Hacia la Luna. Sociedades perfectas y espejos deformados: de Godwin a Defoe

de Elina Montes (UBA)[1]

telescopeEntre las dos obras a las que me voy a referir media algo menos de un siglo. Las vincula, de un modo si se quiere más superficial y evidente, el tratamiento de determinados motivos en torno al viaje hacia el espacio exterior; y son, en definitiva, esos motivos los que vuelven más notorias aquellas transformaciones radicales que –desde diferentes ámbitos de la especulación científica y filosófica de sus respectivas épocas–  animan y explican toda producción literaria. Me refiero aquí especialmente a El hombre en la Luna, de Francis Godwin (editado en 1638) y El consolidador, de Daniel Defoe (1705). En un libro publicado recientemente, How many moons does the Earth have? The ultimate science quiz, Brian Clegg hace un brevísimo repaso de los hitos principales de la literatura occidental respecto del imaginario lunar, en diálogo con otros motivos de la producción humanística y teológico-científica. Se menciona, en primer lugar, la luna en Luciano de Samosata quien, como seguramente sepan, en Historias verdaderas, es el primero en vislumbrar un ascenso celeste como parte de un propósito de desacralización de los espacios sobrenaturales evocados en la épica homérica, de las empresas heroicas y de las especulaciones eruditas, como la física aristotélica, por ejemplo, o los registros historiográficos más respetados. Hacia principios del siglo XVII, anota Clegg, el campo intelectual de la modernidad inglesa temprana conoce la empresa acometida por el obispo anglicano Francis Godwin que, sin abandonar el tono cómico de su ilustre antecesor, se deja seducir –a un tiempo– por las ensoñaciones de Kepler, de Copérnico, de Galileo y de Wilkins, quienes se atrevían a describir un cosmos que albergaba otros mundos habitados. Pocos años más tarde, asoma el fantástico relato de Cyrano de Bergerac (1657), que extiende el viaje fantástico hasta el mundo solar, retomando algunos motivos de Luciano y otros, por supuesto, de Godwin. Daniel Defoe también utiliza el viaje espacial –a comienzos del siglo XVIII, aunque no figura en el listado de Clegg– como un motivo que le permite, de manera más incisiva y desencantada que la de su predecesor, reiterar el gesto de Godwin pero con una intencionalidad que claramente lo diferencia tanto de este último como de la que emprende su contemporáneo, Jonathan Swift, con Gulliver’s Travels.

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La pregunta que surge de la colección de enigmas científicos propuestos por Clegg es, ¿qué tienen estos viajes en común? Las respuestas que los lectores podríamos arriesgar –y así lo presiente el autor–  nunca serían sencillas y siempre pecarían de incompletas, puesto que involucran –a la vez–  tradiciones literarias, contextos de especulación filosófica y científica, con los respectivos paradigmas culturales que determinan relaciones entre micro y macrocosmo y, por supuesto, los debates políticos e ideológicos implicados, que asumen un carácter  hiperbólico ahí donde la sátira y la parodia se convierten en las herramientas dominantes del tono y estructurantes de los sucesos del relato. Tanto Godwin como en Defoe, en efecto, producen –según lo anticipara ya la prosa lucianesca- una inversión espectacular del punto de vista y, con ésta una suerte de mirada desde las antípodas que observa y comenta las construcciones conceptuales propias a partir de un extrañamiento intelectual y perceptivo.

En otra parte[2] hemos analizado in extenso la obra de Francis Godwin y los textos con los que dialoga, el carácter novedoso del viaje que propone, el guiño cómplice que establece con la sátira lucianesca y el arriesgado juego que, en tanto representante de la Iglesia de Inglaterra, se dispone a proponer. Su jornada lunar focaliza especialmente las tensiones de la época entre el entramado discursivo y teológico que sostiene la inapelable legitimidad monárquica y las más recientes especulaciones científicas que, al objetar el orden cosmológico, trastornan y cuestionan las jerarquías terrestres y su estatus inalterable. El personaje de la novela de Godwin es Domingo Gonsales, un español pobretón, con espíritu ambicioso y emprendedor, que se ve envuelto en una serie de aventuras que tienen su punto álgido en la creación de un extraño artefacto que, propulsado por el vuelo de una bandada de gansas entrenadas, logra vencer la gravedad y lleva al protagonista al mundo de la Luna. A lo largo del trayecto celeste, Domingo puede apreciar el globo terráqueo, y reconoce las diferentes regiones de su geografía, a la vez que repasa sus conocimientos científicos de algunas teorías físicas consensuadas y otras un poco menos, sin que –por otra parte– le sea negada la experiencia de dialogar con espíritus de procedencia dudosa atribuibles a una escatología popular y fantástica, que lo interceptan en el espacio sublunar. El hombre de la Luna conjuga –entonces– la interrelación entre lo posible y lo imposible, puesto que en la obra se produce la fluctuación permanente de la credibilidad, y la narración se mueve entre aquellos elementos que pueden considerarse viables, como los que conciernen al relato de viaje, los aspectos que pertenecen a la especulación astrológica y que parecían aún demasiado extravagantes para concitar credibilidad o bien aquellos otros que se asoman a un imaginario sobrenatural y folclórico habitado por brujas y demonios.

Cuando arriba a la Luna, y en contraste con la diversidad de experiencias que se producen en el espacio sublunar y terrestre, Gonsales se halla en un entorno armonioso, habitado por seres sabios y de gran inteligencia. La vida en la Luna se asemeja, en  efecto, a la de los seres de la mítica Edad de Oro, pues en la sociedad selenita, comenta el narrador:

no hay nada que al hombre le falte. Los alimentos crecen por doquier y sin necesidad de trabajar, y los hay de toda clase. Si se trata de vestimenta o de vivienda o de cualquier otra cosa que una persona pueda imaginar o desear, ésta le es brindada por un Consejo de Superiores, a cambio de muy poco trabajo, razón por la cual no hacen nada más que jugar y solazarse.

Por supuesto, la utopía lunar godwineana materializaría ante la mirada del lector una sociedad lejana e inalcanzable, pero que se ofrece al imaginario de la época –en el que otros mundos habitados en el universo comenzaban a ocupar un horizonte de posibilidad– como un estadio previo de las sociedades humanas, aún no afectado por la corrupción derivada de las luchas por la obtención y la preservación de los bienes materiales o simbólicos, ni por las disputas políticas, las contiendas bélicas o los mezquinos pleitos que animan el escenario en el que se debaten Domingo Gonsales y sus lectores contemporáneos. En este sentido, el texto de Godwin opone drásticamente una serie de episodios previos al alunaje, en los que el héroe se ve envuelto en confrontaciones de todo tipo que imprimen un ritmo acelerado a las acciones (escaramuzas, guerras, duelos, batallas navales, piratería, naufragios, fugas y persecuciones), a la serie lunar en la que lo que prima es la quietud, la regularidad, la holganza, el descanso y el sueño. Es una sociedad que carece de necesidades y también de apetencias, por lo que la noción de cambio está totalmente elidida y con ello se asiste a una concepción más natural y biológica que histórica del tiempo. Los selenitas imaginados por el obispo Godwin son cristianos, no han conocido el pecado original ni la dispersión babélica y gozan, por ende, de los beneficios de un Edén extendido. Si bien el tema del lenguaje es tratado en toda obra de carácter utópico y distópico, resulta ser un motivo persistente en los siglos XVII y XVIII, sobre todo en un ámbito de disputas teológicas con posiciones más radicalizadas que insistían en la búsqueda de un lenguaje simple, por entender que todo artificio retórico y poético conllevaba, necesariamente, a un desvío de la verdad y de la razón; sabemos que Gulliver’s Travels se constituye en una reflexión extensa acerca de las alienaciones lingüísticas, mientras que en Defoe hay una clara asociación entre proliferación y distorsión discursiva, circulación de rumores y subversión política. Entre las ventajas que el narrador de Godwin observa en la arcadia lunar se cuenta, entonces, una lengua que, observa, “es una sola para todas las regiones de la Luna” y que “no consta de palabras y letras sino de tonadas y sonidos”;  un lenguaje musical y adánico en el que se anula toda distancia entre palabras y cosas. Otro de los rasgos que Domingo Gonsales asocia con la falta de disenso entre los lunarios es un sistema de gobierno que relaciona con la monarquía de Isabel I y, por ende, con una mínima injerencia del sistema parlamentario; es la etapa previa a los conflictos entre el Rey y el Parlamento que Godwin había empezado a divisar en su tiempo (bajo Carlos I) y que son centrales en la especulación utópica de Daniel Defoe.

Al analizar  las características del discurso satírico en el período que va del reinado de Carlos II (1660-1649) al de Guillermo III (1689-1702), Ashley Marshall afirma que la escritura de Defoe, en particular, muestra una visión indudablemente social y añade que sus juicios son a menudo morales, pero que sus sátiras (como la que nos ocupa, y a diferencia de lo que sucede en Swift) son eminentemente de índole político-religioso y, al respecto, comenta que

[…] su denuncia es por lo general parte de la defensa de un compromiso o de una causa en la que cree. […] Defiende a Guillermo, pero la causa por la que aboga principalmente es la del protestantismo en Inglaterra y un elemento central en su visión de la política y de la religión es que ve al catolicismo como antítesis del protestantismo. Su rechazo del catolicismo, tanto en términos políticos como teológicos, impregna tanto su obra satírica como la que no lo es. (Marshall: 224-225, la traducción es mía) [3]

Aún más que en Godwin, la obra de Daniel Defoe dialoga en un evidente primer plano no sólo con todo un contexto político conocido por sus contemporáneos, sino también con una producción científica y filosófica que estaba incidiendo profundamente en las formas de la percepción. Entre algunas de las obras más visiblemente aludidas están, por un lado, tratados científicos como los Principia de Isaac Newton (1687), Nuevos experimentos físico-mecánicos: Notas sobre la elasticidad del aire y sus efectos, de Robert Boyle (1660) o El descubrimiento de un Nuevo Mundo de John Wilkins (1638). Por otra parte, hay una expresa referencia a relatos novelados sobre viajes lunares, como el de Francis Godwin, El hombre en la Luna (1638) y el de Cyrano de Bergerac, Historia cómica de los Estados e imperios de la Luna  (1657). Finalmente, se mencionan los trabajos de Francis Bacon, Thomas Hobbes y John Locke, entre otros.

A diferencia del protagonista de Godwin, el de Defoe es un representante de la burguesía mercantil inglesa, un individuo para el cual la vasta extensión de la Tierra (y luego de la Luna) se presenta como un atractivo reto para la explotación comercial intensiva a través de las innumerables rutas mercantiles y las inmensas oportunidades que se abren, especialmente hacia el Oriente. A lo largo de los Siglos XVI y XVII, se había consolidado la idea de que el imperio chino controlaba un importantísimo tráfico con Europa del Este y un tercio del mundo conocido, y que, por lo tanto, “no era un espacio atrasado, vulnerable y “orientalizado” a la espera de ser conquistado y controlado” (Porter, 5-6). Para la época en la que escribe Defoe, Inglaterra se había transformado en un consumidor regular y entusiasta de porcelanas, sedas y té, y China había incrementado su prestigio en el dominio de la técnica y la producción de objetos refinados. Si bien algo de esto ya se percibe en Godwin, Defoe explota el motivo y dedica al Imperio Chino una parte importante del primer tramo de su escrito; su protagonista por lo tanto se detiene sobre la singularidad de su ciencia, comenta acerca de sus muchos saberes y de la habilidad para construir instrumentos insólitos. China, sin embargo, comparte en el relato el espacio epistémico con el otro mundo lunar, con el que tiene asegurado el intercambio a través de viajes espaciales efectuados por el monarca, que también aquí se hacen a bordo de un extraño aparato emplumado.

A diferencia del vehículo ideado por Godwin, sin embargo, el carruaje de plumas de Defoe, al que se da nombre de “consolidador” se vincula menos con el ingenio mecánico que con la especulación política. El funcionamiento de la máquina se asemeja al del Parlamento en una secuencia de alusiones que evocan la historia de Inglaterra en los años precedentes. Cada pluma que la recubre es provista por una región en particular y, de ser elegida con descuido, haría desplomar la nave y el rey con ella. Como ha sido notado en más de una oportunidad, el escrito de Defoe posee un marcado acento panfletario y remite de manera solapada a acontecimientos puntuales de su contexto de producción, y esto hace que la sátira fracase por su acentuada literalidad, cuyas referencias escapan a la intelección de lectores futuros, justo ahí donde la obra de Godwin conserva su dinamismo, su humor y una clara intención de entretener a través de la ficción y sus referentes.

 El desembarco del viajero de Defoe en territorio lunar abre, por otra parte, el espacio para considerar su imagen en el espejo invertido que recuerda la utopía de Joseph Hall Un mundo distinto pero igual. Con el primer selenita con el que se encuentra surge una controversia:

En nuestro primer encuentro me preguntó si yo había llegado de la Luna. Le dije que no y esto lo enojó bastante, me trató de mentiroso y añadió que había sabido perfectamente y desde el primer momento de dónde yo provenía. Contesté que yo había llegado al mundo de la Luna y comencé a alterarme al igual que él. […] Insistí en mi posición, ya que mi experimento me calificaba para sostenerla y lo desafié a volver conmigo para comprobarlo. Él, como filósofo que era, antepuso mil principios, conjeturas y problemas esféricos para confrontar mi posición y, como toda demostración, dijo que lo mío era puro invento.

Como sucede con gran parte del material, este fragmento puede leerse a la luz de las encendidas polémicas de diferentes facciones protestantes disidentes en torno a consideraciones de tipo dogmático, y a una defensa obcecada de un punto de vista que no reconoce en el otro ni un mínimo de razón, impidiendo un intercambio productivo en torno a intereses comunes.

De Godwin a Defoe, la Luna se ha transformado. De ser un lugar idílico y ahistórico en apariencia, pasa a describirse como una sociedad atravesada por las crisis, los debates y los cambios de la historia, y es en ese sentido que se vuelve un espejo plausible en el que pueden reflejarse los terrícolas contemporáneos. Si el absolutismo monárquico lunar de Godwin mantiene la armonía desterrando todo lo que resulta incompatible a la preservación del sistema, los selenitas de Defoe –por el contrario– han lidiado con las diferencias y las han superado a partir de la implementación de un parlamentarismo plural y activo.

Finalmente, pueden notarse que el discurso científico opera en Godwin como subtexto de teorías aún no aceptadas, fascinantes para el narrador por las promesas de un espacio celeste a revisitar y a redefinir, pero a la vez inquietantes porque derriban presupuestos rectores de un tipo de subjetividad al que adhieren fervientemente el autor y su personaje. En Defoe, por el contrario, comprobamos que las distancias terrestres y los otros mundos celestes ya pueden ser dominados porque se ha afianzado un nuevo régimen escópico avalado en el uso intensivo de aparatos ópticos que en Godwin sólo asomaban como esa débil promesa de la ciencia que enciende la imaginación creadora de su protagonista. El alter ego de Defoe ya insiste con entusiasmo en los beneficios de un novedoso modo de mirar inaugurado por los aparatos ópticos, que regula y define lo que se oculta al ojo desnudo, y que resulta central en los sucesos en que se involucra el Lemuel Gulliver de Swift. Lo que se pone en escena es una nueva forma de visibilizar y se sugiere –al mismo tiempo– el poder de control asociado a la inédita potencialidad de la extensión del espectro de lo visible, junto con un uso estratégico de los avances científicos.

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Viaje a la Luna, de Gustave Dorè (1870)

[1] Elina Montes es Adjunta interina de la Cátedra de Literatura Inglesa (FFyL, UBA). El presente trabajo es ha sido presentado en el  Coloquio “500 años de Utopía: mundos antiguos, nuevos y otros en los orígenes de la modernidad clásica” que tuvo lugar los días  23 y 24 de junio de 2016 en el Centro Cultural Paco Urondo (25 De Mayo 201, CABA). Contacto: elina.montes@gmail.com

[2] Introducción, traducción y notas de la novela inglesa del siglo XVI de Francis Godwin El hombre en la Luna (artículo). Texto incluido en el volumen Textos utópicos en la Inglaterra del siglo XVII Buenos Aires: OPFyL, Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA), 2014.

[3] MARSHALL, Ashley. (2009). The Practice of Satire in England, 1650-1770. Princeton University, Tesis disponible en línea en https://etda.libraries.psu.edu/paper/9420/4881 (última consulta: 201/12/2015).

 

Autor: literatura inglesa

Cátedra de Literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. Publicación de artículos, notas y trabajos monográficos de profesores y alumnos y de información de interés inherente a la materia.

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