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En la pestaña “2das. Jornadas Beckett: Videos y materiales diversos” podés encontrar los links que te permiten escuchar o volver a escuchar algunas de las presentaciones hechas a lo largo de los encuentros.

jornadas

Ensueño de la era espacial: Bowie by Mick Rock en Buenos Aires

por Noelia Fernández[1]

What I’m doing is theatre, and only theatre
 (…) I’m using myself as a canvas and trying to paint the truth of our time on it.
(David Bowie, Daily Express, 1976).

Podría decirse que el lenguaje de las imágenes dialoga permanentemente con otros discursos. La música popular –y especialmente, la cultura rock- siempre se sostuvo sobre la base de la creación visual y conceptual de identidades alternativas y personajes diferentes que, inclusive, aparecen fuertemente disociados de sus intérpretes. David Bowie formó parte de un movimiento cultural que se empeñó en conjugar todo el tiempo lo que decía con lo que mostraba y cuya simbiosis entre imagen, discurso y sonido encontró la síntesis perfecta (Devereux, Dillane y Power, 2017: 58). Ziggy Stardust fue el resultado de esa síntesis y el fotógrafo Mick Rock el que mejor supo comprenderla y transmitirla.

DSC04966El jueves 4 de mayo pasé brevemente por la Feria del Libro -cita obligada de todos los años- y compré el último ejemplar de Simon ReynoldsComo un golpe de rayo. El glam y su legado, de los setenta al siglo XXI. Ese mismo día quedó oficialmente inaugurada en el predio ferial de Palermo la muestra Bowie by Mick Rock, que podrá visitarse hasta fin de mes y a la cual me dirigí después de mi valiosa adquisición. Se trata de una colección que visibiliza el excelente trabajo fotográfico por parte de quien fuera, además, un privilegiado amigo personal de David Bowie.

En la exposición, que se ubica dentro del pabellón 8, suena todo el tiempo la música del Thin White Duke, y ya a los costados de la entrada es posible apreciar dos majestuosas gigantografías que reproducen la famosa serie del saxofón. Una maqueta ubicada en el hall central expone un rayo inmenso, símbolo de Ziggy. Diversas paredes reproducen, entre las fotos, fragmentos de sus letras y declaraciones tanto del propio músico como de su fotógrafo. Una de ellas registra, por ejemplo, el interesante pedido de Bowie a Rock que podría entenderse como una definición que marcó el camino: “Mick, fotografiame como yo me veo a mí mismo”.

Hay que decirlo; la curaduría de la muestra no es de lo mejor, sobre todo en la inadecuada iluminación, que proyecta sombras sobre las imágenes gigantografiadas. Sin embargo, las fotos en sí mismas exponen claramente algo inapelable; y es que más allá de su trabajo como intérprete, instrumentista, compositor y letrista, Bowie fue, en sí mismo, una obra de arte, alguien que hizo de su propia persona, de su propio cuerpo, un manifiesto artístico; y este aspecto lo asemeja, en cierto modo, a Oscar Wilde. Wilde no sólo criticaba y satirizaba a la sociedad de su tiempo mediante la palabra; también creó una imagen, pero, particularmente, en el caso de Bowie, no se trata de una obra estática, sino dinámica, y cuyos vertiginosos e interminables cambios quedaron paradójicamente instalados sobre su propia efigie como capas geológicas que, sin embargo, nunca entraron en conflicto. Bowie es, al mismo tiempo y en cada uno de los momentos que esas imágenes retratan, todos los Bowies que hemos conocido: una estrella de la música popular, o tal vez del cine mudo, una Marlene Dietrich del glam rock; un hippie, un mod, un hombre y una mujer. David Jones supo, indudablemente, navegar sin dificultad en el juego de las identidades e hizo de sí mismo un ícono que llevó al extremo la máxima wildeana según la cual la autenticidad, en el terreno del arte, no es otra cosa que su absoluta falsedad. (I’m an alligator, I’m a mama-papa coming for you I’m the space invader, I’ll be a rock ‘n’ rollin’ bitch for you, canta en “Moonage Daydream”), y es evidente, contemplando el trabajo de Mick Rock, que éste fue quien conoció, entendió y retrató mejor que nadie esa multiplicidad de roles. Si se pudiera considerar al propio Bowie como un “objeto artístico”, uno hasta se atrevería a afirmar –forzando algo caprichosamente la teoría benjaminiana- que la reproducción técnica de su imagen a través de esta lente sí ha logrado preservar el valor aurático del original; su auténtica, única e irrepetible magia.

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El espacio donde se exhibe la muestra cuenta con dos pequeños auditorios donde se puede disfrutar de los video-clips que el propio Mick Rock filmó durante la carrera de Bowie, incluida su nueva versión del clásico “Life on Mars?”, con un montaje distinto y sorprendente, estrenada el año pasado. También se proyecta, en continuado, Shot! The Psycho Spiritual Mantra of Rock; un documental que fue exhibido por primera vez en Argentina durante el último BAFICI. El film narra la carrera del fotógrafo y dedica, por supuesto, una parte muy importante a su relación de amistad y trabajo con Bowie.

Pero si algo tiene de interesante esta exhibición fotográfica es, sumada a la calidad de las imágenes y a la cantidad de freaks que la visitan, una charla abierta y distendida que el propio artista ofrece en el día de la inauguración. Entre otros aspectos para destacar, aclara que sus fotos fueron adquiriendo su actual valor artístico con el paso del tiempo, pues en la década del ’70, cuando fueron tomadas, la fotografía de rock no se consideraba una obra de arte en sí misma.

Además, Rock menciona un aspecto fundamental, que es la gran influencia que el teatro kabuki tuvo sobre la imagen de Bowie, no sólo en cuanto al uso del maquillaje sino en el juego con la dualidad de género, ya que los personajes femeninos, en el teatro japonés –como en el del Renacimiento inglés- eran interpretados por varones. Como bien se sabe, este fue un rasgo central de Ziggy Stardust que Bowie no dejó de seguir explotando a lo largo de toda su carrera, aún después de haber matado al personaje.

Las imágenes, ordenadas cronológicamente, registran no sólo la metamorfosis del músico en su creación de Ziggy sino que retratan, también, los vínculos que Bowie supo construir en el mundo del rock: su relación de amistad con Mick Jagger,  Lou Reed e Iggy Pop, un camarín donde recibe la ilustre visita del Beatle Ringo Starr, y muchos momentos compartidos dentro y fuera del escenario con su principal partenaire de los Spiders from Mars, el singular guitarrista Mick Ronson. Una gema de la colección es, en este sentido, la ya clásica foto que inmortalizó, durante un concierto en vivo, el osado y posteriormente celebrado –aunque supuestamente espontáneo- simulacro de “fellatio” entre el guitarrista y Bowie, imagen que se transformaría, tiempo después, en ícono clave de la cultura glam; la expresión más acabada de una superchería pop. Y es dicha superchería lo que Bowie by Mick Rock celebra con ardoroso entusiasmo, mediatizada por el ojo agudo del fotógrafo y sintetiza en la idea de que “there is no line between art and life” (Morley, 2016: 315).

Bibliografía

Devereux, Eoin, Dillane, Aileen and Power, Martin (2017). David Bowie: Critical Perspectives. New York: Routledge.

Morley, Paul (2016). The Age of Bowie. How David Bowie Made a World of Difference. London: Simon & Schuster.

Reinolds, Simon (2017). Como un golpe de rayo. El glam y su legado de los setenta al siglo XXI. Buenos Aires: Caja Negra.

[1] La Prof. Noelia Fernández se desempeña como Ayudante de 1ra. en la Cátedra de Literatura Inglesa (FFyL, UBA).

Sueños y visiones: sus re-escrituras

Sueños y visiones: sus re-escrituras

de Florencia Badaracco[1]

 
En el presente trabajo se intentará analizar el registro escrito de visiones o sueños centrándose en El libro de Margery Kempe, en el poema “Kubla Khan” de Samuel Taylor Coleridge y en el cuento de Wilkie Collins, “La mujer del sueño”. Observamos que las escrituras del material onírico que aquí se presentan operan como instrumento de la memoria, como herramienta contra el olvido, conectando el espacio de lo onírico o espiritual con el del ámbito de la vigilia o el mundo de los “sentidos externos”. Esta escritura se lleva a cabo en los tres casos por un agente mediador, aunque esta mediación se presente de diversas formas. Es así que se produce una doble traducción. Por un lado, se realiza la primera traducción que es la que opera el soñante al expresar en sus propias palabras las visiones o imágenes oníricas; y luego, la segunda, que es la que el oyente de este relato realiza al pasar esa oralidad a la palabra escrita. Esta operstairsación escrituraria se relaciona con elementos característicos tanto del sueño como de la escritura.

En su estudio, Al Álvarez indica que durante las etapas de sueño las neuronas que se encargan de los procesos de aprendizaje, memoria y atención reducen significativamente su actividad (1997: 131). Esta sería la causa de que, al despertar, el soñante no pueda recordar íntegramente lo soñado ni, en ocasiones, darles un orden lógico a los vagos recuerdos del sueño. Esto resulta en una inevitable traducción y transformación del material onírico que se lleva a cabo al momento del relato del sueño, con la intención de imprimirle un orden lógico. Por otra parte, es característico del sueño que su materia se esfume rápidamente de la mente. Es por esto que la escritura es el método más efectivo contra ese olvido. A su vez, es de recalcar la individualidad de los sueños. Barthes señala “no se sueña de a dos ≠ el sueño separa, solipsiza: es el arquetipo del soliloquio” (2004:91). Es así que la escritura es tanto un registro para la memoria como un medio entre subjetividades: entre lo individual y lo colectivo. Leer más “Sueños y visiones: sus re-escrituras”

Tensiones sobre el orden urbano: entre la ciudad ideal y la ciudad irreal

Tensiones sobre el orden urbano de la ciudad contemporánea en La naranja mecánica y Sábado: entre la ciudad ideal y la ciudad irreal

de Eliana Galanda[1]

             Como afirma Henri Pirenne, ya desde el medioevo, la ciudad, si bien otorga a sus ciudadanos una condición de mayor  libertad con respecto al espacio feudal, también, para mantener la promesa de la paz urbana, comienza a crear sus propias instituciones y dispositivos de control hacia esos individuos (control de impuestos, creación de magistrados, etc.). Esa tensión entre libertad y mecanismos de control, a lo largo de la historia, a partir de la progresión del proceso de secularización, se desarrolla y se crean nuevos mecanismos y normas de control que modifican el modo de circulación de los individuos, relacionando espacio, ley, cuerpo y violencia de modos particulares, creando un sistema urbano “ideal”.

            Ese proceso que desarrolla aquellos mecanismos de control y produce una mayor individuación de los sujetos, lleva a configurar los espacios de la ciudad contemporánea y los andares de sus individuos de un modo más desintegrado. Precisamente, así caracteriza Chueca Goitia a la ciudad de fines del siglo XX, como una “ciudad fragmentaria, caótica, dispersa […]. Consta de áreas indeciblemente congestionadas, con zonas diluidas en el campo circundante. Ni en unas puede darse la vida de relación, por asfixia, ni en otras por descongestión. El hombre, en su jornada diaria, sufre tan contradictorios estímulos que él mismo, a semejanza de la ciudad que habita, acaba por encontrarse totalmente desintegrado”. (Chueca Goitia, 1981:22-23)

            De este modo se crean sistemas urbanos (es decir, el conjunto de mecanismos de control de la ciudad) que no solo van a disponer al espacio (fragmentado) sino que también van a disponer el modo en que los ciudadanos se relacionan entre sí y con ese mismo sistema. En ambas novelas, la relación entre el individuo con otros cuerpos y con el sistema y el espacio, es similar (el orden implica el no contacto de los cuerpos) pero están construidas de modos opuestos ya que están narradas por contrarios puntos de vista; no obstante, ambas encuentran en su figuración de la ciudad una ruptura que confluye en un punto intermedio, en una tensión que permite pensar la contradicción del orden urbano en la ciudad contemporánea.

            16658_sat_fitzroySábado de Ian McEwan está narrada en una tercera persona anclada en el punto de vista de Henry Perowne, un médico que habita un espacio céntrico y acomodado en la ciudad de Londres del siglo XXI. Ese individuo es propuesto en la novela como ciudadano ideal, en tanto que se maneja dentro de un sistema legal, económico y urbano que sostiene el funcionamiento de la ciudad: “Es un ciudadano dócil que observa cómo el leviatán crece mientras él se desliza bajo su sombra en busca de protección” (McEwan, 2008: 213). De este modo, la novela nos hace ingresar por el espacio urbano a través de esa mirada que intenta mantener el orden prometido por la ley urbana y que se esconde bajo la máscara del leviatán. Entonces, el punto de vista de Henry construye un ideal que implica mantener el orden, por un lado, privado del hogar, del auto, del respeto del aislamiento, y por otro lado, implica mantener el orden público, no formando parte de esa masa colectiva en la manifestación contra la participación de Inglaterra en la guerra de Irak (y de este modo, rompiendo el pacto con el leviatán). Leer más “Tensiones sobre el orden urbano: entre la ciudad ideal y la ciudad irreal”

Heathcote Williams

por Matías Carnevale

heathcote-williams-rexVirtualmente desconocido en el ámbito hispanoparlante, Heathcote Williams es un sobreviviente de los sesenta, un Ferlinghetti inglés sin librería ni (en apariencia) un grupo de seguidores o amigos que divulguen su poesía más allá de los confines de las islas británicas. Nacido en Helsby en 1941, asistió a Eton, uno de los colegios más exclusivos del sistema educativo inglés, sólo para rebelarse y crecer como un polifacético polemista: dramaturgo, poeta, escritor de canciones, anarquista antimonárquico. Entre sus obras encontramos Whale Nation (1988), Sacred Elephant (1989), Autogeddon (1991), su trilogía del medioambiente, y Royal Babylon (2012), que expone “los antecedentes criminales de la realeza británica”.

Educado y divertido, Williams respondió por escrito a algunas preguntas que tienen la intención de echar un poco de luz sobre el contexto de su poema Autogedón, recientemente publicado en Argentina por la editorial El Pasquín.

  1. ¿Cómo diste con la idea de un autogedón?

Estaba leyendo algo sobre George III, quien creía que la minería de carbón iba a incendiar a Inglaterra por completo. Tuvo esta pesadilla apocalíptica sobre el asunto en el siglo XVIII, y plantó una semilla. Comencé a pensar sobre la cantidad enorme de autopistas que invaden el paisaje, cavadas en —para citar a Blake (“Jerusalén”)— “la verde y apacible tierra” inglesa, en el mismo sentido, con los efectos secundarios de contaminación y muerte. Leer más “Heathcote Williams”

Dos orillas: la alteridad en Defoe, Darwin y Stapledon

Dos orillas: la alteridad en Defoe, Darwin y Stapledon[1]
de Alejandra Suyai Romano

“Pero, ¿dónde está el Otro, afuera o adentro?
Hay un filósofo francés llamado Jean-Luc Nancy, que hace unos años sufrió una enfermedad cardíaca degenerativa que sólo podía resolverse con un trasplante de corazón. El trasplante lo salvó y obviamente cambió su vida e impactó de lleno en su filosofía. Al poco tiempo lo convocaron a disertar en  un congreso en Europa sobre la cuestión del extranjero. Y Nancy decidió, allí, narrar la experiencia de su trasplante. No fue casual. Su propio corazón lo estaba matando, pero fue el corazón anónimo de un Otro el que lo salvó.
Lo propio lo estaba destruyendo, lo extraño le dio vida. Qué paradoja. Nancy decidió titular a la disertación con “El intruso”. ¿Cuál corazón era el intruso, el ajeno o el propio?
¿No somos todos mixtos? ¿No somos todos Otros?”
(Darío Sztajnszrajber en el capítulo “El Otro”, del programa de TV Mentira la verdad, 2011)
cabezas
Bond of Union, M.C. Escher (1956)

Tanto en la novela Robinson Crusoe, de Daniel Defoe,  y la crónica de viaje Diario de viaje de un naturalista alrededor del mundo, de Charles Darwin,  como en  Hacedor de estrellas, de Olaf Stapledon, se construye la mirada en torno a la alteridad de dos formas radicalmente opuestas: en la primera (contemplando los dos primeros textos mencionados), se concibe al otro en términos de una sumisión y una hegemonía imperialista que abarca y domina a la totalidad, mientras que en la segunda (tercer texto mencionado) se concibe a la otredad en términos de equidad e igualdad: éste es el plano correspondiente al reconocimiento, la comprensión y la aceptación de la diferencia que el Otro posee de manera inherente a sí mismo.

Para que los tres textos dialoguen y discutan entre sí, en primera instancia es preciso y necesario enmarcarlos dentro de un panorama mundial y mencionar el contexto sociopolítico en el que se difunden y se distribuyen tanto Robinson Crusoe, publicado en 1719, como Diario de viaje de un naturalista alrededor del mundo, publicado en 1832. Inglaterra se encuentra, durante los siglos XVIII y XIX, atravesada por el capitalismo naciente y el expansionismo territorialista del Imperio. Este fenómeno, en principio europeo, se volverá luego planetario, aunque mantendrá para sí las distintas posiciones de poder entre el centro y las zonas periféricas coloniales. Estas relaciones asimétricas también están marcadas por las ideas de civilización, progreso, y lógica de la mercancía, las cuales contrastan con las ideas de las colonias, espacios de dominación que son catalogados como bárbaros, salvajes, e incivilizados. La mencionada colonialidad del poder es el eje que organizó y organiza no sólo a la centralidad jerárquica sino también a la periferia en tanto naturaleza. Aquí, el imaginario que se construye del Otro se basa en lo pagano y lo subdesarrollado; se lo configura tan sólo como un lugar pasivo y subalterno. Es también debido a la necesidad de estar a la vanguardia de los descubrimientos que se producen las carreras científicas, políticas y económicas para la consolidación hegemónica y geopolítica del territorio descubierto. El discurso científico es aquí un instrumento clave para la dominación del espacio Otro y para la apropiación y expansión imperialistas. Las relaciones que derivan de entender al Otro como mercancía son las que estarán sumamente presentes en ambos relatos. A modo de inicio, la novela Robinson Crusoe, de  Daniel Defoe, aborda precisamente dichas relaciones basándose en un eurocentrismo cimentado en la razón y en la lógica como proceso crítico y camino hacia el progreso. El concepto de homo economicus[2] desarrollado por Ian Watt se refiere a ello, al hombre que sopesa la realidad en base a sistemas monetarios en términos de ganancia y beneficio individual. Todas las acciones de Robinson en la isla son prácticas y utilitarias. De  este modo, su mirada está puesta exclusivamente en el valor de las cosas como mercancía (significantes) y no en lo que realmente son o significan (significado). Es así como este personaje contiene en sí y expresa fuera de sí el más puro individualismo capitalista. Esto condiciona obligadamente todos los aspectos de la vida de Robinson, en particular los que se refieren a sus relaciones con el entorno. Según expresa Terry Eagleton en “Daniel Defoe y Jonathan Swift”:

El yo no viene determinado por las relaciones que mantiene con los demás. Antes bien, sus transacciones con otros yoes son siempre externas a él, y revisten un carácter puramente instrumental. Los otros son, en esencia, herramientas que empleamos para lograr nuestros propósitos”. (…)“Todas las relaciones son contractuales”(…) La única realidad permanente es el aislamiento en que se encuentra el yo.[3]

Es aquí donde se puede pensar que la relación que establecerá Robinson con Viernes será de la misma naturaleza contractual (expuesta por Locke y Rousseau) debido a la desvalorización de los factores no económicos, es decir, secundarios. El vínculo establecido entre individuos es percibido en tanto y en cuanto pérdida o ganancia. En estos términos, el individuo capitalista no demuestra cariño ni afecto hacia el otro, sino egocentrismo, patronazgo, dominación, y utilitarismo. Dichos conceptos se detallarán más adelante en este ensayo con la aparición de Viernes y su relación con el lenguaje. Leer más “Dos orillas: la alteridad en Defoe, Darwin y Stapledon”