Ida a la luna y vuelta: de la utopía científica a la polidiscursiva

Ida a la luna y vuelta: de la utopía científica de John Wilkins a la polidiscursiva de Un viaje a Cacklogallinia

por María Inés Castagnino [1]

johnwilkins-thediscoveryofaworldinthemoone-orc2b7adiscovrsetendingtoprovethate28098tisprobabletheremaybeanotherhabitableworldinthatplanet1638Mi trabajo en esta ocasión concierne, en primera instancia, a un texto en el que un discurso científico en ciernes se toca con un discurso utópico: la proposición nro.14 de El descubrimiento de un Nuevo Mundo, o un discurso tendiente a demostrar que es probable que haya otro Mundo Habitable en la Luna, con un discurso sobre la posibilidad de transportarse hasta allí, de John Wilkins. Wilkins, nacido en Inglaterra en 1614, desarrolló, en paralelo a una importante carrera eclesiástica, el estudio de temas y disciplinas científicas, especialmente en relación con la filosofía natural, que involucraba los estudios astronómicos.[i] Por su asidua práctica y dedicación a la cuestión, Wilkins jugó un rol fundamental en la fundación, en 1660, de la asociación científica conocida como Royal Society de Inglaterra,[ii] y fue su primer secretario. La creación de esta sociedad refleja el cambio de status que lentamente iba operando la Revolución Científica, por el cual disciplinas como la astronomía se iban apartando de las posturas clásicas, religiosas y filosóficas para ser encaradas cada vez más desde un punto de vista científico moderno.

Wilkins murió en 1672. Para entonces había publicado unos ocho textos, de los cuales El descubrimiento de un nuevo mundo fue el primero. A la versión original de 1638, dada a conocer en forma anónima y compuesta por trece proposiciones, se incorporó en una tercera edición, en 1640, una decimocuarta proposición, además de una segunda parte titulada Discurso concerniente a un nuevo planeta, tendiente a demostrar que es probable que nuestra Tierra sea uno de los planetas.[iii] El texto de Wilkins, en primera instancia, consistía en un análisis especulativo acerca de las características físicas de la luna como planeta y terminaba con la proposición de “que es probable que haya habitantes en este otro mundo”; el agregado de 1640 se abría al futuro al proponer, además, “que es posible que alguien de la posteridad descubra un modo de trasportarse a este otro mundo y, si hay habitantes allí, tener comercio con ellos.”

         El cariz científico de su texto se pone en evidencia de diversas maneras. Por ejemplo, en lo variado de la lista de autoridades evocadas por Wilkins para articular sus argumentos: en ella, tanto la Biblia y sus exégetas como la antigüedad grecolatina filosófica y literaria (Aristóteles, Arquímedes, Virgilio y Horacio, entre otros) conviven con “científicos” europeos de fines de la Edad Media y del Renacimiento (como Nicolás de Cusa, Copérnico, Bacon y Kepler, entre otros); los argumentos de unas y otras fuentes funcionan codo a codo y en pie de igualdad. Por otra parte, minuciosa atención es destinada a la descripción de métodos experimentales, por ejemplo, para calcular la altura hasta la que se extiende la atmósfera terrestre. Se apela desde un primer momento a la razón del lector en oposición al apoyo tradicional e incondicional a preceptos filosóficos antiguos:

Es mi deseo (…) mover a algún espíritu más activo a la búsqueda de otras verdades ocultas y desconocidas; ya que debe ser un gran impedimento para el crecimiento de las ciencias que los hombres siempre marchen sobre principios trillados, así como que teman considerar cualquier cosa que parezca contradecirlos. (…) Sin duda hay muchas verdades secretas que los antiguos han pasado por alto, que todavía quedan para hacer famosos por su descubrimiento a algunos de nuestra época. (Wilkins 2015: 174)

La idea de la posibilidad del viaje a la luna se relaciona con otra cuestión presente en la proposición decimocuarta: la referencia explícita de Wilkins a “un relato fantasioso reciente, bajo el nombre ficticio de Domingo Gonsales, escrito por un difunto cura y culto obispo; en el cual (además de numerosas particularidades con las cuales este último capítulo involuntariamente coincide) se describe una muy agradable y bien concebida fantasía concerniente a un viaje a este otro mundo.”  (Wilkins 2015: 213) Wilkins alude así a otro clérigo destacado que se había permitido tratar asuntos que no correspondían estrictamente a su profesión: Francis Godwin, cuyo texto de ficción titulado El hombre en la luna, o un discurso acerca de un viaje hasta allí se dio a conocer poco tiempo antes que el de Wilkins, en 1638.[iv] La referencia a Godwin abre la posibilidad de considerar El descubrimiento… en relación con el género literario de la utopía. Dado que para principios del siglo XVII la posibilidad de encontrar auténtico territorio desconocido parecía estar reduciéndose (Mercator ya había trazado el primer mapamundi, Francis Drake ya había dado la vuelta al mundo), no es extraño que la utopía haya retomado la tradición clásica del viaje a la luna[v] como otra estrategia de escape del mundo real, donde la mayor parte de los órdenes jerárquicos sobre los que había descansado la existencia humana durante siglos seguían bajo cuestionamiento, y como eco de la revisión general de la posición del hombre ante el universo. La tensión entre ficción y realidad, o entre imaginación y razón, se explicita desde la estructura bipartita del título de Wilkins: la primera parte del mismo (El descubrimiento de un nuevo mundo), apropiada para un texto narrativo de aventuras, se ve contrapesada por una segunda parte de corte más racional y cauteloso (un discurso tendiente a demostrar que es probable que haya otro mundo habitable en la luna). La categoría intermedia de lo probable como noción científica[vi] conecta el texto de Wilkins, o al menos la proposición final agregada, con su antecedente ficcional, el texto de Godwin, y por ende con la utopía. Como señala Frédérique Aït-Touati:

La explicación técnica del vuelo vacía el relato de todo aspecto inexplicable y transforma lo ficcional en posible, con el resultado agregado de que el status de la ficción cambia. Podemos ver un movimiento de la definición antigua de ficción como falsedad a una concepción con más matices según la cual la ficción nos dice algo acerca del mundo. (2011: 60; mi traducción)

El sentido de El descubrimiento de un nuevo mundo se juega en un terreno donde la religión / fe cristiana y la ciencia / razón son polos relativamente conflictivos, y donde la ficción / imaginación puede proveer una salida al conflicto. Cuando la razón encuentra sus propios límites en la falta de evidencia constatable y concreta, en la imposibilidad de llevar a cabo experimentos relevantes y la escasez tecnológica, la fe, en su desapego de lo material, abre las puertas a la conjetura imaginativa.

            (…) [D]ado que no conocemos las regiones de ese lugar [la luna], debemos ser completamente ignorantes respecto a sus habitantes. No ha habido aún ningún descubrimiento respecto a ellos sobre el cual podamos basar una certeza, o una buena probabilidad; podemos adivinar respecto a ellos, y eso incluso muy dudosamente, pero no hay nada que podamos saber. (…) No obstante, podemos adivinar en general que hay algunos habitantes en ese planeta, ya que ¿por qué otro motivo habría la Providencia dotado a ese lugar de tales comodidades para ser habitado como las declaradas más arriba? (Wilkins 2015: 175)

Así, la fe se convierte en un paradójico aliciente para el progreso científico, puesto que, si bien el avance de la razón sobre la posibilidad de que haya vida inteligente y organizada en la luna debe necesariamente detenerse por falta de evidencia concreta, la providencia divina es la garantía de que  la manera de acceder a dicha evidencia le será dada al hombre a su debido momento. En función de esta confianza, Wilkins se atreve a ejercer la imaginación y afirmar que “es posible construir un carruaje volador (…) que lo transporte [al hombre] por los aires. Y éste podría quizá ser construido lo suficientemente grande como para llevar a varios hombres al mismo tiempo, además de comida para su viaticum y mercancía para comerciar.” (2015: 211-212) El imaginario de la utopía y las formas primitivas de la ciencia ficción hacen así su ingreso en este discurso científico, al igual que el interés comercial y expansivo nacional. Al final de su texto, Wilkins vislumbra la resolución ficcional, pero no se la permite:

Y aquí, alguien con una potente imaginación sería más capaz de expresar el gran beneficio y placer que se obtendría de un viaje semejante, ya sea que se considere la extrañeza de las personas, las lenguas, las artes, la política o la religión de esos habitantes, además del nuevo comercio que se podría traer de allí. En resumen, considérese el placer y el provecho de los recientes descubrimientos en América, y necesariamente se concluye que esto está mucho más allá. Pero imaginaciones como ésta las dejo libradas a la fantasía del lector. (2015: 214)

Los términos de la cita remiten a los rasgos fundamentales de la descripción de los países en distintos textos utópicos (lengua, arte, política, religión, economía), y los anticipan casi gozosamente como positivos (“gran beneficio”, “placer”, “provecho”). Es de imaginar cierto regocijo por parte de Wilkins al descubrir que Godwin se había permitido el salto a la ficción que él no pretendía dar.

sin-tituloUnos 87 años más tarde, en 1727, se publica Un viaje a Cacklogallinia con una descripción de la religión, política, costumbres y hábitos de este país, bajo la autoría de un tal “Capitán Samuel Brunt”, pseudónimo que oculta una identidad nunca develada.[vii] Un viaje a Cacklogallinia es un texto tripartito impulsado por una fuerza centrífuga: un primer movimiento desplaza al narrador del centro a la periferia (de Inglaterra a Jamaica, en el marco de los emprendimientos coloniales), un segundo movimiento lo traslada de territorio conocido a desconocido (de Jamaica a Cacklogallinia, un país ficticio habitado por gallináceos gigantescos) y un tercer movimiento lo proyecta a la exterioridad extrema (de Cacklogallinia a la Luna). Se reproduce de este modo un derrotero similar al de Domingo Gonsales, el protagonista del  texto de Francis Goswin ya mencionado, quien, habiendo partido originalmente de España, recala en la isla de Santa Helena y desde allí llega también a la Luna. Incluso las tecnologías involucradas en el viaje espacial de ambos textos están emparentadas, siendo el palanquín transportado por gallináceos de Brunt una versión de la máquina activada por gansas de Gonsales. Y una vez en la Luna, donde la sociedad encontrada por Brunt es similar a la hallada por Gonsales en el mismo lugar, la evidencia decisiva la constituye la alusión explícita por parte de un selenita a “las quimeras de Domingo Gonsales”,[viii] gesto que reconoce la deuda con el antecedente literario a la vez que lo desestima lúdicamente como ficción frente a la propuesta veracidad del relato posterior.

En la primera de las tres partes en las que puede dividirse Un viaje a Cacklogallinia, el narrador cuenta su estadía en territorio jamaiquino y el posterior viaje por mar que se ve forzado a emprender. La narración puede caracterizarse como minuciosa y realista, especialmente en lo que concierne a la descripción de procedimientos y aspectos vinculados con la navegación y a la reconstrucción escrita de la lengua hablada por los rebeldes jamaiquinos. El retrato de la situación en Jamaica rechaza una posible conexión positiva entre colonización y utopía, posible en tanto que en el texto de Thomas More “Utopía existe porque Abraxa (el nombre original del país) y su pueblo fueron colonizados por la fuerza por el rey Utopus”, como señala Nicole Pohl (2010: 52; mi traducción).[ix] Aquí, entre los personajes a los que el relato otorga voz, resalta el capitán Thomas, líder de los jamaiquinos sublevados. Se lo presenta como un hombre noble, en cierto sentido más civilizado que los conquistadores, cuyo alegato contra la brutalidad de los europeos es potente. Su discurso testimonial se ve confirmado por la experiencia del narrador, quien describe el ataque al asentamiento rebelde llevado a cabo por los ingleses cuando él se encuentra allí.[x] De este modo, la primera parte del relato establece una base de firme y polémica alusión que propone un protocolo de lectura realista.

La segunda parte del texto se inicia con la llegada fortuita del narrador náufrago a las costas de un país hasta entonces desconocido por el hombre, y que tiene su propia lengua, costumbres y sociedad. Un punto de contacto entre esta segunda parte de Un viaje a Cacklogallinia y el cuarto libro de Los viajes de Gulliver es notable a primera vista a partir del recurso de la sociedad animal: aunque sean de signo contrario (la sociedad de caballos de Gulliver es virtuosa desde el punto de vista del narrador, mientras que la de los gallináceos está corrompida en todos sus aspectos), ambas sociedades animales sirven para criticar a la inglesa de la época de producción de cada relato.[xi] No obstante, la sátira comienza aún antes de que el texto aborde los rasgos de la sociedad animal, cuando el narrador da cuenta de los integrantes de la organización política y social de Inglaterra ante Brusquallio, el primer ministro cacklogalliniano. La probidad intachable que el narrador atribuye a todas las instituciones y practicas inglesas, por hiperbólica, despierta la sospecha de ironía que Brusquallio verbaliza al final: “Sabes que, por lo que tú dices, […] concluyo […] que tú eres o bien muy ignorante con respecto a los asuntos nacionales, o un gran mentiroso; o que crees que alguien me puede embaucar fácilmente.”[xii] A continuación, el texto adquiere ribetes de relato pseudo-etnográfico y la narración se ve interrumpida por una serie de comentarios descriptivos sobre la corrupta y decadente sociedad cacklogalliniana. Se pone en juego así un doble relato sobre Inglaterra: el irónicamente hiperbólico efectuado por el narrador ante las preguntas del ministro y el reflejo satírico operado mediante la descripción de la sociedad cacklogalliniana.[xiii] El impulso satírico se percibe también en la fiebre de especulación financiera que se extiende entre los cacklogallinianos cuando se pone en marcha un proyecto para viajar a la Luna en busca de oro.[xiv]

Con la puesta en práctica del proyecto del viaje a la Luna Un viaje a Cacklogallinia ingresa en su tercera y última parte, a su vez subdivisible en dos: la que hace al viaje en sí y la que concierne a la estadía del narrador en la Luna. En cuanto al viaje, el narrador humano y la cohorte de grandes gallináceos que lo acompaña deben trasladar toda su materialidad física a la Luna y, llegado este punto, el autor del relato construye cuidadosamente su verosímil en base al discurso basado en los aportes de la revolución científica iniciada en el siglo XVII. Volatilio, el ave que ha propuesto el proyecto, y el narrador, que lo considera inviable, discuten sus puntos de vista al respecto en términos que evocan las reflexiones técnico-científicas sobre el mismo tema desarrolladas por John Wilkins. En un principio consideran la posibilidad de que la Luna sea un cuerpo sólido y que tenga luz propia o no, cuestiones que Wilkins aborda en las proposiciones 4 y 5 de El descubrimiento de un nuevo mundo. Volatilio se dispone entonces a discurrir acerca de “las partes principales y constitutivas de ese planeta, a saber: el mar, la tierra firme y sus elementos extrínsecos, tales como los meteoros, sus estaciones y sus habitantes”, temas tocados por Wilkins en las proposiciones 7, 8, 12 y 13 del texto ya mencionado. Además, las objeciones del narrador al viaje (que pivotan sobre la mayor o menor densidad y temperatura del aire en la altura, así como el problema de descansar y alimentarse durante el largo trayecto) también se hacen eco de las que Wilkins anticipa y discute en su decimocuarta proposición. El mismo John Wilkins había enumerado anteriormente la ayuda de las aves como uno de cuatro medios posibles de transporte aéreo para el hombre en otra de sus obras, Mathematical Magic (1648).[xv] Nicolson (1940a) entiende que el autor de Un viaje a Cacklogallinia pone en juego a nivel experimental los presupuestos científicos, ya que si bien su generación aún se deleitaba con lo fantástico, ya insistía en que la fantasía se basara en aquello que era al menos científicamente posible, si no probable.[xvi]

          Con la llegada del protagonista a la Luna, el texto presenta finalmente una sociedad ideal en un presente perfecto. Hay, no obstante, una trampa: el territorio lunar no está poblado exactamente por hombres, sino por las almas de los hombres que llevaron una vida virtuosa en la Tierra, lo cual dota a la utopía de un matiz espiritual que se superpone al social. El texto se vuelca hacia la alabanza divina; el componente científico queda atrás incluso para Volatilio, el cacklogalliniano más involucrado en el proyecto, y el impulso colonizatorio se ve desmantelado cuando un habitante de la Luna presupone que el propósito del viaje emprendido por el protagonista ha sido el de extender el conocimiento. El apego a la verdad obliga al narrador a admitir que el propósito original del viaje era menos noble, pero ni él ni Volatilio intentan sacar provecho económico del nuevo territorio: el provecho del viaje será de carácter espiritual. La sátira, que ya había quedado atrás con el ingreso del discurso científico, se evapora por completo, a raíz de su incompatibilidad con lo trascendental dada por su incapacidad para exaltar los valores ligados a él (Pollard 1970: 7). La Luna se propone como una especie de purgatorio o estado intermedio. Con la muerte de un ser humano se efectúa la separación entre su cuerpo y su alma; el alma se traslada entonces a la Luna, donde espera que se efectúe la separación entre alma y razón (suerte de segunda muerte) que deja a la razón libre para fundirse en unidad con Dios. Un viaje a Cacklogallinia superpone el mito cristiano de origen con el de finalidad, y hace de la Luna un purgatorio bajo la forma de una especie de jardín del Edén, un paraíso de la naturaleza. [xvii]

            En consonancia con lo pastoril, la sociedad establecida en la Luna presenta los rasgos arcádicos. En las Arcadias “La naturaleza es generosamente benévola y no hostil al hombre, pero al mismo tiempo los deseos humanos, en particular los sociológicos, se suponen moderados. Así, existe […] una armonía entre el hombre y la naturaleza, que corre paralela a una armonía social entre los hombres de moderación.” (Davis 1985: 31-32) Esta descripción, junto con el rechazo de las instituciones también señalado como rasgo de la Arcadia por Davis (1985: 34), está en estrecha concordancia con algunas declaraciones de los selenitas sobre el reino lunar:

“Aquí no tenemos que gratificar pasiones ni satisfacer necesidades, que son las raíces del vicio, el cual no nos es conocido bajo ninguna denominación; en consecuencia, no hay leyes que sean aquí necesarias, ni gobernadores que las ejecuten.”

“Este es un lugar de paz y tranquilidad, y este mundo se adapta exactamente al temperamento de sus habitantes. Aquí la naturaleza se encuentra en una calma eterna; disfrutamos de una primavera permanente, el suelo no da nada que sea nocivo, y nunca nos faltará lo necesario para la vida, pues cada hierba es una comida saludable para los selenitas.”

La armonía social que deriva del estado de confort natural en el que viven los selenitas produce, no obstante, semejanzas entre los selenitas y los habitantes de la isla imaginada por Thomas More en Utopía, cuya armonía deriva de un Estado intervencionista. El narrador no observa entre los selenitas “diferencias en su modo de vestir ni que se tratara con deferencia a ninguno que fuera de un rango superior”, y su interlocutor apunta: “No tenemos ocasión de emplear sirvientes, y todos somos artesanos […].” Por ende, se observa una igualdad instituida como algo natural, así como la inexistencia de la propiedad privada. También resuenan ecos de Utopía en la relativización del valor del oro. En la isla visitada por Hythloday, el narrador de More, el oro se asocia con la chuchería e incluso con la esclavitud; en Un viaje a Cacklogallinia, el metal precioso que ha impulsado a los cacklogallinianos a emprender una travesía de tenor cósmico no sólo no existe en la Luna, sino que, según afirma un selenita, “[…] aunque nos encontráramos con la veta más pura de ese metal con sólo remover una leve capa de tierra, ni un selenita consideraría que vale la pena hacerlo.”

            La ironía última, por supuesto, es que la armonía social de la Luna sólo es posible entre muertos, ya que las almas de hombres vivos pero durmientes sólo visitan la Luna por el breve período del sueño. Aún así, trasladan a ella la proyección fantasmagórica de la violencia y el engaño que marcan a las sociedades terrenales. En este punto, el flagelo de la naturaleza defectuosa del ser terrenal ha mutado en el texto de una variedad salvaje en las colonias a una más civilizada a Cacklogallinia, y luego a una fantasmagórica en la Luna, pero siempre se ha manifestado presente. A la vez, el realismo casi naturalista de la primera parte y la sátira feroz de la segunda precluyen naturalmente el rasgo utópico del regreso del viajero con el mensaje positivo y pedagógico que surge de la comparación con la nueva sociedad descubierta: no hay esperanzas de lograr la armonía propia de la sociedad lunar ni entre hombres ni entre gallináceos. El protagonista poco se ilusiona con la promoción de las bondades de la sociedad lunar, conciente de que la mera difusión del hecho de que no hay oro que obtener de la Luna equivaldrá a su ruina personal en Cacklogallinia. Arbitra entonces los medios para volver al ámbito de los hombres, donde su intento de efectuar aquella promoción ha adquirido presumiblemente la forma de este relato.

            Un viaje a Cacklogallinia presenta una problemática diversidad genérica y de tonos: los discursos realista, científico, utópico, satírico, especulativo se tensan entre sí, quizás diluyendo parcialmente su efectividad, quizás reflejando deseos conflictivos de un autor dividido entre impulsos literarios de distinto signo, pero en todo caso en consonancia con el matiz poligenérico y polimodal propio de su época. Ya que “Se puede identificar colectivamente a las utopías del siglo XVIII por ofrecer una ‘poli-utopía’ o ‘utopía crítica’. Estos textos contrastan una pluralidad de modelos sociales sin ofrecer una solución utópica satisfactoria. Estas poli-utopías son de hecho utopías críticas; es decir, tienen conciencia de las limitaciones del modelo utópico clásico y al mismo tiempo luchan por una utopía dinámica.” (Pohl 2010: 65-66; mi traducción) El antecedente de la experiencia del protagonista en Jamaica y Cacklogallinia coloca lo descubierto en la Luna en la compleja posición de ser simultáneamente ejemplo al que aspirar y emblema de lo que es imposible realizar en el plano terrenal. De esta manera, Un viaje a Cacklogallinia devuelve el territorio lunar al ámbito religioso del que Wilkins, con sus especulaciones, lo había despegado, pero no sin antes volver compleja la utopía lunar al poner en tensión realidad, anhelo y desilusión.

Referencias bibliográficas

  • Aït-Touati, F. 2011. Fictions of the Cosmos. Science and Literature in the Seventeenth Century. Chicago and London: University of Chicago Press.
  • Brunt, S. 1940. A Voyage to New York: Columbia University Press.
  • Carey, B. ‘“A new discovery of a new world”: the Moon and America in seventeenth- and eighteenth-century European literature’. En: Hayden, J. A. (ed.), Literature in the Age of Celestial Discovery: From Copernicus to Flamsteed, Basingstoke: Palgrave Macmillan.
  • Davis, J. C. 1985. Utopía y la sociedad ideal. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
  • Frye, Northrop. 1965. “Varieties of Literary Utopias”. Daedalus 94, No. 2 (Spring, 1965), pp. 323-347.
  • Nicolson, M. 1940a. “Introduction”. En: Brunt, Samuel. A Voyage to Cacklogallinia. With a Description of the Religion, Policy, Customs and Manners of that Country. New York: Columbia University Press.
  • —————-. 1940b. “Cosmic Voyages”. ELH, Vol. 7, No. 2. Pp. 83-107.
  • Pohl, N. 2010. “Utopianism after More: The Renaissance and the Enlightenment.” En Claeys, G. (ed.) The Cambridge Companion to Utopian Literature. Cambridge: CUP.
  • Pollard, A. 1970. Satire. London: Methuen and Co. Ltd.
  • Poole, W. 2009. “Introduction”. En Godwin, Francis. The Man in the Moone. Ontario: Broadview Editions.
  • Vieira, Fátima. “The Concept of Utopia”. En Claeys, G. (ed.) The Cambridge Companion to Utopian Literature. Cambridge: CUP.
  • Wilkins, J. 2015. “El descubrimiento de un nuevo mundo, o un discurso tendiente a demostrar que es probable que haya otro mundo habitable en la Luna”. En Castagnino, M. I., L. Margarit y E. Montes (comp.) Textos utópicos en la Inglaterra del siglo XVII. Tomo II: viajes a la Luna, utopías selenitas y legado científico. Buenos Aires: Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.
  • Willey, B. 1967. “Natural Science and Natural Religion” y “A Note on Swift”. En The Eighteenth-Century Background. Harmondsworth: Penguin.

NOTAS

[1] María Inés Castagnino es Jefa de Trabajos Prácticos de Literatura Inglesa (FFyL, UBA). El presente trabajo es ha sido presentado en el  Coloquio “500 años de Utopía: mundos antiguos, nuevos y otros en los orígenes de la modernidad clásica” que tuvo lugar los días  23 y 24 de junio de 2016 en el Centro Cultural Paco Urondo (25 De Mayo 201, CABA). Contacto: inex13@gmail.com

[i]      La introducción escrita por el Dr. William Poole a la edición de Broadview Editions (Ontario, 2009) de The Man in the Moone, de Francis Godwin, provee una detallada explicación de los alcances y las características de la filosofía natural. Se la puede hallar, traducida por Elina Montes, en En Castagnino, M. I., L. Margarit y E. Montes (comp.) Textos utópicos en la Inglaterra del siglo XVII. Tomo II: viajes a la Luna, utopías selenitas y legado científico. Buenos Aires: Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires.

[ii]    Wilkins promovió activamente en Oxford los encuentros del grupo de filósofos experimentales encabezado por Robert Boyle, conocido como Invisible College, que fue uno de los antecedentes de mayor peso para el establecimiento de la sociedad.

[iii]   A partir de la cuarta edición, en 1684, el primer conjunto de catorce proposiciones (las trece originales de 1638 y la agregada en 1640) fue publicado como El descubrimiento de un Nuevo Mundo, o un discurso tendiente a demostrar que es probable que haya otro Mundo Habitable en la Luna, con un discurso sobre la posibilidad de transportarse hasta allí.

[iv]   Para un análisis de los antecedentes y características de este texto, así como de la vida de su autor, ver la introducción de Elina Montes a la traducción de The Man in the Moon incluida en el volumen mencionado en la nota i.

[v]     La misma se inicia con los Relatos verídicos de Luciano. En esta línea, es de particular interés el opúsculo “Sobre la cara visible de la luna”, de Plutarco, mencionado por Wilkins en varias instancias del Descubrimiento.

[vi]    Los eruditos ingleses, notablemente aquellos involucrados con la Royal Society, […] convenían en que las ciencias naturales y morales no eran capaces de demostraciones a priori y que las pruebas en esos dominios eran de otra índole. Esto los llevó a definir y dividir distintos tipos de ciencia y conocimiento de acuerdo a una escala de grados de probabilidad, en un continuo que iba de los grados más bajos (la ficción en el estrato inferior, luego la mera opinión, luego la conjetura) al grado más elevado de “certeza moral” mediante el grado intermedio de lo “probable.” (Aït-Touati 2011: 56).

[vii]    Poco se sabe acerca de este capitán: Marjorie Nicolson, en un comentario introductorio a la reedición realizada en Estados Unidos en 1940, apunta que “Samuel Brunt” es un pseudónimo, y que la verdadera identidad del autor permanece en el misterio. El texto ha sido atribuido ocasionalmente a Daniel Defoe (c.1660-1731) y, quizás más comprensiblemente por afinidad de estilo satírico, a Jonathan Swift (1667-1745)

[viii] La traducción de esta y todas las citas de Cacklogallinia a continuación son de mi autoría, tomadas del trabajo realizado para el siguiente volumen, de próxima aparición: Margarit, L y E. Montes (comp.) Utopías inglesas del siglo XVIII. Construcciones imaginarias del estado moderno: selección de textos y comentarios críticos. Buenos Aires: Editores Argentinos.

[ix]    O La tempestad, de William Shakespeare, donde Gonzalo inicia su descripción idílica con las palabras “Señor, si yo tuviera una plantación en esta isla…” (acto II, escena I, línea 144).

[x]     La audacia del texto al sugerir la ilegalidad del dominio británico en estas colonias y defender la insurrección de los nativos, movimiento por el cual se aparta de la opinión generalizada de la época y se acerca al sentimiento abolicionista, lo postula entre las más tempranas críticas al sistema esclavista escritas en inglés (cf. Carey 2016).

[xi]    Además, puesto que los cacklogallinianos son mayores en tamaño que el narrador humano, podría pensarse también en un cruce con los gigantes gulliverianos de Brobdingnag en el segundo libro de Los viajes de Gulliver, y Pollard ha señalado respecto a este último texto cómo las diferencias de escala y tamaño son elementos operativos en el efecto satírico general del mismo (1970: 35-37).

[xii]    Efectivamente, por ejemplo, cuando a la pregunta del cacklogalliniano “¿Existe una religión entre ustedes?” el narrador responde “En términos generales tenemos sólo una (…); aunque está ramificada en muchas sectas, éstas difieren sólo en ceremonias menores, estando todos de acuerdo en lo esencial”, su actitud parece rayana en la ingenuidad si no en la negación o el cinismo liso y llano, a la luz del cisma religioso que resultara en la guerra civil y la sustitución de la monarquía por una república puritana unos setenta años antes, en vida de John Wilkins.

[xiii]   Así, mientras que esta parte del relato presenta varios de los rasgos que hacen al concepto de utopía, tales como el paso gradual y verosímil del terreno real al ficticio mediante la resignificación de objetos y estructuras conocidas y la explicación detallada de la organización social, política, económica y religiosa, también cumple con el siguiente: “Cuando la sátira no se ve confinada a la sociedad real y se dirige a la sociedad imaginaria, cuando el tono satírico se vuelve dominante y excede la pedagogía, la sátira deja de ser un medio y se convierte en un fin – y entonces nos vemos desplazados fuera del ámbito de la literatura utópica.” (Vieira 2010: 8, mi traducción) En este sentido, Un viaje a Cacklogallinia es un ejemplar tan distinto de las utopías renacentistas como típico de las de principios del siglo XVIII en Inglaterra, cuyo propósito, con Alexander Pope (1688-1744) y Swift a la cabeza, era “satirizar el presente mediante la crítica de una sociedad imaginaria, y el resultado de esta situación fue que el espíritu constructivo y positivo que presidía los textos utópicos se perdió.” (Vieira 2010: 11, mi traducción)

[xiv]   Nicolson (1940a) relaciona esta cuestión con la especulación, los procesos de inflación y depresión y las condiciones económicas de comienzos de siglo XVIII en Inglaterra, cuando el instrumento económico del crédito fue puesto en manos de un público general.

[xv]    La posibilidad del vuelo mediante alas de ave en particular había sido también considerada desde un punto de vista científico. Leonardo da Vinci (1452-1519) estudió la musculatura y los principios del vuelo de las aves, y Francis Bacon (1561-1626) especuló al respecto en el experimento 886 de Historia naturalis. Aparte de la base científica, el empleo de alas de ave como medio de transporte humano en la ficción también contaba con antecedentes. A partir del mito de Ícaro y Dédalo, Luciano de Samosata (s.II) presentó, en Icaromenipo (texto traducido al inglés a principios del siglo XVII), a un personaje que vuela a la Luna empleando un ala de buitre y otra de águila. Téngase en cuenta que Luciano, a su vez, inició la serie literaria de los viajes lunares con su Historia verdadera; pero en ese relato los viajeros llegan a la Luna arrastrados por un remolino de viento, por pura casualidad, mientras que Icaromenipo emprende el viaje deliberadamente y con preparación previa, estableciendo así el antecedente fundamental. En cuanto a otros antecedentes clásicos, Nicolson también considera que “las carrozas aladas del Fedro [de Platón] tienen algo que ofrecer a las ‘carrozas voladoras’” de siglos posteriores (1940b: 88). En su Libro de los reyes, el poeta persa Ferdousi (935-1020) incorpora una leyenda iraní acerca de un monarca que intentó volar atando cuatro águilas a su trono. A esta lista debe sumarse El hombre en la Luna, el relato de Godwin anteriormente mencionado, cuyo protagonista “tiene el privilegio de haber inaugurado la serie de las máquinas voladoras de la literatura moderna.” (Montes 2015: 48)

[xvi]   En este sentido, la minuciosa discusión de los principios por los cuales el viaje a la Luna es realizable y descripción de cómo los rasgos de la gravedad y la atmósfera afectan el viaje del narrador y sus acompañantes contribuyen a diversificar aun más las competencias genéricas de Un viaje a Cacklogallinia, acercando esta parte del relato a los antecedentes del género de la ciencia ficción. A la vez, el marcado contraste entre el discurso científico y el tono de adoración divina hacia el que vira el texto a continuación puede justificarse por un rasgo propio del pensamiento del siglo XVIII. Si bien, a través de la revolución científica operada por la acumulación de la obra de Copérnico, Kepler, Bacon, Harvey, Gilbert, Descartes, Boyle, Newton y The Royal Society, “el universo cada vez más era considerado como la Gran Máquina, que operaba mediante leyes de causalidad material rígidamente determinadas”, esto no implicaba una visión anti-religiosa; la ciencia era concebida, en base a More y Bacon por ejemplo, como el estudio de la obra de Dios, y “la Gran Máquina presuponía al Mecánico Divino” (Willey 1967: 11-13). Por otra parte, es notable que, si bien “El satirista se ha reído a menudo del científico” (Pollard 1970: 35), el tono satírico está notablemente ausente de la discusión científica entre el narrador y Volatilio acerca de la posibilidad del viaje a la Luna.

[xvii] Todos los selenitas fueron antes mortales y serán eventualmente uno con su creador. En lo que hace a la Luna como destino del alma tras la muerte, De orbe in facie lunare, de Plutarco (c.46-127), es antecedente clásico a partir del cual “las almas medievales volaban tras la muerte a la región de los bienaventurados en estrellas o planetas” (Nicolson 1940b: 88). Frye (1965) señala que en el cristianismo se reemplaza a la utopía por la idea de la ciudad de Dios, la nueva Jerusalén donde culmina el peregrinaje del alma, y que las realizaciones literarias de la ciudad de Dios deben ser consideradas formas de la ficción utópica; asimismo también apunta que el mito de origen del cristianismo, el del jardín del Edén, se liga con la forma pastoril.

Autor: literatura inglesa

Cátedra de Literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. Publicación de artículos, notas y trabajos monográficos de profesores y alumnos y de información de interés inherente a la materia.

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