Dos orillas: la alteridad en Defoe, Darwin y Stapledon

Dos orillas: la alteridad en Defoe, Darwin y Stapledon[1]
de Alejandra Suyai Romano

“Pero, ¿dónde está el Otro, afuera o adentro?
Hay un filósofo francés llamado Jean-Luc Nancy, que hace unos años sufrió una enfermedad cardíaca degenerativa que sólo podía resolverse con un trasplante de corazón. El trasplante lo salvó y obviamente cambió su vida e impactó de lleno en su filosofía. Al poco tiempo lo convocaron a disertar en  un congreso en Europa sobre la cuestión del extranjero. Y Nancy decidió, allí, narrar la experiencia de su trasplante. No fue casual. Su propio corazón lo estaba matando, pero fue el corazón anónimo de un Otro el que lo salvó.
Lo propio lo estaba destruyendo, lo extraño le dio vida. Qué paradoja. Nancy decidió titular a la disertación con “El intruso”. ¿Cuál corazón era el intruso, el ajeno o el propio?
¿No somos todos mixtos? ¿No somos todos Otros?”
(Darío Sztajnszrajber en el capítulo “El Otro”, del programa de TV Mentira la verdad, 2011)
cabezas
Bond of Union, M.C. Escher (1956)

Tanto en la novela Robinson Crusoe, de Daniel Defoe,  y la crónica de viaje Diario de viaje de un naturalista alrededor del mundo, de Charles Darwin,  como en  Hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon, se construye la mirada en torno a la alteridad de dos formas radicalmente opuestas: en la primera (contemplando los dos primeros textos mencionados), se concibe al otro en términos de una sumisión y una hegemonía imperialista que abarca y domina a la totalidad, mientras que en la segunda (tercer texto mencionado) se concibe a la otredad en términos de equidad e igualdad: éste es el plano correspondiente al reconocimiento, la comprensión y la aceptación de la diferencia que el Otro posee de manera inherente a sí mismo.

Para que los tres textos dialoguen y discutan entre sí, en primera instancia es preciso y necesario enmarcarlos dentro de un panorama mundial y mencionar el contexto sociopolítico en el que se difunden y se distribuyen tanto Robinson Crusoe, publicado en 1719, como Diario de viaje de un naturalista alrededor del mundo, publicado en 1832. Inglaterra se encuentra, durante los siglos XVIII y XIX, atravesada por el capitalismo naciente y el expansionismo territorialista del Imperio. Este fenómeno, en principio europeo, se volverá luego planetario, aunque mantendrá para sí las distintas posiciones de poder entre el centro y las zonas periféricas coloniales. Estas relaciones asimétricas también están marcadas por las ideas de civilización, progreso, y lógica de la mercancía, las cuales contrastan con las ideas de las colonias, espacios de dominación que son catalogados como bárbaros, salvajes, e incivilizados. La mencionada colonialidad del poder es el eje que organizó y organiza no sólo a la centralidad jerárquica sino también a la periferia en tanto naturaleza. Aquí, el imaginario que se construye del Otro se basa en lo pagano y lo subdesarrollado; se lo configura tan sólo como un lugar pasivo y subalterno. Es también debido a la necesidad de estar a la vanguardia de los descubrimientos que se producen las carreras científicas, políticas y económicas para la consolidación hegemónica y geopolítica del territorio descubierto. El discurso científico es aquí un instrumento clave para la dominación del espacio Otro y para la apropiación y expansión imperialistas. Las relaciones que derivan de entender al Otro como mercancía son las que estarán sumamente presentes en ambos relatos. A modo de inicio, la novela Robinson Crusoe, de  Daniel Defoe, aborda precisamente dichas relaciones basándose en un eurocentrismo cimentado en la razón y en la lógica como proceso crítico y camino hacia el progreso. El concepto de homo economicus[2] desarrollado por Ian Watt se refiere a ello, al hombre que sopesa la realidad en base a sistemas monetarios en términos de ganancia y beneficio individual. Todas las acciones de Robinson en la isla son prácticas y utilitarias. De  este modo, su mirada está puesta exclusivamente en el valor de las cosas como mercancía (significantes) y no en lo que realmente son o significan (significado). Es así como este personaje contiene en sí y expresa fuera de sí el más puro individualismo capitalista. Esto condiciona obligadamente todos los aspectos de la vida de Robinson, en particular los que se refieren a sus relaciones con el entorno. Según expresa Terry Eagleton en “Daniel Defoe y Jonathan Swift”:

El yo no viene determinado por las relaciones que mantiene con los demás. Antes bien, sus transacciones con otros yoes son siempre externas a él, y revisten un carácter puramente instrumental. Los otros son, en esencia, herramientas que empleamos para lograr nuestros propósitos”. (…)“Todas las relaciones son contractuales”(…) La única realidad permanente es el aislamiento en que se encuentra el yo.[3]

Es aquí donde se puede pensar que la relación que establecerá Robinson con Viernes será de la misma naturaleza contractual (expuesta por Locke y Rousseau) debido a la desvalorización de los factores no económicos, es decir, secundarios. El vínculo establecido entre individuos es percibido en tanto y en cuanto pérdida o ganancia. En estos términos, el individuo capitalista no demuestra cariño ni afecto hacia el otro, sino egocentrismo, patronazgo, dominación, y utilitarismo. Dichos conceptos se detallarán más adelante en este ensayo con la aparición de Viernes y su relación con el lenguaje.

Un concepto que permite analizar la otredad en Robinson es el de “zona de contacto” utilizado por Mary Pratt en Ojos imperiales. Según la propia autora:

El término zona de contacto reemplaza al de frontera colonial. Mientras el segundo sólo puede ser pensado desde Europa- porque si es una frontera, es porque lo es desde esa región del mundo- la idea de zona de contacto implica pensar en un espacio de cruce entre sujetos antes separados, y que ahora se cruzan por circunstancias históricas. Esto implica pensar la relación entre colonizadores y colonizados, o entre viajeros y visitados, en tanto su copresencia, por lo general en situaciones de poder asimétricas..[4]

En Robinson Crusoe, la zona de contacto puede ser analizada en distintos momentos narrativos, pero el que interesa es el capítulo IX, donde aparece la huella en la arena:

Ante mi enorme sorpresa descubrí las huellas perfectamente nítidas de un pie desnudo sobre la arena. (…) Después de infinitas ideas confusas (…) volví a mi fortificación, sin saber, por así decirlo, donde iba, aterrado hasta lo indecible, mirando para atrás cada dos o tres pasos, confundiendo cada arbusto y cada árbol, cada tronco a lo lejos con un hombre.[5]

Es significativo remarcar los sustantivos que utiliza Robinson para referirse a la vivienda en la cual habita antes y después de encontrar la huella. Anteriormente se ha referido a la misma como “vivienda” y mediante sinónimos de “morada”. Sin embargo, al experimentar el choque con la otredad, se referirá a ella de allí en adelante como “fortificación”, “castillo”, “refugio”, todos sustantivos que cargan de significado al Otro en tanto amenaza y peligro inminente; esta otredad muta y se resemantiza en una figura que atenta contra la paz y la tranquilidad del Yo. Robinson no sólo rechaza, sino que huye y niega esa alteridad que se le presenta como evidente y como símbolo de existencia del Otro. Debido a dicha negación, es incapaz de comprenderla como signo constitutivo y necesario de uno mismo. Frente al temor que le produce la diferencia, Robinson pone barreras que delimitan al Yo del Otro, separándolo y aislándolo (en la novela esto sucede literalmente, ya que Robinson se esconde en múltiples fortificaciones para distanciarse, aguardando siempre un ataque mortal que no llega nunca). Sin embargo, eventualmente en la narración (capítulo XII) se produce el encuentro con Viernes, nativo de la región:

Su semblante era agradable, sin asperezas, y había un rasgo muy viril en su rostro, aunque a la vez tenía la expresión dulce y suave de un europeo, especialmente cuando sonreía. (…) El color de su piel no era negro, sino muy tostado, sin aquel desagradable tinte amarillo de los brasileños o los nativos de Virginia u otros aborígenes de América; era más bien un ligero color oliva oscuro, más agradable que fácil de describir.[6]

Ya desde la descripción se evidencia en Robinson la postura jerárquica y hegemónica del europeo frente al individuo perteneciente a otra cultura no-europea. Constantemente se comparan los rasgos de Viernes con los rasgos europeos. Tanto la comparación como el relato descriptivo se encuentran al servicio de los cánones establecidos de belleza según códigos netamente eurocéntricos. Por otro lado, la misma acción de nombrarlo evidencia la imposición de una cultura determinada. Esto es posible debido a la concepción de sí mismo que tiene Robinson y a lo que representa de trasfondo, es decir, al europeo que se auto-comprende más desarrollado y superior que el resto, y que es gracias a aquella superioridad intelectual, espiritual y política, que está obligado a desarrollar a los más primitivos, salvajes y bárbaros, como exigencia moral. Esto, bien sabido, no es otra cosa que la justificación de la praxis irracional de violencia que sufrían (y sufren hoy día) los pueblos originarios. Como bien expresa Eagleton, y como después puede verse traspolado en Robinson Crusoe (capítulo XIV):

Religión e imperialismo marchan hombro con hombro. Crusoe se convierte así en una suerte de conquistador colonial de su isla, en un eficaz y autodisciplinario líder que, al crear la ley y el orden, acaba convirtiéndose en una especie de estado unipersonal.[7]

Mi isla está ahora poblada y me imaginé con muchos súbditos, llegando a verme placenteramente como si fuese un rey. (…) En primer lugar, todo el país era de mi absoluta propiedad. (…) En segundo lugar, mi pueblo era perfectamente sumiso: yo era señor absoluto y legislador; todos me debían la vida (…)[8]

La relación asimétrica que se establece entre colonizador y colonizado se traduce así en la imposición del lenguaje como herramienta de la lógica capitalista, que sitúa al Otro en un plano de objeto dominado, incapaz de expresar su interioridad:

Y en primer lugar, le hice saber que su nombre sería Viernes, que era el día en el que le había salvado la vida. Asimismo le enseñé a decir amo, y le hice saber que ese era mi nombre. Le enseñé a decir sí y no, y a comprender el significado de esas palabras.[9]

Se establece así la lógica predisposición del “buen salvaje” a ser súbdito y seguir órdenes, en términos de patronazgo benevolente. Sin embargo, la jerarquía de poder que ostenta Robinson no se evidencia solamente desde el lenguaje, sino también en la imposición de valores morales, éticos, y religiosos. Esto se debe a la desnudez en la que se encuentra el Otro:

(…) Permanecí allí con él toda la noche, pero apenas amaneció le hice comprender que debía seguirme, y que le daría algunas vestimentas; se mostró encantado, pues estaba absolutamente desnudo. (…)[10]

No sólo esa desnudez física es vista como aberrante desde el punto de vista europeo sino que la misma es transpolada a otros planos que atañen al individuo: desnudez política, desnudez religiosa y desnudez moral. Por ello, es necesario que el europeo civilizado muestre e “ilumine” al Otro en el verdadero camino a la moral, a la fe en Dios, y al progreso que trae el capitalismo prohibiéndole comer carne humana, enseñándole la Biblia e imponiendo los códigos europeos civilizatorios completamente ajenos a su propia realidad.

Este repudio visceral hacia la otredad y su consecuente negación puede verse reflejado también en las crónicas de Darwin en su viaje a bordo del Beagle. No obstante, primero se debe señalar el concepto de espectáculo/exotismo que se concebía en la época del siglo XVIII en torno a la figura de la otredad, ya que si bien, por un lado, en los tiempos de la carrera científica tenía como justificativo contribuir a la maquinaria imperialista, por el otro reproducía la clasificación-organización del mundo exclusivamente en torno a la visión eurocéntrica. Como dice Ricardo Cicerchia en Viajeros. Ilustrados y románticos en la imaginación nacional:

(…) Es el tiempo del forjamiento de prácticas científicas (…) Estas colecciones representaron el inicio de una forma de reconocer, ensamblar y controlar las dimensiones de las nuevas distancias temporales y espaciales. Y, por supuesto, una actividad primordial del discurso imperial. (…) El objetivo final de la acumulación es la composición de un microcosmos del universo. Un intento por organizar y clasificar esta diversidad a fin de producir una comprensión y apreciación de la unidad y armonía en el esquema divino e indivisible de las cosas.[11]

Y en lo que se refiere al Nuevo Mundo: “(…) un territorio exterior carente de cualidades (…) La rareza (…) será el fundamento de una negatividad cultural y de su posterior utilidad científica.”[12]. Así se caracteriza el período en el cual Darwin realiza el viaje a Tierra del Fuego. Al comienzo de de la narración del capítulo X del Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo, utiliza la palabra “espectáculo”, clave para entender el porqué de las descripciones y anotaciones de todo lo que presencia durante su estadía en tierras fueguinas:

(…) Era sin excepción el más curioso e interesante espectáculo que jamás había presenciado: imposible imaginar la diferencia que existe entre el hombre salvaje y civilizado, es mucho mayor que la que hay entre un animal silvestre y domesticado, por lo mismo que el hombre es susceptible de mayor perfeccionamiento. (…)[13]

La zona de contacto aquí se establece entre el público londinense y el territorio virgen de los bárbaros. Los salvajes, la naturaleza, todo lo extraño y diferente a la cultura europea representa un espectáculo para el que observa y que, adrede, detalla las descripciones de sus vivencias del modo más exótico y “objetivo” posible. La razón de ello se encuentra en la doble naturaleza del viaje exploratorio: si por un lado debe indicar coordenadas y ubicaciones geográficas precisas, dar cuenta de los elementos exóticos que se encuentran allí y catalogarlos dando a entender la función del conocimiento científico, por otro lado funciona también como apropiación y demarcación de territorios para la Corona con miras a la expansión imperialista y hegemónica sobre los países no civilizados. Esta dominación cultural se apoya en la experiencia individual del que relata para la metrópolis, legitimando su imperante ideología.

De esta forma, el discurso científico tiene como ejes centrales la observación y sistematización de la naturaleza en un orden. Es  mediante la nominalización y la comparación también que se puede llegar a hacer inteligible el descubrimiento de la flora y fauna de un territorio desconocido. El parámetro, en dichos casos, es centrífugo; es decir, siempre está centrado desde el europeo hacia afuera. Si se refiere a elementos naturales, entonces la comparación se utiliza en relación al Systema Naturae de Linneo, catálogo exhaustivo de la naturaleza que se había divulgado por toda Europa, y que alimentaba la idea del conocimiento científico como motor del progreso: “(…) Todos los árboles pertenecían a una especie, el Fagus betuloides, porque el número de otras especies de Fagus y el de Drynis winteri carecía de importancia. (…)”. Si se refiere, por otro lado, a las personas que pueblan el territorio, lo hará comparándolas con el modelo europeo:

El viejo llevaba atada alrededor de la cabeza una cinta con plumas blancas, sujetando en parte sus negros, ásperos y enmarañados cabellos. (…) Los otros dos hombres se adornaban con anchas rayas de polvo negro, hecho de carbón vegetal. El grupo se parecía mucho a los diablos que salen a escena en Der Freischütz. (…)[14]

El poder del hombre civilizado reside en la capacidad de  establecer el orden en el desorden gracias a que él encarna la medida justa de equilibrio en el mundo. La nominalización permite, en este caso, dejar una huella o marca sobre el elemento natural, apropiándose del mismo para los planes colonialistas del discurso científico sobre lo Otro. Estos recursos permiten entrever, en el intento de “objetividad” de los viajeros colonizadores, un discurso científico que en realidad legitima no sólo un modo de conocer, sino principalmente un modo de supremacía de la identidad europea por sobre las demás. En estos términos, las relaciones con el Otro estarán signadas por la negación a su propia inteligibilidad:

(…) Estos pobres desgraciados se habían quedado raquíticos; sus horribles rostros estaban embadurnados de pintura blanca; sus pieles eran sucias y grasientas; el cabello, enmarañado; las voces, discordantes, y sus gestos, violentos. Al ver tan repugnantes cataduras cuesta creer que sean seres humanos y habitantes del mismo mundo.(…)[15]

Como puede verse a partir de la cita, el Otro no existe en los términos que los concebimos hoy día. Es construido a partir de un Yo que se coloca en un plano de superioridad y de juicio frente a los objetos. Por otro lado, el relato está mediatizado por una voz europea que se desplaza en un sistema de valores, parámetros, y reglas que el Otro no comparte, y  que justamente por construirse desde aquella diferencia, juzga y domina: “(…) No tenemos razones para suponer que tengan alguna clase de culto. (…) [L]as diversas tribus no tienen gobierno ni jefe. (…) Desconocen el amor al hogar (…) y son extraños a las afecciones domésticas.” Por ello el campo semántico que utiliza para describirlos se basa en lo grotesco, lo deforme y lo animalizado: “(…) El capitán Cook lo ha comparado al carraspeo que se hace al limpiarse la garganta; pero puedo asegurar que jamás oí a ningún europeo limpiarse la garganta con sonidos tan broncos, guturales y crepitantes. (…)”. Aquí, cuando se refiere al lenguaje de los nativos, impone culturalmente (comparándola) su propia lengua y desvaloriza la lengua ajena. La misma es descripta como inhumana y desarticulada. No son más que balbuceos incoherentes. Así, en los distintos planos, excluye al otro denigrándolo  y relegándolo al ámbito de lo salvaje y lo bárbaro. Ejemplos de ello se encuentran por doquier en el diario de viaje de Darwin, pero es interesante llamar la atención sobre el personaje de Jemmy Button, cuyo nombre como bien explica el expedicionario naturalista, era la “denominación alusiva a su precio de compra”. Puede verse claramente, entonces, cómo la idea de la mercancía atraviesa a los sujetos hasta el grado máximo de anular su identidad y dejar en ellos sólo una cáscara vacía, sólo el nombre (impuesto) que le adjudica la palabra que detenta el poder, el orden y el progreso. No sólo el desdichado prisionero es apropiado en tanto “acto de nominalización” por los europeos sino que además es despojado de su esencia indígena para ser vestido luego con valores occidentales ajenos a su propia cultura (ya que lo trasladan a Europa para que aprenda de la civilización y no de la barbarie). Tanto es así que su Yo desaparece como tal, y ni siquiera sus familiares y conocidos logran reconocerlo; por ello, es objeto de burla y de risa. Lo más trágico que ocurre con este personaje, no obstante, es que al negar, y en efecto negarse, su identidad (todo aquello que lo define y que lo construye como individuo) y al perder su habla adoptando la lengua inglesa, es incapaz luego de comprender su lengua madre y por ende, de comunicarse con los demás nativos de la región. El europeo le arranca el elemento más constitutivo del ser humano: el lenguaje. Jemmy Button pierde así, para siempre, la libertad de poder realizarse.

En resumen, tanto en el relato de Darwin como en la novela de Defoe se niega al Otro ya que no se reconoce su dignidad ni su alteridad. El Yo es encarnado por el europeo y el Otro es encarnado por el pueblo del mundo periférico dominado. Los “Yoes” son construcciones basadas en los parámetros de un sistema de creencias y de reglas de la razón que los Otros no comparten por ser diferentes. En Darwin y en Defoe se construye una barrera a la alteridad, la cual constituye la cara dominada, explotada y encubierta, a la que se le niega la existencia de una sustancia realmente otra, que pueda “no ser un simple estado imperfecto de uno mismo”[16].

En diálogo con esta mirada sobre la alteridad, hegemónica y asimétrica, Colón también describe a los Otros, los americanos, utilizando un punto de vista que se basa en estados momentáneos del individuo y no en características estables. Lo que Colón realiza tanto como Darwin y Defoe, como sostiene Todorov en La Conquista de América: el problema del otro, es “una apreciación pragmática de la situación y no del deseo de conocer y comprender”[17]. Los tres contribuyen al mito del buen salvaje. El Otro no es un individuo: es un espacio sobre el que se proyectan los propios valores. Y aún así, es una versión desmejorada de uno mismo. La diferencia del Otro se traduce inmediatamente en términos de superioridad e inferioridad. Tanto en un texto como en el otro, la ideología esclavista, de sumisión de lo diferente, de la desigualdad y de la inferioridad, está vivamente presente:

[A los transportadores] se les pedía podrían pagar en esclavos de estos caníbales, gente tan fiera y dispuesta y bien proporcionada, los cuales, quitados de aquella inhumanidad, creemos que serán mejores que otros ningunos esclavos.” (Memorial a Antonio de Torres, 30.1.1494)[18]

Tal como señala Todorov: “La alteridad humana se revela y se niega a la vez. (…) El europeo ha hecho un esfuerzo por asimilar al otro y hacer desaparecer su alteridad exterior. (…) Colón ha descubierto a América, pero no a los americanos.”[19]

Continuando con el eje de análisis anteriormente expuesto, se presenta Hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon. Novela publicada en 1937 perteneciente al género de ciencia-ficción, propone la búsqueda del origen del Cosmos y de la finalidad de la existencia mediante el viaje ya no físico, sino mental. A través de dicho argumento, el autor deja entrever a lo largo de los capítulos que se suceden, su propia comprensión de la alteridad. Y menciono la palabra “comprensión” precisamente porque aquí es donde el Otro tiene el espacio para ser reconocido y aceptado en su plenitud, sin reservas. Es a través de una forma cooperativa de conocimiento que la posibilidad de entender otras experiencias y otros lenguajes (no articulados, sino sensoriales, telepáticos) es realizable:

(…) Comprendí con dolorosa claridad que el propósito de mi peregrinación no era el de una simple observación científica, sino también el de efectuar alguna especie de tráfico mental y espiritual con otros mundos, en busca de un enriquecimiento mutuo y una cierta comunidad. (…)[20]

Puede decirse, entonces, que el yo experimenta una descentración de sí mismo a través del entendimiento para con los demás. El eje propio se desplaza hacia afuera y la zona de contacto estalla por todas partes. Aquí es donde se vive la igualdad en la diferencia, sin que ambas degeneren en estratos de superioridad e inferioridad. La unidad que fomenta la comunidad, concepto que aparece en sintonía con la construcción de la otredad, no implica necesariamente identidad para con el Otro: las configuraciones personales no se pierden, ni se diluyen, ni son borradas por la pluma y la palabra. Como la voz narradora menciona:

(…) Cada uno de nosotros era consciente de sí mismo y del otro como un ser separado. (…) Esa interpenetración mental no sólo sumó sino que hasta multiplicó la riqueza de nuestro pensamiento; pues uno no sólo no se veía interiormente a sí mismo y veía al otro: experimentaba también aquella armonía en contrapunto de la relación. (…)[21]

El modelo igualitarista que plantea Stapledon busca encontrar el sentido de lo social sin perder de vista la esencia de lo individual. Es por ello que ninguna de las voces reduce a la otra al estado de simple objeto, ni tampoco saca ventajas de la exterioridad respecto del otro. Como menciona Bajtín en su concepto de exotopía, constituye una verdadera afirmación de la exterioridad del otro que corre pareja con su reconocimiento en tanto sujeto. Incluso el propio lenguaje utilizado en la novela se muestra insuficiente para dar cuenta de esa alteridad. Aquí se tiene en cuenta tanto los contactos con las estrellas, como con las nebulosas, los mundos simbióticos, las relaciones con las galaxias, y en última instancia con el Hacedor supremo. Las experiencias de viajes interestelares, tan alejadas de la mente humana, se presentan tan inasibles como poderosamente magnéticas, lo que produce que la voz narradora (consciente de su incapacidad para abarcar la realidad que vive) aun así quiera relatarla:

(…) No hay en el lenguaje humano términos que puedan describir adecuadamente nuestra peculiar relación (…)[22]

(…) El lenguaje humano y el pensamiento humano son por naturaleza incapaces de alcanzar la verdad metafísica, pero es indispensable que intente aquí expresar algo, aunque sólo sea por medio de metáforas. (…)[23]

(…) Aún atribuirles pensamientos o deseos de cualquier especie sería quizá algo groseramente antropomórfico, pero es imposible hablar de sus experiencias en otros términos. (…)[24]

El discurso ya no se configura como un juicio o una imposición sino como una puerta de entrada a otros seres y a otros mundos. De esta forma, puede decirse que la voz narradora da cuenta del punto de vista que posee pero no se posiciona en un plano superior frente a las demás voces; muy por el contrario, deja que éstas hablen y enuncien su experiencia. Es aquí donde se utiliza la comparación en forma positiva para describir, por ejemplo, a los Otros Hombres:

“ (…) El planeta, que era esencialmente de tipo terrestre, había producido una raza esencialmente humana en otro tono, podría decirse. Los continentes, tan poblados como los nuestros, estaban habitados por una raza de tan diversos tipos como el Homo Sapiens. (…) Su naturaleza animal era en el fondo muy similar a la nuestra. Reaccionaban con ira, miedo, odio, ternura, curiosidad, de un modo semejante al nuestro. (…)[25]

El recurso de la comparación permite aprehender las idiosincracias de los seres que rodean al narrador, el cual se diferencia y toma distancia de voces narradoras presentes en obras como las pertenecientes a Darwin o a Defoe, debido a su afán de conocer y conformar un todo, contrario a la dominación y el subyugamiento de los demás. Es en dicho afán que surge el pronombre “nosotros” como símbolo de integración y cooperativismo:

“(…) Aunque se nos podía aplicar el término “yo” a todos colectivamente, el pronombre “nosotros” también nos era adecuado. (…) Aunque no había más que un “yo” comunal, éramos también un variado y múltiple “nosotros”, una compañía de muy diversas personalidades, cada una de las cuales expresaba creativamente su propia y única contribución a la exploración cósmica, mientras que a la vez nos sentíamos unidos por una trama de sutiles relaciones personales. (…)”[26]

Siguiendo esta línea, es significativo remarcar el hecho de los viajes mentales, que posibilitan otras formas de conocer y reconocer al Otro en términos de conexiones interpersonales, de sensaciones y de experiencias más allá del alcance humano. Dado que aquí el asimilacionismo no se presenta en tanto recurso por la fuerza, sino al contrario, como una herramienta más al servicio de las necesidades, valores y creencias de seres de mundos muy distintos, la desigualdad y la sumisión no encuentran territorio posible para asentar y expandir su dominio al orbe entero: el “nosotros”, mediante la unidad comunal, otorga la palabra a cada uno por igual. En este sentido, el pronombre plural puede entenderse como una forma de inteligibilidad que la comunidad crea y que le habilita no sólo entender al Otro, sino abrirse hacia los demás: la posibilidad de riqueza y entendimiento de ambas partes permitirán desentrañar el origen de los seres y su razón de ser en el Universo.

A modo de coda, este ensayo intentó mostrar las dos formas posibles de concebir a la alteridad basándose en dos esferas contrarias y opuestas: la primera, con el rechazo y la negación hacia el Otro en las obras y escritos de Darwin, Defoe, y Colón, y la segunda, mediante el diálogo, la aceptación y el reconocimiento en la novela de Stapledon. Es posible entonces, si se quiere, delimitar ambas orillas. En una de ellas se abusa y explota al  Otro a través de la condición europea que justifica y perpetúa accionares “científicos” dominantes de la civilización de la metrópolis: aquí otro pronombre distinto del Yo no tiene margen posible. Sin embargo, en la otra orilla, la visión es diferente: las identidades propias, únicas, irrepetibles, son respetadas al mismo tiempo que las comunidades que conforman. Es un “nosotros” y no un único pronombre personal replegado sobre sí mismo, el que permite la libertad, la conexión y la integración de todos por igual en un sistema comunal equitativo y solidario. La idea de vivir y convivir en la diferencia ya no es utópica sino real. Al destino trágico de Jemmy Button le hacen justicia las estrellas.

Referencias bibliográficas

CICERCHIA, R. (2005). Viajeros: Ilustrados y románticos en la imaginación nacional. Buenos Aires: Troquel.

DARWIN, C. (2000). “Capítulo X” en: Diario de viaje de un naturalista alrededor del mundo (Juan Mateos, trad.). Recuperado de: http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/D/Darwin,%20Charles%20-%20Diario%20viaje%20de%20un%20naturalista.pdf (Obra originalmente publicada en 1832).

DEFOE, D. (2010). Robinson Crusoe. (Martha Eguía, trad.). Buenos Aires: Terramar Ediciones. (Obra original publicada en 1719).

EAGLETON, T. (2009). “Daniel Defoe y Jonathan Swift” en: La novela inglesa. Madrid: Akal.

PRATT, M. L. (2010). Ojos imperiales. Literatura de viajes y transculturación. (León  Felipe Solar-Fonseca, trad.). México: Fondo de Cultura Económica. (Obra original publicada en 1992).

STAPLEDON, O. (1965). Hacedor de estrellas. (Gregorio Lemos, trad.). Buenos Aires: Minotauro Ediciones. (Obra original publicada en 1937).

TODOROV, T. (2012). La conquista de América: el problema del otro. Buenos Aires:

Siglo Veintiuno Editores.

WATT, I. (2003). “Robinson Crusoe: individualismo y novela” en: Mitos del individualismo moderno. (Míguel Martínez Lage, trad.). Buenos Aires: Akal.

NOTAS:

[1] Este trabajo corresponde al desarrollo del examen final de la materia Literatura Inglesa (FFyL, UBA) de la estudiante de la Carrera de Letras Alejandra Suyai Romano; contacto: alejandrasromano@gmail.com.

[2] Concepto presente en  Watt, I. (2003). “Robinson Crusoe: individualismo y novela” en: Mitos del individualismo moderno. (Míguel Martínez Lage, trad.). Buenos Aires: Akal.

[3] Eagleton, T. (2009). “Daniel Defoe y Jonathan Swift” en: La novela inglesa. Madrid: Akal, pg. 87.

[4] Pratt, M. L. (2010). Ojos imperiales. Literatura de viajes y transculturación. México: Fondo de Cultura Económica. pg. 124

[5] Defoe, D. (2010). Robinson Crusoe. Buenos Aires: Terramar Ediciones, pg. 149.

[6] Ibídem, pg. 192.

[7] Eagleton, T. (2009). “Daniel Defoe y Jonathan Swift” en: La novela inglesa. Madrid: Akal, pg. 52.

[8] Defoe, D. (2010). Robinson Crusoe. Buenos Aires: Terramar Ediciones, pg. 225.

[9] Ibídem, pg. 193.

[10] Ídem.

[11] Cichercia, R. (2005). Viajeros: Ilustrados y románticos en la imaginación nacional. Buenos Aires: Troquel. pg. 58.

[12] Ídem.

[13] Darwin, C. (2000). “Capítulo X” en: Diario de viaje de un naturalista alrededor del mundo. (Juan Mateos, trad.). Recuperado de: http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/D/Darwin,%20Charles%20-%20Diario%20viaje%20de%20un%20naturalista.pdf (Obra originalmente publicada en 1832). pg. 254.

[14] Ídem..

[15] Ibídem, pg. 264

[16] Todorov, T. (2012). La conquista de América: el problema del otro. Buenos Aires: Siglo Veintiuno Editores, pg. 56.

[17]  Ibídem, pg.51.

[18] Ibídem, pg. 60.

[19] Ibídem, pg. 63.

[20] Stapledon, O. (1965). Hacedor de estrellas. (Gregorio Lemos, trad.). Buenos Aires: Minotauro Ediciones. (Obra original publicada en 1937), pg. 36.

[21] Ibídem, pg. 73.

[22] Ibídem, pg. 142.

[23] Ibídem, pg. 246.

[24] Ibídem, pg. 210

[25] Ibídem, pg. 40

[26] Ibídem, pg. 143.

Autor: literatura inglesa

Cátedra de Literatura inglesa de la Universidad de Buenos Aires. Publicación de artículos, notas y trabajos monográficos de profesores y alumnos y de información de interés inherente a la materia.

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