Lawrence Durrell: el gran olvidado de la literatura inglesa

Fue el autor de un experimento extraordinario como el “Cuarteto de Alejandría”, además de un escritor cosmopolita y desopilante. En el año de su centenario, un homenaje.

POR JORGE FONDEBRIDER

Los centenarios son excusas para recordar algo que decidimos digno de ser recordado. En el caso de los centenarios de artistas, se trata de una buena excusa para que diversas instituciones les rindan homenajes dedicándoles una exposición, una serie de conciertos, un ciclo de conferencias, o todo eso junto. También para que editoriales y discográficas recurran a sus catálogos largamente amortizados y aprovechen la atención que, al menos por unos meses, se les presta a esos artistas, para reponer en el mercado obras que sin la eventualidad del centenario suelen faltar y así incrementar las ganancias. Pero, como en todo, hay centenarios de primera, de segunda y de tercera.
¿En cuál de estas categorías entra el centenario de Lawrence Durrell (Jalandhar, India, 1912- Sommières, Francia, 1990), escritor británico que a principios de la década de 1960, con la publicación Justine (1957), Balthazar (1958), Mountolive (1958) y Clea (1960), las cuatro novelas que componen su extraordinario “Cuarteto de Alejandría”, logró una repercusión mundial a la que pocos acceden? Su celebridad, en un momento en que la novela europea como género entraba en un cono de sombra, se debió fundamentalmente a un sencillo experimento al que antes nadie había recurrido. Durrell escribió una novela con un narrador en primera persona, cuyo relato es criticado en la segunda novela por un personaje de la primera, quien agrega una perspectiva del todo diferente a los hechos mencionados. Luego, en la tercera novela, volvió a contar la historia, pero esta vez desde la perspectiva de un personaje secundario, sólo mencionado en los dos primeros libros, a quien le presta voz un narrador omnisciente, que corrige la supuesta trama de los dos primeros libros. Todo ese relativismo se resuelve en la cuarta novela, en que se retoma el narrador de la primera, quien completa la historia. Pero no se trataba solamente de un alarde de técnica. Gran estilista –a quien sus traductores Aurora Bernárdez, Santiago Ferrari y Matilde Horne le prestaron sus voces con maestría–, era capaz de párrafos como éste: “Cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones; el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta, más allá de la escollera. Pero hay más de cinco sexos y sólo el griego del pueblo parece capaz de distinguirlos. La mercadería sexual al alcance de la mano es desconcertante por su variedad y profusión. Es imposible confundir a Alejandría con un lugar placentero. Los amantes simbólicos del mundo helénico son sustituidos por algo distinto, algo sutilmente andrógino, vuelto sobre sí mismo. Oriente no puede disfrutar de la dulce anarquía del cuerpo, porque ha oído más allá del cuerpo”. O si no: “ ‘Con una mujer sólo se pueden hacer tres cosas’, dijo Clea en una ocasión: ‘Quererla, sufrir o hacer literatura’.”

La vida de un cosmopolita

Y no es que Durrell haya escrito solamente eso, ya que fue un escritor prolífico. Como novelista, entre 1935 y 1957, publicó cinco novelas, a las que se suman las que integran el “Cuarteto de Alejandría”, las dos que forman parte de “La revuelta de Afrodita” y las cinco que constituyen el “Quinteto de Aviñón”; como poeta, desde 1931 hasta 1972 publicó ocho colecciones de poemas, que se resumen en sus Collected Poems: 1931-1974, editados por James A. Brigham; como dramaturgo, entre 1933 y 1964, escribió cuatro piezas, y como humorista, tiene cuatro colecciones de historias, muchas de las cuales son realmente desopilantes.

Pero hay más, porque fue un inveterado cosmopolita, tal como lo testimonian los siete volúmenes que documentan su paso por Grecia, Chipre, Italia, Serbia, etc. Su infancia transcurrió en la India, donde su padre se desempeñaba como empleado colonial. Luego de estudiar en Inglaterra y de fracasar en la universidad, se casó y huyó “del clima y de la idiotizante vida cultural inglesa; o sea, de la muerte británica” y se fue con su familia a Corfú, Grecia, donde se dedicó a escribir. Una muy divertida perspectiva de esos años la ofrece Mi familia y otros animales, la hilarante crónica de Gerald Durrell, hermano menor y, en el futuro, célebre zoólogo. Por ese entonces, Durrell conoce a Henry Miller y ambos escritores establecen una amistad que durará hasta el final de la vida de ambos.

Comenzada la Segunda Guerra, tanto la madre como los hermanos de Durrell vuelven a Gran Bretaña. El permanece con su esposa en Corfú hasta la caída de Grecia. Huyen a Creta y luego a Egipto. En este último país, Durrell se conchaba como agregado de prensa en la embajada británica en El Cairo y, más tarde, en Alejandría, lo que le permitirá, terminada la guerra, dirigir las filiales del British Council de Kalamata. Por extraño que hoy parezca, Durrell también vivió en nuestro país entre febrero de 1947 y diciembre de 1948. Acá llegó para hacerse cargo de las oficinas de la ciudad de Córdoba y para dictar conferencias sobre poesía contemporánea. Durante su breve y atormentada estadía le comunicó sus impresiones a su amigo Henry Miller, quien por entonces vivía en su casa de Big Sur, California. Como lo demuestran los dos fragmentos de cartas que se reproducen, tres meses de peronismo le resultaron suficientes: “Querido Henry: Sólo para decirte que hemos llegado y que la dirección es correcta. Este es un país perfectamente fantástico, pero lo mismo ocurre con todo el continente. Lo interesante es la curiosa liviandad de la atmósfera espiritual: uno se siente animado, irresponsable, como un balón de hidrógeno. Y además se percata de que el tipo personal de hombre europeo está aquí fuera de lugar: aquí uno no puede sufrir de angst, apenas de cafard. […] [Noviembre-diciembre de 1947]. Y ya en marzo de 1948: “Henry: [Buenos Aires es] climáticamente un infierno y moralmente el último círculo del infierno. Todo el que tiene alguna sensibilidad está tratando de salir de aquí, incluso yo. Creo que preferiría arriesgarme a la bomba atómica antes que permanecer aquí. Es tan muerto…”. A la Argentina la siguió Chipre y a ésta, el sur de Francia, donde terminó sus días.

In memoriam

Profusamente traducido en su tiempo –en la Argentina, fundamentalmente por los nombrados y por Leal Rey y Floreal Mazía, una década antes que en España–, hoy, como muchos de los que lo precedieron y no pocos de entre sus contemporáneos, parece relegado por los autores que el presente puso de moda –Martin Amis, Ian McEwan y Julian Barnes, por ejemplo– o por esos nuevos británicos venidos de las provincias del antiguo imperio, como Salman Rudshie, Hanif Kureishi o Kazuo Ishiguro, a quienes este inglés que detestaba profundamente a Inglaterra seguramente habría podido decirles algo. Quizás por eso, además de la reedición de algunos de sus libros, de una gran exposición comenzada en el mes de junio en la librería Foley’s, de Londres, y por nuevos archivos sonoros preparados por la National Library de Gran Bretaña, se anuncia la première internacional en en Lisboa de Sappho, la ópera en tres actos que escribió en 1963 la compositora australiana Peggy Glanville-Hicks sobre libreto de Durrell, para la San Francisco Opera, nunca estrenada en vida de sus autores.