Imperio, revolución y catástrofe en la ficción especulativa neovictoriana

Imperio, revolución y catástrofe en la ficción especulativa neovictoriana: el eterno retorno de la utopía en The Warlord of the Air (1971), de Michael Moorcock

por Alejandro Goldzycher (1)

 “Every dream of perfection contains a nightmare of imperfection”

(Moorcock, 1995a: 114)

Steampunk - Blimp - Airship Maximus, por Mike Savad

Desde su emergencia en la década de 1970 (según una periodización posible) hasta, por lo menos, mediados de los 2000 (cuando la eclosión de la subcultura homónima la convirtió, para algunos negativamente, en un fenómeno de otra envergadura y naturaleza), la ficción steampunk hizo de la literatura británica del siglo XIX y de comienzos del XX no sólo su principal fuente de inspiración, sino también un campo de operaciones de apropiación y de crítica que inscriben cierta idea del pasado victoriano-eduardiano –evocado como “la era del vapor [steam]” mediante una conjunción de procedimientos de pastiche, reflexión metahistórica y especulación retrofuturista– en un presente marcado por el trauma de las guerras mundiales, el terror nuclear, los nuevos avances tecnológicos, la inminencia del milenio y el entramado cultural de lo que cierta moda académica llamó “la posmodernidad”. En sus mundos saturados de referencias y de color de época, las figuras históricas (a menudo muy ficcionalizadas y difícilmente atribuibles a un mismo “período”) se confunden con personajes de ficción (tomados directamente, a veces, de sus fuentes literarias) entre las calles de una hiperbólica Londres seudovictoriana y las geografías casi míticas del Imperio. En esta clave se moviliza una enciclopedia que comprende la imaginería, los rasgos estilísticos y estructurales y el legado de “géneros” (valga la etiqueta) como la literatura de invasión, la novela imperial, el verneano voyage extraordinaire, la sensation novel, el scientific romance, la dime novel y el penny dreadful, la expedición polar o el gótico tardovictoriano.

Los esfuerzos (casi siempre extraacadémicos) por dar con una definición última de “lo steampunk” no han sido particularmente fructíferos, más allá de ciertas intuiciones generales más o menos consensuadas. Pero sí es posible rastrear los usos concretos del término y la forma en que su sentido fue mutando (o no) a través de los años. La palabra fue acuñada por K. W. Jeter en una carta a la revista Locus en 1987 en referencia a ciertas “fantasías victorianas” escritas por él (Morlock Night, 1979; Infernal Devices, 1987) y por sus amigos y colegas Tim Powers (The Anubis Gates, 1983) y James Blaylock (Homunculus, 1986) (cfr. Jeter, 1987). Aunque la circulación del término continuó siendo (por el momento) muy restringida, ya la Encyclopedia of Science Fiction (1993) de Peter Nicholls ofreció una definición que todavía hoy conserva cierta vigencia. El primer empleo de la palabra “steampunk” en el título de una obra data de la publicación de The Steampunk Trilogy (1995), de Paul di Filippo. Esa misma década vio la convergencia entre la estética neovictoriana y los aportes de la corriente cyberpunk (y más tarde del post-cyberpunk) con hitos como The Difference Engine (1990), de William Gibson y Bruce Sterling, y The Diamond Age: Or, A Young Lady’s Illustrated Primer (1995), de Neal Stephenson. Paralelamente continuó desarrollándose –a través de obras como Anno Dracula (1992), de Kim Newman– lo que más tarde se conocería como “gaslamp fantasy” o “gaslight romance”, fenómeno muy afín al anterior (e incluso parcialmente superpuesto) cuyo nombre subraya cierto predominio del elemento gótico o sobrenatural, en contraste con los tropes de ciencia ficción que el steampunk cultivaría más característicamente. A mediados de la década del 2000, coincidiendo ya con el florecimiento de la subcultura steampunk, la producción de obras concebidas y consumidas específicamente bajo ese rótulo alcanzó una escala sin precedentes, aunque ahora como parte de un fenómeno mucho más amplio (sin siquiera ser su expresión más reconocible o representativa). De ahí que se haya hablado de una “segunda ola” de ficción steampunk, una que habría perdido de vista el cuestionamiento o la reelaboración de un conjunto de hipotextos “decimonónicos” –hacia los cuales habría tendido a fugarse la referencialidad de la producción anterior– para refugiarse en un repertorio de fórmulas de probada eficacia en un emergente mercado juvenil (cfr. Nevins, 2008; Stross, 2010; Roland, 2014). Paradójicamente, fue esa misma expansión subcultural lo que contribuyó a visibilizar (e incluso a configurar) aquella trama de “precursores” literarios frente a la que un diagnóstico como el anterior la compararía negativamente.

Laptop steampunk de Doc Datamancer - Decoración de interiores steampunk

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