personaje representaría al verdadero fundador de la ciudad, cuyo gobierno se caracteriza por la unión del poder temporal-político y un componente de índole religiosa, y que podría aludir, en el contexto inglés, al soberano como jefe de la Iglesia de Inglaterra. Se menciona, además, el ‘istmo y la península’, clara alusión al Ática, emplazamiento original de la Atenas clásica y en un nivel intertextual, al istmo que separaba Utopía del continente en el texto de Moro.

             Otro de los elementos asociados al pasado prestigioso, pero esta vez no sólo clásico sino también más inmediato, es el lugar que se da en Nueva Atenas a las artes y en especial a la actividad teatral:

“Para que se haga una idea, cada barrio de Atenas tiene un teatro para la representación de tragedias, en el que alguna es puesta en escena cada noche; además hay un quinto teatro en el Palacio Real […]. Describir todos los teatros sería superfluo, solamente haré una breve descripción del que está en el Palacio Real, modelo a partir del cual todos los otros fueron construidos […]” (fol. 93)

El teatro de Nueva Atenas funciona además como espejo de la realidad teatral londinense, que a los ojos del narrador se encuentra en franca decadencia, en especial en lo concerniente a la formación actoral:

“En cuanto a las personas que hacen esta representación, son muy diferentes de las que están entre nosotros. Allí no se admite que un actor o actriz provenga de las clases populares, ni que sea alguien que posea la más mínima mancha en su reputación. Se supone que deben ser hijos de padres de renombre, deben ser comúnmente educados, aunque la educación común aquí pasaría por extraordinaria. Los hombres, además de su instrucción en historia y poesía, todos eran educados en pintura o dibujo, por medio de lo cual aprendían no sólo posturas gratas para ellos mismos, también cómo son agradables para las varias pasiones, sino además cómo disponer de los miembros de la compañía, ya sea mudos o excedentes, si ello no es bello para la audiencia. Para este propósito, igualmente, ellos no son una compañía de impresentables, viejos, jóvenes, altos y bajos, feos y estúpidos, y menesterosos como sucede entre nosotros, sino que son todos bellos muchachos jóvenes, de aproximadamente seis pies de altura, bien vestidos, así como excelentes en la danza y en movimientos con gracia […]. Las mujeres eran del mismo modo educadas en historia y poesía, y perfectamente instruidas en la gestualidad y las acciones, figuras y movimientos propios para cada carácter y pasión.” (fol. 95-96).

El desarrollo de este lugar acordado a las artes, y en especial al drama, es inhabitual respecto de las normas del género utópico[4]. Tanto en los textos modélicos de Moro y Bacon como en Novae Solymae no encontramos una reflexión de este tipo.  Es quizás por esta razón el punto más innovador y original de esta utopía, donde se aprecia una verdadera crítica literaria hecha por el narrador de la situación de los teatros en su propio país de origen. El teatro en la ciudad de Nueva Atenas emerge pues también como modelo de un género, ligado a los orígenes antiguos: la tragedia y la comedia áticas. Son de notar particularmente los análisis de crítica literaria que el narrador realiza en torno de la obra de Shakespeare, de Milton y de otros dramaturgos ingleses, confrontándolos con los modelos clásicos de Aristófanes y de Terencio:

“Hay cuatro teatros en la ciudad; en ninguno de ellos se representaban comedias. En uno de ellos vi una versión del Alquimista de Ben Johnson, allí expresé mi admiración por el tratamiento negligente de aquel poema, el cual tenía aún su lugar así como la tragedia en la antigua Grecia. […] En cuanto a este autor de vuestro país, cuyo Alquimista vosotros nos lo habéis dado, él parece mucho más excelente que Terencio o Menandro, y aún con toda su excelencia, estoy bien seguro de que no sería recibido en esta nación por las siguientes razones: primero, porque lo ridículo, que es esencial para este poema, es a lo que tenemos la mayor aversión, desde que esto es la naturaleza de lo que nos distrae del pensar seriamente las cosas, y es, por consecuencia, un gran enemigo de la razón y del justo pensar. En segundo lugar, agradezco a los Cielos que no tenemos ninguno de aquellos vicios y locuras entre nosotros, lo que requiere esta suerte de remedio”. (fol. 98-99).

Relacionada con el arte y la importancia de la formación actoral, aparece la preocupación por la educación como otro punto central en Una descripción de Nueva Atenas; el modelo es claramente el de los colleges ingleses como los de Oxford, Cambridge y Londres:

He mencionado el Colegio de las Musas: es un ancho y noble conjunto de edificios, y sus apartamentos extremadamente agradables y convenientes. Cada miembro tenía, al menos, cuatro habitaciones y un pequeño jardín privado. Puesto que el Colegio se hallaba justo al lado de las murallas, los miembros ascienden mediante largas caminatas a las mismas, las que le he contado que están provistas de líneas de árboles que dan sombra. En el Colegio hay una sala pública, en la que los miembros están obligados a almorzar juntos, al menos dos veces por semana. (fol. 101).

El modelo inglés se superpone con el modelo griego de la stóa en la referencia a las murallas y a las líneas de árboles, donde los estudiantes y los maestros daban largos paseos discurriendo en diversos temas. La mención de la obligación del almuerzo común muestra ciertos rezagos de los elementos de impronta monástica que influyeron decisivamente en el modelo utópico de Moro y que en nuestro texto continúan funcionando.

            Además de la educación que podríamos considerar como ‘superior’, y que estaba generalmente destinada a las clases más acomodadas, existían en la ciudad otro tipo de instituciones educativas:

Además de los colegios, que son también numerosos para mencionar, hay en cada parroquia escuelas públicas, en las que los niños de cada parroquiano están obligados hasta los quince años de edad a ser instruidos en todas las formas de la literatura en la medida en que la edad se los permita. Sus docentes no son como los miserables ignorantes que enseñan en vuestras escuelas de Caridad en Londres, sino hombres de probidad así como de conocimiento, capaces de enseñar a sus alumnos lo que les corresponde enseñar, tanto en los deberes de la religión como en los del Estado”. (fol. 101).

rainesoriginalschoolLas Escuelas de Caridad que menciona el narrador surgen a finales del siglo XVII y se desarrollan durante todo el siglo XVIII. Su principal función era dar educación a los niños de familias pobres, afectadas por la creciente urbanización de la ciudad de Londres. La Ley de Pobres permitía que estos niños fueran asistidos tanto en la educación como en la manutención (ropa, alimentos, incluso empleo) por algún miembro de la parroquia que contribuía a tal fin con dinero. Visto el crecimiento de la población, y por ende de tales escuelas, la Sociedad para la Promoción del Conocimiento Cristiano (SPCK en inglés) se hizo cargo de dichas escuelas en 1698. Esta Sociedad instruía allí en la fe cristiana de acuerdo con la Iglesia de Inglaterra, previniendo así la influencia de otras denominaciones. Luego de la Guerra Civil en 1651, surgen diversas sectas como los Cuáqueros, los Anabaptistas, los Presbiterianos y los Congregacionistas, conocidos como ‘dissenters’ o ‘non-conformists’; éstos se negaban a la supremacía de la Iglesia Anglicana, por lo que comenzaron a instruir a los jóvenes según sus propias doctrinas. El narrador, que conoce tanto la realidad educativa inglesa como la de Nueva Atenas, no deja pasar la oportunidad para  comparar y confrontar ambos modelos. En este sentido, Una descripción de Nueva Atenas continúa una línea de pensamiento en torno a la educación seguida por Gott en Novae Solymae e inaugurada por Johan Andreae en su utopía Cristianópolis en 1619. En este texto encontramos los mismos principios que se aprecian en el texto de Gott y que también Nueva Atenas desarrolla: moderación sin lujo, no dar lugar a los vicios y el fuerte cariz pedagógico en la educación de los jóvenes, futuros ciudadanos y conductores del Estado. En el libro I y III de Novae Solymae, el personaje de Jacob se explaya en la descripción del sistema educativo desde el punto de vista institucional y programático, dando detalles minuciosos de cómo son los colegios  y qué régimen de estudio tienen, en cierto modo semejante a la descripción del narrador en Nueva Atenas. Sin embargo, el elemento religioso está presente ambas utopías, con un grado de milenarismo mayor en el texto de Gott. Lo que sí cabe destacar es que la materia religiosa se halla a la vez separada en el ámbito educativo e integrada al Estado en la vida civil:

“[…] las doctrinas morales del Nuevo Testamento están incorporadas en las leyes municipales […] Los preceptos del Evangelio son las leyes de la tierra y una violación de las mismas es castigada por el magistrado civil.” (fol. 102).

A este respecto puede pensarse incluso cómo el modelo de religión del Estado propio de la sociedad griega clásica se superpone con los del protestantismo, quizás más cercanos del modelo de Juan Calvino en Ginebra, donde religión, educación y Estado funcionaban simbióticamente.

            Para concluir, a partir de los ejemplos anteriores, podemos afirmar Nueva Atenas alcanza y revisita temas y elementos tradicionales del género utópico, como el viaje, el naufragio, la planificación urbana, el disciplinamiento de los ciudadanos; sin embargo se ubica al mismo tiempo en los márgenes del género. El elemento arqueológico que enlaza este relato con un pasado prestigioso es resignificado para entrar en relación directa con el uso del mito de origen de la ciudad y el prestigio de las culturas anteriores que durante el siglo de las Luces devinieron en modelos e imágenes ideales. Su finalidad no es la traslación del pasado concreto como es el de la Atenas de Pericles, sino más bien la excusa para comprender la realidad particularmente difícil que atraviesa la ciudad de Londres bajo el reinado de Jorge I en los primeros 20 años del siglo XVIII. En este sentido, Una descripción de Nueva Atenas pueden ser identificada dentro del grupo de utopías que ofrecen una “poliutopía” o una “utopía crítica” en términos de Nicole Pohl (2010: 65-66): textos que contrastan una pluralidad de modelos sociales, –en nuestro caso, el modelo proveniente de la antigüedad grecolatina y bíblica– sin ofrecer una solución utópica satisfactoria. Al ser críticas, son concientes de las limitaciones del modelo utópico clásico y al mismo tiempo luchan por una utopía dinámica, utilizando los discursos del Iluminismo sobre el progreso, lo perfectible, la razón, la reforma y la sociabilidad.

Bibliografía

A Description of New Athens in the Terra Australis incognita (1720) / introducción, traducción y notas de Ezequiel Rivas, en: AA.VV. Utopías inglesas del siglo XVIII. Construcciones imaginarias del estado moderno: selección de textos y comentarios críticos / Lucas Margarit y Elina Montes, compiladores, Buenos Aires: Editores Argentinos, 2016. (en prensa).

BABCOCK Gove, Philip (1942). “Gildon’s ‘Fortunate Shipwreck’ as Background for Gulliver’s Travels”, en: The Review of English Studies, vol. 18, número 72, pp. 470-478.

COMPARATO, Vittor (2006). Utopía: Léxico de política, Buenos Aires, Nueva Visión.

GOTT, Samuel. Novae Solymae libri sex / estudio preliminar, traducción y selección de Ezequiel Rivas, en Margarit, Lucas – Montes, Elina (compiladores) (2014). Textos utópicos en la Inglaterra del siglo XVII. Tomo I: Utopías y organización social, Buenos Aires, Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras, pp. 229-264.

POHL, Nicole. (2010) “Utopianism after More: the Renaissance and Enlightenment”, en: The Cambridge Companion to Utopian Literature / Gregory Claeys, editor, Cambridge, University Press, pp. 51-78.

RACAULT, Jean-Michel (1991). L’Utopie narrative en France et en Angleterre, 1675-1761, Oxford, The Voltaire Foundation.

NOTAS

[1] Ezequiel es ayudante de primera en la cátedra de Literatura Inglesa y jefe de trabajos prácticos de la cátedra de Lengua y Culturas griegas, Facultad de Filosofía y Letras, UBA. Ejerce también como docente en diversas instituciones terciarias. Contacto: ezequiel.rivas@gmail.com. El presente trabajo ha sido presentado en el Coloquio “500 años de Utopía: mundos antiguos, nuevos y otros en los orígenes de la modernidad clásica” celebrado en el  Centro Cultural Paco Urondo (UBA) los días 23 y 24 de junio de 2016.

[2] La traducción del texto se publicará en el volumen de próxima aparición que se menciona en la bibliografía y que reunirá una serie de escritos utópicos ingleses del siglo XVIII.

[3] El inicio de Nueva Atlántida comienza con un naufragio que motiva la deriva de la nave y la llegada al lugar utópico: “Nos dirigimos a la vela y salimos del Perú […], por la ruta del Mar del Sur. Llevábamos vitualla para un año y tuvimos buenos vientos del este […] Pero luego nuevamente se levantaron grandes y fuertes vientos que venían del sur-sureste, y que nos llevaron, a pesar de nuestros esfuerzos, hacia el norte. Y en esta época nos faltaron los víveres, aun cuando los habíamos economizado celosamente. Entonces, encontrándonos en medio del mayor desierto marino del mundo, sin provisiones, nos dimos por hombres perdidos y nos preparamos a morir.” (Bacon [1627] 2013: 133-134). El relato de Williams en Nueva Atenas deja entender en la carta que precedió y que no nos ha llegado los infortunios de la tripulación hasta llegar a las tierras desconocidas.

[4] Cf. Racault 1991: 191.

 

 

Autor: literatura inglesa

Cátedra de Literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. Publicación de artículos, notas y trabajos monográficos de profesores y alumnos y de información de interés inherente a la materia.

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